POR: MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS


A manera de recuerdo imperecedero de mi querido tío (Monseñor Salvador Bañuelos Casillas) y ante su sensible perdida física el pasado 8 de Enero del 2010. Mi tío era oriundo de Ahuacatlán, pero la mayor parte de su gran apostolado sacerdotal la pasó en la histórica y señorial ciudad de Compostela, Nayarit.

Aquí te contaré amigo y amiga lectora una anécdota que disfruté en mi niñez en la cercanía de mi Tío Chava como cariñosamente le decíamos en la familia Casillas.

Yo tendría aproximadamente entre los 8 o 9 años de edad cuando mis papas nos llevaban a todos mis hermanos y a mí a visitar a mi tío a la ciudad de Compostela.

El Tour de nuestra visita incluía una misa en el templo del señor de la misericordia a las 9 de la mañana, y después nos dirigiríamos a la casa del Señor Cura Casillas (como también era conocido en Compostela por todos los feligreses de esa ciudad), a disfrutar de un sabroso desayuno. A mí, en lo personal me encantaba visitar Compostela, porque aparte de que saludaba a mi tío, de pasadita me reunía con mis primos, hijos de una hermana de mi tío que vivían también en Compostela y con ellos disfrutaba de lo lindo jugueteando y correteando por todos lados de la histórica y señorial Compostela.

Pero con el primo que me llevaba mejor, se llama Javier y es el menor de los tres. Javier es quizás algunos meses más grande que yo. Y cuando llegábamos a Compostela, iba a recibirnos a la terminal corriendo por un costado del autobús de pasajeros en el que viajábamos. Y me pedía que me asomara por alguna de las ventanillas gritándome: ¡Miguel! ¡Miguel! , y cuando me asomaba, desde abajo me mostraba algún juguete de sus favoritos, o el más novedoso que tenía en su poder en ese momento.

En esa ocasión, recuerdo que me presumía entusiasmado un juguete de madera que eran dos boxeadores tirándose de golpes como verdaderos gallos de pelea, con tan solo apretar un botón con uno de los dedos. En ese tiempo, ese juguete para mi era toda una novedad y me entusiasmó mucho conocerlo.

Bueno, pues esa era otra de las cosas que me llenaban de algarabía, que aparte de visitar al Tío Chava, que ya de por si eso era para nosotros un día de fiesta; de paso también, íbamos a visitar a mis primos y yo a jugar con Javier, era otro de los atractivos que redondeaban mi visita.

Después de saludarnos, Javier y yo hacíamos un pequeño protocolo de intercambio de juguetes, ese momento era el más ansiado por ambos en esas visitas, y que nos llenaba de alegría y emoción.

Por cierto, vale la pena hacer el comentario que Javier siempre se guardaba una sorpresa bajo la manga y que mantenía celosamente en secreto para hacerla de emoción, pero yo sabia que lo mejor me lo ocultaba para después y esperaba pacientemente el momento adecuado para hacerme partícipe de alguna sorpresa.

Después de concluir la misa que el mismo tío Chava oficiaba, nos invitaba a todos a desayunar en su casa, mi madrina María madre de mi tío, nos preparaba un exquisito desayuno casero y nunca faltaba una espumosa taza de chocolate calientito que disfrutábamos después de hacer la oración de acción de gracias por los alimentos que recibiríamos.

Ahí en el comedor nos reuníamos todos, mi tías, mis primos, mis papas, mis hermanos y al centro de la mesa la imponente figura de mi tío Chava.

Después de saborear ese rico desayuno, Javier me invitó a jugar con él, en esa ocasión iríamos a explorar la casona antigua de mi tío, donde él tenía la bodega de todos los objetos de la iglesia, por supuesto, a escondidas de él, con el sano propósito de curiosear solamente en ese cuarto de objetos viejos y arrumbados pero de gran valor histórico que tenía encerrados mi tío a tres llaves y que entre otras cosas, había valiosas obras de arte al óleo.

Al abrir la puerta desvencijada de madera del cuarto de mi tío, al fondo había un pasillo que estaba semioscuro en el que se encontraba un Cristo de madera o porcelana de tamaño monumental con la imagen de Jesús implorando perdón por todos nosotros, y que parecía resguardar ese sacrosanto lugar. Me llamó mucho la atención que la imagen era muy parecida o idéntica a la que aparece en la película Marcelino Pan y Vino y a un costado de ella, estaba también una imagen de la virgen María pidiendo clemencia al señor, por su hijo. También de tamaño monumental e igualmente bella.

