Por: Miguel Ángel Casillas Barajas


Según Javier me contaba que cuando era muy joven mi tío, estaba estudiando teología en España estando gobernada por franco, y en un momento de arrebato en su dictadura, ordenó la captura y fusilamiento de todos los sacerdotes católicos, por lo que mi tío tuvo que salir huyendo de España y regresarse a México. Por eso adquirió la radio para estar informado sobre los acontecimientos mundiales, y solía sentarse los domingos largas horas para escuchar los noticieros españoles y estar al día con todo lo que sucedía antes y después del derrocamiento de tirano Franco.

Bueno entonces, para que pudiéramos escuchar Javier y yo la radio, la tendríamos que sacar de ahí a como diera lugar, así que la cargamos con mucho cuidado desde donde estaba guardada. La radio en si, pesaba como unos 12 kilos pero para dos mocosos de escasos 9 años estaba algo pesada y apenas si la podíamos cargar entre los dos.

La fuimos llevando hacia afuera esquivando tiliches viejos por una puerta que comunicaba al corral de la casa de mi tío, y con una extensión la conectamos a la tomacorriente y ansiosos nos dispusimos a escuchar las estaciones de otras latitudes del mundo en el corral de la casona, trepados arriba de un árbol de aguacate.

Solo que al instalar la antena, no agarraba ninguna estación de fuera, por lo que Javier tuvo que subirse hasta la punta del mismo árbol de aguacate a colocar un alambre que enredamos a la misma antena de la radio para hacerla captar las estaciones europeas.

Vaya, pero la vagancia no termino ahí, ya estábamos escuchando en Radio habana Cuba un emocionado discurso de Fidel Castro y música libertaría de la revolución cubana cuando Javier recordó que en su recorrido por el cuarto de mi tío se había topado con una botella de vino tinto, que tenía años arrumbada y polvorienta, y era idónea para festejar y disfrutar dignamente el momento sublime de escuchar la radio.

La trajo junto con dos vasos, y nos servimos el exquisito néctar que contenía esa botella antiquísima de vino tinto ya añejado por los años de estar arrumbada en ese cuarto oscuro y húmedo, ¡ah que cosa más rica mi niño! Era quizá el momento excelso de nuestra niñez, ¿que más podíamos pedir? Estábamos eufóricos, llenos de alegría escuchando en la radio música cubana, trepados en un árbol de aguacate y saboreando un rico vino cosecha de quien sabe que año, ¡pero ah que bien sabía! por lo menos debió tener 20 lustros arrumbada con mi tío (según Javier), ahí en ese sacrosanto lugar.

Todavía mi nariz conserva fresco el aroma a viñedo californiano cuando saltó el tapón de la botella y dejó escapar su olor fermentado y penetrante. ¡Ah! cosa mas sublime. Y por cierto, solo nos servimos un vaso a menos de la mitad de ese elixir de la vida. Eso nos bastó, para que a los pocos instantes de empujarnos el trago, estuviéramos como arañas fumigadas cante y cante arriba del árbol. Y aunque la radio perdía su señal en ratos, no nos importó mucho. El arguende que teníamos esa mañana Javier y yo, brindando y chocando los vasos de vino era simplemente único y fenomenal.

Javier había cumplido con lo prometido, pese a que en la imprenta de su familia lo requerían como linotipista, decidió en ese momento olvidarse de esa actividad para brindarme su compañía.

Sin embargo como todos los sueños, el gusto duró muy poco, mi tío y mis papás regresaron después de misa de 12 y nos encontraron todavía trepados como changos en el árbol semi dormidos y con la radio a todo volumen. Mis papás no podían creer lo que sus ojos veían y sin disimular su enojo y la vergüenza que les habíamos hecho pasar, nos bajaron de ahí y nos bañaron con agua helada para aminorar los efectos del vino ingerido.

Mi tío chava, no pareció darle mucha importancia a la vagancia, y no hizo menos que reírse por la ocurrencia de niños.

Aunque en los años siguientes, en otras visitas que hicimos a casa de mi tío, las cosas ya no fueron igual, de inmediato noté a mi llegada, que el tío chava nos había puesto a una persona para que nos vigilara de manera personal a Javier y a mí. Esa persona tenía como encomienda acompañarnos a todos lados, incluso al mismo baño de ser preciso, y nunca jamás volvió a ponernos las llaves de la casona ni de su cuarto de modo. Así como tampoco, tuvo el descuido de dejar olvidada otra botella de ese exquisito elixír californiano, para evitarse otra sorpresita de esas.

Lástima, porque Javier y yo ya teníamos planeado que en otro de mis viajes a Compostela, le daríamos mate a esa botella y después realizaríamos una visita cordial al campanario de la iglesia de Compostela para darle vuelo a todas las campanas, misión que ya no pudimos cumplir, por obvias razones, ¡esa quizá hubiera sido otra aventura sensacional!