Por José Antonio Espinosa Contreras

Punto de partida.-

El finalista llegaba sin contratiempos, y los perdedores acataban el “dedazo” sin chistar, lejos estaba de sus mentes el encabezar una corriente opositora; se resignaban a ver el final de su carrera y quizás su preocupación menor era que su destino fuera el ostracismo, pues a veces el triunfador saldaba cuentas con los ex–contendientes, si observaba que éstos habían jugado sucia y rudamente.
Al irse transmitiendo los hilos de poder, el con seguridad futuro Presidente, poco a poco iba mostrando su verdadero rostro, delineando su propia personalidad política y marcando discretamente su distancia frente al predecesor. La ruptura definitiva tenía lugar tarde que temprano, por lo que es excepcional encontrar un caso en el cual quien tomó la decisión no se haya arrepentido de haber favorecido a quien fue el ganador, sentimiento en el cual no deja de atisbarse la convicción de haber sido engañado.

Las cosas empezaron a cambiar en el sexenio de Luis Echeverría, el primer “chilango” que ascendió a la Presidencia de México en el Siglo 20, pues el efímero Pedro Lascuráin Paredes, oriundo también de la capital, con muchas dificultades puede decirse que en verdad haya sido Presidente, pues “gobernó” una hora, cuando mucho, de la noche del 19 del nefasto Enero de 1915, tras la renuncia forzada de Francisco I. Madero. Un antecedente anecdótico que puede dar mucho de que hablar al respecto.
El principio del fin de una época dorada

Luis Echeverría Álvarez es el Primer Presidente de la Crisis, noche oscura que se ha extendido sobre la Patria al fin del llamado “Milagro Mexicano”, para los más entendidos, el Desarrollo Estabilizador.

Hombre de luces y sombras, como todos los hombres de poder, y del cual haremos un relato más acucioso en el porvenir, tomó una decisión que a la distancia se antoja de terribles consecuencias: confió en los economistas. Esta variante de la clase política, visualizada por algunos estudiosos norteamericanos, como “los técnicos”, siempre estuvo presente en la administración pública, aunque personajes como José Ives Limantour (Secretario de Hacienda) en la época del Porfiriato, Rodrigo Gómez (Director General del Banco de México) y Antonio Ortiz Mena (Secretario de Hacienda y Crédito Público) en el período del Estado Desarrollista, hicieron gala de una prudencia, una imaginación, una sapiencia y habilidades en verdad añorables, muy lejanas a la limitación que día con día exhiben entes como Guillermo Ortiz o Agustín Cartens.
Además, en el plano personal, digamos familiar, al mandar a estudiar a sus hijos a instituciones de educación superior privada, la Universidad Iberoamericana, y sobre todo, el Instituto Tecnológico Autónomo de México, definió una orientación catastrófica, ¿no estamos en una catástrofe?, en la preparación del personal político del más alto nivel en este país.

“El compañero Echeverría”, como lo llamaba con cierta frecuencia su esposa María Ester, no sólo plagó de pseudo conocedores de las ciencias económicas todas las dependencias gubernamentales, a final de cuentas escogió de entre su baraja de posibilidades a un amigo de las épocas juveniles, a José López Portillo y Pacheco, un abogado litigante con formación práctica en temas de planeación, organización y programación, a cargo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Con esta decisión, Echeverría hizo del área tecnocrática financiera del Gobierno Federal el sector privilegiado de formación y selección del personal político del más alto nivel.

El proceso de sucesión presidencial tiene un quiebre histórico en 1975. Ahí se mostró que la resolución en manos de un solo hombre le estaba quedando chica a un país de la complejidad que caracteriza a México, y nadie en esta nación pareció percibirlo. El aspecto formal, la campaña electoral de 1975-76 así lo pone en evidencia. Por primera vez en la historia del México Postrevolucionario, el candidato oficial fue sólo a las urnas, pues dos de los tres partidos de oposición, el PPS y el PARM, se sumaron a la candidatura de López Portillo, en tanto el PAN no pudo superar una severa crisis interna, por lo que, también sin precedente en las elecciones presidenciales en que había participado desde 1952, no presentó candidato.

En esta ocasión, se permitió la participación del abanderado de un partido sin registro, el luchador social Valentín Campa, apoyado por el llamado Partido Comunista Mexicano, según se piensa, con el propósito de estimar el segmento de rechazo al candidato agraciado por el oficialismo. Recordemos que no era el México Electoral de las encuestas, que ahora realiza un sinnúmero de agencias que medran con la medición intencionada de preferencias de resultados electorales.