Seguí mis pasos detrás de Javier por ese lugar semioscuro sorteando de todo revistas, misales, libros, vasijas, tiliches viejos, botellas de vino de consagrar, obras de arte sacro, pero había algo más que llamó mi atención nuevamente, una enorme biblioteca que contenía la historia del templo, escrita en letra manuscrita por los fariles con los registros de los bautizos y confirmaciones de los Compostelenses desde la época del virreinato.

Aproveché un pequeño descuido de Javier para ojear de carrera algunos tomos, me hice hacia un lado con la finalidad de aprovechar un haz de luz que se colaba por una rendija de una de las dos ventanas de madera que tenía el cuarto para leerlos, pero cuando estaba en lo más interesante de la lectura, la voz de Javier me sacó de mi asombro pidiéndome: ¡no toques nada Miguel, deja eso! ¡Ten cuidado por donde caminas y Solo mira! ¡Sin tocar nada!

Deje los libros en su lugar y seguimos avanzando por el cuarto semi oscuro. Para entonces, Javier ya traía en mano una linterna con la que se alumbraba para buscar algo afanosamente.

En ese instante me di cuenta que a Javier poco o nada le interesaba el gran tesoro en legajos que dormía el sueño de los justos en esa enorme biblioteca, ni tampoco se detendría a observar los cuadros de arte sacro de los autores mas reconocidos y consagrados mundialmente, ¡vaya! Nada de lo que estaba ahí resguardado tan celosamente por mi tío por lustros y de un enorme valor histórico, parecía importarle a Javier. Él traía en mente otro objetivo, algo que buscaba como desesperado, hurgando cajas de aquí y de allá. Yo solo me concretaba a observar como él daba brincos como conejo de aquí para allá removiendo cajas y vasijas de objetos valiosos de un lugar a otro sin encontrar lo que buscaba con tanta vehemencia. De repente, hizo un alto y dirigió su mirada a un baúl de madera que estaba cerrado y tapado con una manta blanca, ¡corrió hacía el! luego que lo abrió, exclamó lleno de alegría: ¡Miguel¡ ¡Al fin lo encontré!, ¡viva!. ¿Que encontraste?-pregunté extrañado- mientras avanzaba presuroso para con él, ¡La radio de onda corta de mi tío! ¡Aquí está guardada!. En ese momento supe que esa radio era la sorpresa de esa visita que Javier me tenía preparada tan celosamente, en ese mismo instante, vaticiné, que ese iba a ser un día memorable e inolvidable para mí.

De esa manera gracias a mi tío y a Javier conocí aquella famosa radio de Onda corta que nació después de la segunda guerra mundial denominada: TRANSOCEANIC que tenía un gran alcance de recepción y características de funcionalidad que lo hacían un aparato muy potente y codiciado por los espías rusos y americanos, durante la posguerra, ya que era un duchado de tecnología. Empezando por ser una radio multifuncional es decir, trabajaba con batería de carro de 12v y con baterías de reflector, aparte de que también trabajaba con corriente alterna de 220v. y 110v. Pero además, era de tipo portátil y contaba con una antena telescópica que medía metro y medio de largo y agarraba las señales de A. M., F. M. y Onda corta. Ah! pero aparte, traía un mapa-mundi integrado en la tapa del cuadrante del frente y para darle una apariencia discreta, contaba con un estuche que al cerrarlo le daba la apariencia de un maletín médico.

En fin, gracias a esa radio y a ese momento inolvidable que viví, también fue como pude definir mi decisión por la carrera como técnico en electrónica.

Cabe hacer el comentario que mi tío en vida siempre fue un apasionado de la radio, y en sus 87 años de su fructífera vida, en sus ratos libres le gustaba escuchar los noticieros de España, de la XEW La voz de la América latina desde México, de Radio Vaticano en Español en fin, estaciones muy potentes de diversas partes del mundo, pero sobretodo se inclinaba por la radio española.

PRIMERA PARTE

Según Javier me contaba que cuando era muy joven mi tío, estaba estudiando teología en España estando gobernada por franco, y en un momento de arrebato en su dictadura, ordenó la captura y fusilamiento de todos los sacerdotes católicos, por lo que mi tío tuvo que salir huyendo de España y regresarse a México. Por eso adquirió la radio para estar informado sobre los acontecimientos mundiales, y solía sentarse los domingos largas horas para escuchar los noticieros españoles y estar al día con todo lo que sucedía antes y después del derrocamiento de tirano Franco.

