Por Miguel Ángel Casillas Barajas.-
Esa noche del mes de Noviembre asistí al circo HNOS. ATAYDE que traía como acto estrella un número que hacían dos equilibristas Italianos: CASTRIN y BOTOTO. En su presentación desarrollaban varias peripecias con motos y bicicletas, incluso era la primera vez que se presentaba en un circo el acto suicida de dos motociclistas que daban vueltas a toda velocidad por dentro de un globo de metal enrejado, un acto verdaderamente muy temerario y escalofriante, sin embargo para mi gusto, lo que mas me llamó la atención, fue el acto que realizó el gran BOTOTO en donde se subía a una bicicleta y daba la vuelta por la pista ejecutando varias peripecias, entre ellas destacaba la de cruzar los brazos en los manubrios, para luego pararse de manos en los mismos. Ese fue para mi gusto uno de los actos más difíciles de realizar y que ellos ejecutaron esa noche. Principalmente debido a que al cruzar los brazos en los manubrios se pierde por completo el equilibrio y si no tienes la preparación física y mental, la caída puede ser garrafal, lo digo por experiencia propia.
Al día siguiente me levanté motivado por el gran acto circense y aunque el presentador del circo había recomendado a la concurrencia hasta el cansancio a no imitar ese acto de cruzar las manos en la bici, yo estaba ansioso por intentar o por lo menos experimentar lo que se sentía el realizar con mi bici esa peripecia, y estaba convencido de que en cualquier momento propicio que se me presentara la haría.
Mi madre Margot, interrumpió mis pensamientos de tajo solicitándome de favor que fuera en mi bicicleta a recolectar desperdicios en un bote mantequero a los restaurantes del centro de la ciudad para darle de comer a cuatro enormes marranos que ella se había dado a la tarea de criar, bueno me dije-No será la pista del circo pero por algo se debe empezar- y sin mas, ni mas me monté en mi bicicleta Raleigh y me arranque por los desperdicios con el bote mantequero ceñido por unas cuerdas en la parrilla trasera. Realicé mi recorrido normal siguiendo una rutina por varios restaurantes del centro de la ciudad hasta concluir con el último restaurante: El Flamingos que está ubicado casi en las esquinas de la calle Lerdo y la Puebla. Ahí recolecte una olla de pozole y la vertí a mi bote y lo tapé. Una vez concluida la misión que Margot me había encomendado, me dirigí hacía la casa, tomando rumbo por la calle puebla para dar vuelta por la calle Amado Nervo hacia el poniente de la ciudad, para luego bajar por la calle Querétaro.
En ese momento se me ocurrió aprovechar la ocasión para practicar algunos malabares con mi bici, primero solté las manos, luego subí los pies al cuadro todo iba muy bien, me sentía como el gran BOTOTO en la pista del circo , cuando por la acera de enfrente me encuentro con mi bella vecina llamada Antonieta, quien al verme realizando esas peripecias en mi bici de manera espontánea me aplaudió: ¡Bravo, Bravo!. Un poco sonrojado aterricé mi bici muy cerca de con ella. por cierto que en esa ocasión iba bellísima ataviada con uniforme blanco, guantes del mismo color, chaleco azul y con unas botas negras como complemento de su uniforme; resaltando su pelo negro con bucles y en su rostro su sonrisa alegre blanca y fresca adornada por sus bellos ojos verdes como esmeraldas.
Antonieta, tenía escasos ocho meses de haber llegado al barrio y era tres años mayor que yo, su familia la componían dos hermanos más: Omar y Absalom que eran como de mi camada, y además sus papás.
Por cierto cabe ahondar que su padre era ingeniero civil, y trabajaba para una compañía americana de tal manera que la familia era acomodada y de momento rentaban de manera temporal una residencia que estaba cercas de mi casa familiar. Con frecuencia me invitaban a jugar a la lotería, o a pasar la tarde con ellos. Recuerdo también que su mamá nos preparaba unas ricas galletas caseras y un sabroso chocolate calientito.
Después de jugar, Antonieta nos contaba algunos chistes y anécdotas de sus travesuras en el colegio privado en donde estudiaban, y nos leía a sus hermanos y a mí, algún libro de leyendas, o alguna historia de Selecciones, que no dejaba lugar a dudas, me había relacionado con una gran familia muy culta, religiosa y muy divertida. Me pasaba la tarde pues, embelesado con sus historias y cuentos sentados en el reluciente piso de mármol de un pasillo de su casa que siempre estaba muy limpio, oloroso y fresco. En fin, de alguna manera yo era el intruso que se había colado por azahares del destino en una clase social que no era la mía, sin embargo llevábamos una bonita relación de respeto y amistad en el corto tiempo de habernos conocido.