Segunda  Parte

Tengo la convicción de que, por nuestra historia, México y su noble pueblo tienen prolongados y a veces inútiles ciclos de aprendizaje. Lo que se anticipó en la sucesión presidencial de 1975 no volvió a mostrarse en la siguiente, en la del propio López Portillo, quien sin mayores turbulencias designó como sucesor a Miguel de la Madrid, titular de la desaparecida Secretaría de Programación y Presupuesto, por donde pasarían posteriormente Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León.
Un sistema de sucesión que se negó a morir

Las cuentas pendientes de un proceso, que le siguió quedando muy pequeño a la grandeza de esta nació, se volvieron a manifestar en la controvertida elección de 1988, donde se negó a una parte del electorado mexicano, quizás o con toda probabilidad mayoritaria, el derecho que tiene a elegir, a equivocarse, y a rectificar en una nueva elección.

“Haiga sido como haiga sido”, la historia, lamentablemente trata de lo que fue y no de lo que hubiera ocurrido, el triunfador oficial en 1988 fue Carlos Salinas de Gortari, ahora revitalizado como factor decisivo en la sucesión presidencial en curso.
Salinas se manejó de acuerdo a los cánones que había aprendido en el seno familiar y en su exitoso escalamiento político. En mi muy modesta opinión, no podía ser de otra forma, hijo de un frustrado aspirante a la Presidencia en los tiempos climáticos del proceso de sucesión presidencial, se ajustó a lo enseñado por Don Raúl Salinas Lozano, su padre, y su brillante mamá, Doña Margarita de Gortari. Carlos Salinas de Gortari puso en práctica la ortodoxia del esquema consolidado por Ruiz Cortines, y sino que levante la voz su ahora ex-amigo y camarada de andanzas juveniles Manuel Camacho Solís.

Su manejo como gobernante y político fue verdaderamente excepcional, hasta la debacle de 1994, prefigurada con el inusitado homicidio del Cardenal Juan José Posadas Ocampo el 24 de mayo de 1993. Después, el primer levantamiento armado oficialmente reconocido por un gobierno mexicano, ¿por cierto donde anda el Subcomandante Marcos y su Durito?, y los dudosamente resueltos asesinatos de Luis Donaldo Colosio y José Francisco Ruiz Massieu, enturbiaron el final de su mandato.
Equiparándose un tanto con Plutarco Elías Calles, la violenta desaparición de Colosio le permitió a Salinas elegir a más de un candidato presidencial, y ahora está a punto de superar al maestro sonorense. Con la intervención de un personaje trascendental en el sexenio actual, un connotado discípulo del Capitán y Licenciado Fernando Gutiérrez Barrios, el Senador por Sonora, Manlio Fabio Beltrones Rivera, utilizando un recurso de video club, en aquel acto realizado en Los Pinos, a menos de una semana de los funestos hechos ocurridos en Lomas Taurinas, contribuyó formalmente al destape del candidato sustituto, el opaco, gris, Ernesto Zedillo Ponce de León.

Ernesto Zedillo, en el manejo que hizo de la sucesión presidencial, refleja lo difícil que resulta sacudirse de las costumbres. Rigió su actuación de acuerdo con los cánones y operó a favor del ahora Senador Francisco Labastida Ochoa, mandándolo a la hecatombe, príista por supuesto, de 2000.

En apariencia todo iba a cambiar para bien en este país, sin embargo, el frívolo y desparpajado ranchero, egresado y obtenido el grado en complaciente ceremonia efectuada casi 30 años después de haber concluido los estudios de la licenciatura de administración de la Ibero, quien llegó a la Presidencia de la República en el nuevo siglo, siguió transitando afanosamente por una ruta que, al menos desde 1975, para espíritus reconciliados con una visión de lo que es el México Nuevo, la Patria que todos nos merecemos, debió haber quedado descartada.

Primero, permitió que su consorte cultivara la mezquina ambición de convertirse en la usuaria de la silla presidencial. Como una alternativa, movió los hilos a favor de su Secretario de Gobernación, Santiago Creel, y al verse vetado en ambas opciones, puso en juego todos sus recursos para que saliera avante el Hijo Desobediente, quien, entrando por la puerta trasera del Palacio Legislativo de San Lázaro, fue juramentado en arrebatada ceremonia como Presidente de la República.

Una faceta notable es, precisamente, el que Felipe Calderón no haya sido en principio el sucesor que hubiera deseado Vicente Fox, con lo que se rompe el efecto disciplinador que caracterizaba al proceso cuando era manejado por los presidentes emanados del PRI. Sin embargo, lo mismo le puede ocurrir a él, ahora que está, como se dice, del otro lado de la mesa, y de hecho parecería que en el PAN la selección de candidato presidencial no está sujeta al arbitraje de un individuo superior.