Bueno entonces, para que pudiéramos escuchar Javier y yo la radio, la tendríamos que sacar de ahí a como diera lugar, así que la cargamos con mucho cuidado desde donde estaba guardada. La radio en si, pesaba como unos 12 kilos pero para dos mocosos de escasos 9 años estaba algo pesada y apenas si la podíamos cargar entre los dos.

La fuimos llevando hacia afuera esquivando tiliches viejos por una puerta que comunicaba al corral de la casa de mi tío, y con una extensión la conectamos a la tomacorriente y ansiosos nos dispusimos a escuchar las estaciones de otras latitudes del mundo en el corral de la casona, trepados arriba de un árbol de aguacate.

Solo que al instalar la antena, no agarraba ninguna estación de fuera, por lo que Javier tuvo que subirse hasta la punta del mismo árbol de aguacate a colocar un alambre que enredamos a la misma antena de la radio para hacerla captar las estaciones europeas.

Vaya, pero la vagancia no termino ahí, ya estábamos escuchando en Radio habana Cuba un emocionado discurso de Fidel Castro y música libertaría de la revolución cubana cuando Javier recordó que en su recorrido por el cuarto de mi tío se había topado con una botella de vino tinto, que tenía años arrumbada y polvorienta, y era idónea para festejar y disfrutar dignamente el momento sublime de escuchar la radio.

La trajo junto con dos vasos, y nos servimos el exquisito néctar que contenía esa botella antiquísima de vino tinto ya añejado por los años de estar arrumbada en ese cuarto oscuro y húmedo, ¡ah que cosa más rica mi niño! Era quizá el momento excelso de nuestra niñez, ¿que más podíamos pedir? Estábamos eufóricos, llenos de alegría escuchando en la radio música cubana, trepados en un árbol de aguacate y saboreando un rico vino cosecha de quien sabe que año, ¡pero ah que bien sabía! por lo menos debió tener 20 lustros arrumbada con mi tío (según Javier), ahí en ese sacrosanto lugar.

Todavía mi nariz conserva fresco el aroma a viñedo californiano cuando saltó el tapón de la botella y dejó escapar su olor fermentado y penetrante. ¡Ah! cosa mas sublime. Y por cierto, solo nos servimos un vaso a menos de la mitad de ese elixir de la vida. Eso nos bastó, para que a los pocos instantes de empujarnos el trago, estuviéramos como arañas fumigadas cante y cante arriba del árbol. Y aunque la radio perdía su señal en ratos, no nos importó mucho. El arguende que teníamos esa mañana Javier y yo, brindando y chocando los vasos de vino era simplemente único y fenomenal.

Javier había cumplido con lo prometido, pese a que en la imprenta de su familia lo requerían como linotipista, decidió en ese momento olvidarse de esa actividad para brindarme su compañía.

Sin embargo como todos los sueños, el gusto duró muy poco, mi tío y mis papás regresaron después de misa de 12 y nos encontraron todavía trepados como changos en el árbol semi dormidos y con la radio a todo volumen. Mis papás no podían creer lo que sus ojos veían y sin disimular su enojo y la vergüenza que les habíamos hecho pasar, nos bajaron de ahí y nos bañaron con agua helada para aminorar los efectos del vino ingerido.

Mi tío chava, no pareció darle mucha importancia a la vagancia, y no hizo menos que reírse por la ocurrencia de niños.

Aunque en los años siguientes, en otras visitas que hicimos a casa de mi tío, las cosas ya no fueron igual, de inmediato noté a mi llegada, que el tío chava nos había puesto a una persona para que nos vigilara de manera personal a Javier y a mí. Esa persona tenía como encomienda acompañarnos a todos lados, incluso al mismo baño de ser preciso, y nunca jamás volvió a ponernos las llaves de la casona ni de su cuarto de modo. Así como tampoco, tuvo el descuido de dejar olvidada otra botella de ese exquisito elixír californiano, para evitarse otra sorpresita de esas.

Lástima, porque Javier y yo ya teníamos planeado que en otro de mis viajes a Compostela, le daríamos mate a esa botella y después realizaríamos una visita cordial al campanario de la iglesia de Compostela para darle vuelo a todas las campanas, misión que ya no pudimos cumplir, por obvias razones, ¡esa quizá hubiera sido otra aventura sensacional!