Por: Olegario Zamudio Quezada
En una ocasión estando frente al edificio del Museo En Zapata Y México, llegaron unos chamacos en un automóvil y dejaron un cartón de medio bulto en la puerta del edificio, debo confesar que nos ganó la curiosidad y al abrirlo pudimos ver muchos libros, yo escogí uno para mí, donde hablaba de la fe.
Decía que la fe era tan popular anteriormente que la gente se divertía moviendo las montañas de lugar, narraba que un día te dormías con una montaña fuera de tu casa y cuando despertabas, la montaña simplemente ya no estaba, alguien la había movido.
Abandonada esa práctica de la fe, es así como ahora, las montañas están mucho tiempo en el mismo lugar, cosas más, cosas menos, decía el librito que me merque del cartón que dejaron abandonado los chavalos, en las afueras del museo.
Alguna ocasión también, escuché las palabras de un hombre sabio decir, que en este año que transcurriría del dos mil diez, habría hombres atrapados bajo tierra y recuerdo sus palabras señalando que si bajo de siete capas de la tierra te encontrases e invocaras la presencia de Dios, hasta siete capas de la tierra tu suplica seria escuchada, por el todo poderoso.
Pero algo más que treinta y tres hombres bajo tierra, lo más trascendente en esta experiencia subterránea, fue la contraposición de lo que este evento trajo consigo, miles quizás millones de hombres y mujeres fortalecieron, el poder de petición fincada en su fe, su sentimiento de solidaridad, el amor por sus semejantes.
Quizás hubo algunas pocas cámaras de video que grabaron a los mineros rescatados, pero cuantas cámaras de video se necesitarían, para grabar a todos los hombres y mujeres del mundo, que mostraron el rostro de su sentimiento fraterno.
Este ensayo de solidaridad y fraternidad, habla por el ser humano, habla de que hay esperanza en el respeto y el reconocimiento en la condición del hombre consigo mismo y con sus semejantes.
Cómo, con cuantas y con qué cámaras se podría filmar a los millones de personas que enviaban palabras de aliento y elevaron plegarias basadas en su religión, su creencia y su fe por la salvación de los treinta y tres hombres, creo que yo, no había presenciado en mi existencia una avalancha de AMORSABIDURIA.
La fe no nada mas movió las entrañas de la montaña, esa misma fe nos movió a todos, en mayor o en menor proporción, esa salvación fue también un logro nuestro y de la mayor parte de la humanidad, creo que en las noches consiguientes, podremos dormir más en paz.
Luego entonces, lo paradójico en todo esto, es que nosotros en cientos y quizá en miles, no solamente rescatamos a los mineros, ellos en número de tres decenas, hicieron lo que muchos políticos y líderes del mundo no han podido lograr, rescatar nuestro sentimiento de unidad, de solidaridad, de hermandad de fraternidad y de Fe.
Todos, cada quien en su casa, en su pueblo, en su país, en su continente, fuimos por ellos los minero uno solo, una sola intención una sola vocación y esto esclarece una visión de que no existimos nosotros y ellos, esclarece que solamente existimos el todo y nosotros somos parte de ese todo. Así sea pues.