Por: Salvador Mancillas.- Hoy tomará posesión como Rector el contador público Juan López Salazar, luego de una campaña ordenada y respetuosa por parte de su equipo. No sucedió lo mismo de parte del reducidísimo grupo de iluminados, liderado por la profesora Lourdes Pacheco (y, tras bambalinas, por su marido Miguel González Lomelí).

Es el momento de hablar, de tratar de hacer un balance, pues es justo llamar la atención sobre los argumentos despectivos, excluyentes y llenos de mala fe, hechos, durante y después del proceso, por quienes se pintan a sí mismos como demócratas, progresistas, justos y socialmente buenos.

Les recuerdo que un reproche fundamental proferido por estas almas henchidas de justicia social giró en torno al carácter administrativo de las funciones de Juan López Salazar, candidato de mayoritaria preferencia. Con malicia de marketing político, el efecto mediático buscado a través de las redes sociales, era el escándalo, para inducir una imagen de tecnócrata monstruoso y sin escrúpulos en la mente de los usuarios de la Internet. Mal cálculo. La universidad es relativamente pequeña y todo mundo se conoce. Buena parte de los universitarios conoce a Juan López y puede constatar fácilmente que ni su conducta y su forma de trabajar se corresponden con el viejo estereotipo de frío tecnócrata salinista o neopanista, latente en el imaginario de los mexicanos. El argumento fue contraproducente. ¿Es que, acaso, Doña Lourdes y Don Miguel piensan que hay universitarios de primera y universitarios de segunda? ¿Consideran que los universitarios de primera son los académicos (o sea ellos) y los de segunda son los administrativos, como Juan López Salazar y otros tantos que han hecho de su profesión una labor especializada en procesos de base, cumpliendo funciones importantes, como por ejemplo, en bibliotecas, en la organización escolar, en el mantenimiento y atención de la infraestructura académica o en el sistema financiero?

En la lógica de estos brillantes académicos que, en su afán de lucir su protagonismo, son dados a la inmoralidad y la simulación (se los he demostrado públicamente varias veces y les vuelvo a recordar sus cuchupos cuando quieran), Juan López Salazar no tenía derecho ni siquiera a ser candidato. O sea que, según el punto de vista de sus retorcidas mentes, hay universitarios que carecen de derechos políticos; hay universitarios inelegibles nada más por el tipo de trabajo que desempeñan. Tal es el fondo del argumento de los iluminados de la UAN. Son tan dialécticos que, evidentemente, para ellos, una forma de ir a la vanguadia es pensar por la retaguardia.

Un zonpenco de cierta página Web, adicto a la egolatría de doña Lourdes, le dio vueltas al argumento legal y concluyó con letras de escándalo sobre una supuesta violación a la Ley Orgánica por parte de Juan López Salazar. El reportero se convirtió en experto en jurisprudencia gracias al contacto mágico con Lulú y su horda de académicos de primera. ¿Qué no son estos los defensores de la democracia, de los derechos de género, de los desvalidos y desamparados? ¿No son estos los que manejan su discursito dizque progresista, incluyente y atento a las diferencias? ¿No son estos los defensores de grupos y sectores marginados y emergentes, los intelectuales brillantes, cultos, apolíneos y rutilantes?

Si es cierto que, en nuestros tiempos, un académico debe poseer como cualidades dos tipos de coherencia, la moral y la lógica, entonces mi cerebro ya no me alcanza para concebir de qué tipo son estos académicos universitarios que están ayunos de ambas cosas: ¿Sabían que doña Lourdes Pacheco ni siquiera renunció a su cargo como funcionaria para registrarse legalmente como candidata? Se hizo pato (o pata, por ser consecuente con su discurso de género). Tampoco ha renunciado ahora, como lo obliga el proceso de entrega-recepción. O sea, ha violado la ley orgánica con un lirismo y una facilidad olímpica, porque, evidentemente, violar la ley es algo permitido, únicamente, a los universitarios de primera como ella y Miguel González Lomelí. Si en todos lados se viola la ley por qué aquí no, se pregunta el propio profesor González Lomelí en uno de sus bodrios tartufianos.

¿Ya no se acuerda, don Miguel González Lomelí, cuando fingió una ida a México para evitar recibir un malhadado premio obtenido con oscuros procedimientos, ayudado por su pareja Lourdes Pacheco? ¿No se acuerda que se escondió cobardemente entre los árboles para pasar desapercibido de quienes lo agarramos en la movida poco democrática de adjudicárselo por medio de sus parientes políticos y el aparato del CECAN? ¿Tienen ustedes derecho a hablar sólo porque pagan sus impuestos, incluyendo el diez por ciento para la UAN? Sí, claro, tienen derecho a hablar. Pero si son doblemente incongruentes, por lo menos a su madre que la respeten.

Alguien que carece de ambas cosas, de coherencia lógica en sus razonamientos y de coherencia moral, no puede ser considerado, en estos tiempos, un verdadero académico, ni tampoco universitario. ¿O, acaso, lo razonable es afirmar que los realmente universitarios de segunda son los que se creen universitarios de primera? En su lógica todo es posible, del mismo modo que alguien sin escrúpulos es capaz de cualquier cosa, hasta de hablar sin ton ni son.