POR: MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS
A mis trece años había concluido mi carrera como técnico especializado en televisión en la prestigiada escuela Hempill Schools, y aunque había sacado las mejores calificaciones posibles, no estaba del todo preparado todavía para afrontar una responsabilidad como Técnico responsable de un servicio electrónico; sin embargo, el destino me puso al frente de un pequeño taller que adquirí haciendo un trueque con el maestro Efrén López Estrada al que le cedí un auto compacto FIAT a cambio del taller, ya que él, tenía planes de retirarse
El primer día que inicié con las actividades de mi propio taller recibí la visita del señor Francisco Loera, que me pedía de favor que acudiera a su casa a reparar un aparato de televisión de bulbos grande tipo consola de la marca PHILCO. En aquellos tiempos esta marca estaba a la vanguardia de la tecnología en la Televisión comercial, gracias al invento de una nuevo chasis denominado: Curtis Matiz que trabajaba con 16 válvulas al vació que consumían muy bajo voltaje, eso ofrecía al usuario mucha eficiencia y un ahorro considerable en el consumo de energía.
Don Pancho, como le decían al Sr. Francisco Loera, en sus tiempos de juventud había sido hijo único de un matrimonio de españoles que sentaron sus reales en esta ciudad de Tepic, para abrir un negocio de telas de importación con la finalidad de surtir a las incipientes empresas textiles de nuestro estado.
Pero algo inesperado pasó con los padres de Don Pancho, fallecieron ambos en un accidente automovilístico, y dejaron al pobre señor, solo y desamparado, al frente de los negocios aquí en Tepic, y después a causa de malos manejos o por desconocimiento del medio, no se, pero el caso es quebró la otrora boyante empresa textil española, rotundamente.
Don Pancho, no era para nada un tipo muy activo que digamos, y de cierta manera creo que hasta me daba la impresión de estar mermado de sus facultades físicas y mentales. Por principio de cuentas, padecía un TIC nervioso que le ocasionaba algunos trastornos como el de llevarse la mano a la boca repetidamente como si estuviera comiendo pepitas o como si tratara de morderse las uñas. Aparte, de que su apariencia era la de un anciano y no la de un muchacho de escasos 33 años, estaba muy acabado para su edad, desaseado, sucio y arrugado de sus ropas. Aunado a su barba poblada y sin rasurar; era como para encontrártelo en la noche y huir despavorido presa del miedo. Su imagen era pues, un verdadero desastre. Pero aparte, la vida no le había favorecido en nada con sus rasgos físicos. Tenía una enorme y protuberante nariz curva que asemejaba un pico de Tucán, por la que además, para colmo de sus males, le escurrían fétidos chorros de aguas mucosas casi de manera permanente, que obligaba prácticamente a Don Pancho a traer siempre consigo un enorme paño rojo en el bolsillo delantero de su saco, y como si se tratara de un botiquín de primeros auxilios médicos, lo metía y lo sacaba como a Don Neto y Titino de la bolsa delantera de un raído traje color aceituna para sonarse esa enorme nariz curvilínea y rojiza. Seguramente ese saco sastre color aceituna que portaba orgulloso le traía bellos recuerdos de su juventud estudiantil ya que aún ostentaba el escudo de la institución educativa privada que lo albergó como estudiante, (Vallalodid) siendo este, parte de su uniforme escolar.
En fin, llegué a esa enorme casona ubicada en el centro de la ciudad por la calle hidalgo junto con él, al abrir el pesado portón, observe que al igual que a Don Pancho, la mansión estaba también deteriorada y en condiciones deplorables, descuidada, sucia y percudida de sus paredes, con las enormes cortinas raídas y arrastrando por el suelo y llena de residuos alimenticios por aquí y por allá. Al fondo de la misma, en una parte del corredor me maravillé al observar que lo único verdaderamente rescatable de todo esto era la enorme biblioteca que conservaba intactos sus mas de 1500 volúmenes de libros de todos los tamaños y grosores, que aunque se encontraban sucios y polvorientos se notaba que estaban en perfecto estado, muy ordenados y en un lugar muy exclusivo de la derruida casona para que se conservaran intactos. Los 6 robustos armarios que los contenían medían por lo menos 5 metros de altura por otros 3 de ancho. Y según don pancho, todos esos libros ya los había memorizado de pe, a pa, ya estaban pues, por decirlo de alguna manera, en el Disco Duro de su atolondrado y maltrecho cerebro.
Bueno pues, por esos inmensos pasillos también, estaba el famoso televisor PHILCO desarmado totalmente dejando ver el esqueleto del famoso chasis Curtis Matiz al que me iba a enfrentar, duré rato observando la falla y no daba con bola, vaya ni tan siquiera sabía por donde entrarle, hasta que Don Pancho al notar mi novatez intervino en mi apoyo, al tiempo que me ofrecía el diagrama esquemático del aparato que había sacado de una habitación de la casona y me señalaba marcando con una pluma en el mismo diagrama, el punto exacto en donde él creía haber encontrado la falla. Y tenía razón, una válvula al vacío en la etapa de FI se saturaba y ocasionaba que se pusiera en corto todo el circuito, dando como resultado que se apagara el televisor inminentemente. Fue él mismo a comprarla de inmediato, y al poco rato el televisor estaba ya funcionando perfectamente.
En realidad y dicho de manera honesta yo no hice nada, el genio de ese hombre me enseñó que todos podemos ser algún día todólogos (expertos en todas las ramas de la ciencia), solo que para lograrlo, necesitamos leer los mas de 1500 volúmenes que devoró Don Pancho como si fueran un rico plato de Corn Flakes, y eso si, que está bien cañón.
Miguelcb_tn@hotmail.com