La Presidencia Acotada: Aspectos personales
Lo peculiar de como se definió la anterior sucesión presidencial deja sus huellas en la actual. Es muy claro que, con la intención de imponer su voluntad, y ante una fuerte alternativa de izquierda moderada, Vicente Fox tuvo que establecer compromisos con los detentadores de los poderes que se sentían amenazados por la eventual llegada a la Presidencia de la opción representada por Andrés Manuel López Obrador.

El resultado es lo que llamamos una Presidencia Acotada, restringida de origen por los pactos que le permitieron acceder al timón de los destinos nacionales. En la época contemporánea no es posible encontrar un titular del Poder Ejecutivo Federal al que se hayan impuesto tantas limitaciones como Felipe Calderón Hinojosa, a un grado tal que, por ejemplo, tuvo que sujetar a consulta previa la nómina del cuadro superior administrativo, dejando de lado la facultad que la Constitución le confiere de nombrar libremente a sus colaboradores.

A ello se suma la escasa experiencia administrativa, circunscrita a dos efímeros cargos otorgados en el sexenio foxista, en los que lo más trascendente son los puntos negativos con visos de escándalo, como el otorgamiento de un préstamo personal en su tránsito por Banobras y los dudosos manejos que hicieron integrantes de su equipo de trabajo (entre otros el malogrado delfín Juan Camilo Mouriño y el belicoso César Nava) en su paso por la Secretaría de Energía. O su escaso oficio político, reducido a su transcurrir por la Cámara de Diputados y la dirección nacional del PAN.

Y que decir de una personalidad anticarismática, resumida en aquella expresión que hizo Manuel Espino de su aspecto físico, quien, desde la dirigencia nacional del PAN, en medio de la campaña electoral de 2006 se refirió a Calderón como un “chaparrito pelón de lentes”. Poseedor de un tono de voz aflautado, con una rigidez de su lenguaje de cuerpo, la utilización de una vestimenta que en ocasiones no corresponde a su complexión, como aquella primera vez que lo vimos enfundado en una camisola militar, y una transpiración que le abrillanta el rostro, reflejo inequívoco de nerviosismo, poco se ayuda a sí mismo a forjar un carisma así sea artificial. En su descargo, tal vez deberíamos de agradecerle el mostrarse en lo externo sin afectaciones o falsedades.

A este exterior escasamente atractivo, se adiciona lo referente a sus cualidades y virtudes, para lo cual bastaría remitirnos a la descarnada visión que circula desde hace unas semanas, desprendida de las reflexiones, acerca del carácter de nuestro Presidente, que hizo por escrito el desaparecido Carlos Castillo Peraza, ni más ni menos que su mentor político y espiritual.


La personalidad y sus efectos
Si bien los rasgos personales tienen un efecto en la proyección del quehacer político del individuo que los posee, y aportan datos para comprender lo que está ocurriendo, de ninguna manera, a excepción que nos movamos en los pantanosos terrenos del “psicologismo político”, contienen un potencial explicativo suficiente.

En cierto sentido, arrojan alguna luz en lo que se refiere a la conformación del equipo gubernamental y los cambios que el Presidente Calderón Hinojosa ha llevado en el grupo original. Esa desconfianza hacia los ajenos, que observaba Carlos Castillo Peraza en su ex-discípulo, se puso de manifiesto al integrar un gabinete marcado por los afectos y lazos personales, extrayéndolo de un segmento muy exclusivo y excluyente, en el cual el requisito de acceso no fue la experiencia o el conocimiento, sino preferentemente la relación de confianza establecida en un camino por el que muy pocos mexicanos tuvieron oportunidad de transitar.

Igualmente, puede aclarar el por que de la carencia de brillantez del cuadro selecto, sujeto a un cuestionamiento permanente por parte del Presidente, en el cual un comportamiento con ciertos rasgos de independencia puede ser muy mal interpretado, lo que lleva al inmovilismo y al temor a externar cualquier viso de imaginación.

Al mismo tiempo, la reserva de donde echar mano parece habérsele agotado al Presidente Calderón con una rapidez inusitada. En posiciones donde se manejan asuntos trascendentes para la vida nacional y en los que fueron cambiados los ocupantes originales, digamos Gobernación, Pemex y la Procuraduría General de la República, los sustitutos están lejos de ser caracterizados como calderonistas puros.

Estas modificaciones han sido interpretadas por los analistas como la cesión pactada con otras corrientes del panismo, vinculadas en el primero y el tercero de los casos mencionados a la égida de Diego Fernández de Cevallos, y en el segundo a un personaje ajeno al PAN tradicional, el ex-Secretario de Hacienda Francisco Gil Díaz. O también el nombramiento del Secretario Particular del Presidente, Felipe Bravo Mena, a favor de alguien más cercano al ex–Presidente Fox que a su propio Jefe Felipe Calderón.

