Por: José Ma. Narváez Ramírez.
Estábamos muy chicos cuando llegó mi padre con un caballo muy flaco, tan flaco que parecía radiografía, lo llevó a la casa por la madrugada para que no se diera cuenta mi madre y lo sacara a escobazos pero el jamelgo era de los que llegaban para quedarse, porque a temprana hora nos despertaron las fuertes pisadas que dio en la escalera para subir al segundo piso de la casa y hurgar algo de comida en la azotea, donde compartían muy acurrucadas unas 200 palomas mensajeras revueltas con unas 50 de las llamadas buchonas (corrientes), una puerca qüina, dos tortugas de río y tres patos pichichines que tenían las alas recortadas para impedir que alzaran el vuelo.
No sé cómo el caballo intuyó que arriba encontraría algo de comer pero el subió muy orondo y lirondo, disponiéndose a disfrutar de algo sólido. Al escuchar los raros pasos que provocaron las herraduras sobre los escalones de la vieja escalera, todos acudimos en tropel para indagar las causas de ese sonido raro en nuestra casa, descubriendo al caballo que igualmente sorprendido nos miraba de reojo a través de sus lagrimientos ojos, tal vez muy cansados, pero vivaces
Mi progenitora también despertó y acudió a ver al intruso, pero al contemplarlo tan delgado y con esa mirada tan lánguida, lo dejó que se quedara bajo la promesa de que uno de nosotros se encargaría de cuidarlo y de no dejar que subiera a la azotea mi señor padre ese día despertó muy tarde, pero yo estoy seguro de haber escuchado su risa burlona bajo las sábanas
Mi hermano Paco (que tenía nueve años de edad) fue el que levantó su mano y pidió ser considerado el cuidandero del jaco, bajo la promesa de que lo vigilaría con esmero y le proporcionaría el alimento diario que necesitaba el cuaco para seguir con vida.
Mi papá nos hizo saber que había llegado en calidad de solitario al rancho, y que él suponía que lo dejó abandonado a su suerte su anterior dueño a causa de que ya estaba muy viejo y no podía darle un poco de pastura para alivianarlo.
Lo bautizó con la forma sarcástica (muy de él) poniéndole Flecha Veloz y así se le quedó hasta que se lo llevó la parca de los caballos flacos tres años después
Paco le estuvo dando la pastura que necesitaba todos los días, hasta que llegó a pesar unos dos kilos más de cómo había llegado este remedo del Rocinante del Quijote. Un día de esos, lo llevó a bañar al río, acompañado de uno de sus amigos del cerro grande. Flecha Veloz iba en camino como si fuera un corredor del Derby de Kentuky, la cabeza levantada y el trotar de gran ejemplar de alzada, pero viéndolo bien no dejaba lugar a la imaginación y era un caballo flaco y desgarbado.
Llegaron a la orilla del río y cuando se estaban desvistiendo para quedar en calzoncillos y proceder a bañarlo el caballo arrancó carrera (así de flaco como estaba) y se perdió en el horizonte playero, rumbo a los sembradíos de sandía, entre el sauzal.
Esto y ver arrancar a Paco detrás del esmirriado caballo fue uno solo; el amigo de mi hermano también corrió pero rumbo a mi casa para avisar a mi padre de lo sucedido
Eran las diez de la noche y no aparecía ni el caballo ni mi hermano. Se empezó a organizar un brigada de cazadores que linterna en ristre irían a buscar a los perdidos En eso estaban cuando divisaron por el atrio de la iglesia (que estaba frente a la casona) un par de bultos que entre las pisadas de los cascos con herraduras, resonaban en el piso del atrio eran Paco y su matalón
Corriendo los amigos de mi padre fueron a rescatar al jinete y al caballo para traerlos ante su presencia. Paco estaba entelerido de frío, casi morado y el animal parecía desfallecer, pero lo había guiado hasta la casa.
Ahí nació un cariño entrañable entre Flecha Veloz y su absoluto dueño. Se les veía salir todas las tardes rumbo a la playa o al campo como una sola figura, una sola pieza, una única estampa Y Control señores Control a los 14 años, Paco resultó el calador de caballos más joven de México en un Campeonato Nacional Charro celebrado en Mazatlán,. Sinaloa. Con decirles que el trofeo con el que lo premiaron, casi no lo podía
Flecha Veloz ya hacía unos meses que se lo había llevado la huesuda, pero estoy seguro de que allá en el cielo de los caballos flacos, estaba relinchando de gusto al ver que su amo había ganado la presea