Entonces -continuando con la historia-, al detenerme junto a ella, me comentó que la habían seleccionado para ser la abanderada de su colegio, distinción que la tenía muy feliz y entusiasmada, - ¡que mejor! –Pensé dentro de mí- es el momento idóneo para festejar este digno acontecimiento y luego le pregunté: ¿quieres que te repita el acto? -Como creyéndome ya todo un equilibrista circense y dominador de la bicicleta.-
Lo malo estuvo en que ella aceptó, contestando: ¡claro que si!, está bien, pero hazlo rápido porque tengo que llegar temprano a la escuela sin esperar mas, retrocedí en la bici hasta el principio de la calle, me estacione en la banqueta para tomar aire y concentrarme, mientras que Mi otro tonto yo negativo me aconsejaba: ¡ si no es ahora ¿ cuando? ¡Miguel! saca el acto del gran BOTOTO! ¿El de cruzar los brazos?- me preguntaba a mi mismo- ¡Si, ese tontuelo, apantállala! ¡Es tu oportunidad para lucirte! mientras yo discutía conmigo mismo, sobre si ejecutaba o no ejecutaba ese acto complicado y riesgoso. La bella Antonieta miraba desesperada su reloj y movía uno de sus pies como péndulo de reloj de un lado a otro en señal de impaciencia, de tal manera que ya no había mas tiempo que perder, arranqué mi bicicleta a toda velocidad y primero ejecuté la suerte de soltar las manos de los manubrios, di la vuelta nuevamente y luego volví a pasarle pero ahora con los pies en el cuadro y suelto de manos, ella aplaudía cada vez que pasaba, con sus guantes en la mano, me di la vuelta nuevamente me estacioné, tomé aire y le anuncié ya picado:
¡AHORA, VA EL ACTO DEL GRAN BOTOTO! Me persigné y arranqué a toda lo que daba la bici y llegando al lugar en donde ella estaba, crucé los brazos en los manubrios .¡Madre mía.!..¡Que estupidez, jamás lo hubiera hecho!, en mi vida he cometido muchas burradas , pero yo creo que esta fue la madre de todas, al instante perdí el equilibrio y me fui de bruces del lado en que estaba Antonieta parada , chocando la llanta de mi bici en el filo de la banqueta y lanzándonos al bote de los desperdicios y a mí, como catapulta, perdí la noción del tiempo por unos instantes y quede atontado por el porrazo que me dí, y cuando reaccioné nuevamente, estaba sentado en la calle y la primera imagen borrosa que vi frente a mis ojos, fue el otrora blanco vestido del que escurrían granos de pozole, rodajas de rábanos, Pepinillos y otras ricuras mas de la cocina tradicional mexicana que llevaba en el bote mantequero y que instantes antes habían escapado irremediablemente, y por desgracia habían hecho blanco en el vestido de Antonieta.
Como era lógico, la reacción de ella no se hizo esperar, y pese a que sus papás desembolsaban grandes cantidades de dinero para la educación de ella y sus hermanos en un colegio privado muy distinguido, en ese momento se olvidó por completo de sus modales refinados y de su gran nivel cultural y educativo y por su boca desfilaron varias palabras llenas de cierta riqueza cultural que nunca antes había escuchado tales como: ¡Mequetrefe! ¡Barbaján!, ¡Zonzo! ¡Soquete! ¡Tlaconete! Y otras lindezas más del nutrido y florido lenguaje popular mexicano que tal vez, solo un cargador de la merced me hubiera podido hacer el favor de traducir o descifrar.
Me quedé sentado en el suelo quejándome y sobándome los huesos por los golpes recibidos y observando apenado y lloroso como Antonieta se regresaba a su casa corriendo llena de vergüenza y coraje por el trago amargo que yo le había hecho pasar, eso si, dejando a su paso un exquisito aroma por el confeti de especias impregnadas en su vestido.
El tiempo pasó, la bella vecinita jamás me perdonó esa acción que marcó para siempre su vida y la mía también, después de ese incidente jamás me volvió a saludar ni tan siquiera volvió a pasar por mi casa que antes era paso obligado de cada día. Yo buscaba afanosamente la manera de disculparme con ella, pero cuando ocasionalmente me la encontraba yendo a la escuela en el lujoso automóvil de su papi, volteaba a verme, me sacaba la lengua por la ventanilla del carro, o me torcía la boca y gesticulaba algunas palabras que yo codificaba silaba por silaba a la perfección: ¿ Q –U-E- M-E V-E-S, B-O-B-O ? aunque después de decirlas, notaba que esbozaba una sonrisa, señal de que quizás, ya me había perdonado, aunque nunca me lo diría de manera personal.
A causa de ese gran fracaso que tuve como equilibrista, y que como consecuencia de ese error perdí la amistad con su familia, para ser franco, lo que más extrañé, eran las reuniones en su casa para escuchar sus anécdotas y cuentos. De sus travesuras en el colegio que narraba de una manera amena y con gran sentido del humor y del sabroso chocolate calientito acompañado de ricas galletas caseras elaboradas por su mamá. Por mi parte, Nunca jamás volví a tratar de imitar el acto sublime del gran BOTOTO, y es más, arrumbé mi bicicleta definitivamente. Ya después al paso de los meses, reflexionando un poco sobre el incidente y viéndolo por el lado amable, pienso que gracias a mi aportación, Antonieta ya tenía para contar en sus tertulias otra anécdota más que enriquecía su basta colección de situaciones chistosas o chuscas que a ella le apasionaban, y que contaba en esas ricas tardes literarias, de té y chocolate.
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