El esquema se le está descuadrando al Primer Magistrado de la Nación y hace prever una conducción que tenderá a fundamentarse en el uso de la autoridad y no de la confianza en el líder.


Algo más que una cuestión subjetiva
Por otra parte, deben de tomarse en cuenta acotamientos que se derivan de planos objetivos, no matizados por los aspectos personales. El primero de ellos es lo cuestionable que fue su llegada a la Presidencia, con un apoyo francamente minoritario, y no sólo eso, sino con la incapacidad de legitimarse en el ejercicio del poder al estilo de Carlos Salinas, mediante una acción audaz y de elevado riesgo, pero que, de ser exitosa, reditúa ganancias exorbitantes.

En política hay que tener un buen sentido de los tiempos, y la oportunidad para ello desafortunadamente se perdió en los primeros meses. El golpe de mano contra el Sindicato Mexicano de Electricistas está muy lejos de proporcionar una ampliación del apoyo y la simpatía de vastos sectores. En parte, debido a que la actuación de la extinta empresa Luz y Fuerza está circunscrita a una determinada región del país, si bien la más poblada, al resto de los mexicanos, que son la mayoría de la población nacional, más del 80%, poco o nada les afecta en su vida cotidiana lo que fueron las supuestas irregularidades de esa paraestatal, y mucho menos pueden escandalizarlos los privilegios de las camarillas sindicales y los trabajadores que representaban. Antes bien, puede dar origen a un problema de mayores proporciones que el que se intentó solucionar.

El segundo elemento que restringe el ejercicio del mando presidencial está en los apoyos que lo instalaron en Los Pinos, empezando por su antecesor, quien de manera intermitente sigue sucumbiendo a su protagonismo y cayendo en la tentación de los reflectores, haciendo públicas sus críticas a determinados aspectos de las políticas y decisiones del sucesor. En tiempos ya idos, para remitir al orden y al silencio a un ex-Presidente bastaba un mensaje transmitido por algún segundón, con la amenaza velada de un ajuste de cuentas, o bien, si se hacía como que no entendía, se recurría a un golpe seco dado a alguien de su entorno. Tales fueron las medidas que se aplicaron, digamos por ejemplo, a Luis Echeverría y a Carlos Salinas de Gortari.

En esta misma línea de restricciones encontramos los casos de la Presidenta Vitalicia del SNTE, a quien se ha concedido una atractiva franja de poder que va de la SEP a la Lotería Nacional, pasando por el ISSSTE y el IFE, además de un partido político con la nada despreciable cuota de prerrogativas y acceso a cargos de elección. O, en el mismo sentido, a los restos del corporativismo sindical y a los llamados poderes fácticos, de entre los cuales destaca el duopolio televisivo.

En tercer término, dentro del organigrama político, a diferencia de los Mandatarios priístas, el Presidente ya no es la cabeza del sistema de gubernaturas estatales ni es el supremo legislador que tiene subordinado al Congreso de la Unión. Veinticinco de las treinta y dos entidades federativas están en manos de gobernantes surgidos del PRI y del PRD, a los que corresponden diecinueve y seis, respectivamente. Entre estos estados de la República, se encuentran los más poblados, con lo que puede significar esto en términos de votantes, pues ahí radica poco más de tres cuartas partes de los mexicanos.

Es cierto que, con muy contadas excepciones, o más bien la única excepción del Jefe de Gobierno del Distrito Federal, el trato que le dan los gobernadores opositores al Presidente Calderón es de respeto, actitud de colaboración, apoyo, en fin, no se pone en duda su autoridad o legitimidad. Pero esto no significa subordinación o disposición a acatar todo lo que venga del centro, y a veces da la impresión de que fuera una relación entre pares. Nunca antes un Presidente se vio en circunstancias similares.

Además, ya desde 1997, en los estertores del régimen priísta, la Cámara de Diputados equilibró su posición frente al Ejecutivo Federal. El Poder Legislativo Federal dejó de ser el silente tramitador de las iniciativas presidenciales, y aunque en el Senado el PAN es la fuerza mayoritaria, poco puede hacer frente a una alianza de priístas y perredistas, que en conjunto detentan el 46% de los escaños, superando al casi 40% de los panistas. En la Cámara Baja, tras la sacudida que vino a ser la última elección federal, la situación es peor, ahí el PRI no necesita aliarse con los izquierdistas, tan sólo con el apoyo del Verde Ecologista le basta para obtener la mayoría absoluta.

En cuarto lugar, en este listado de restricciones, debe anotarse todo lo que podemos encuadrar como el efecto bumerang, o sea, estrategias pensadas para plantear soluciones a una determinada problemática, pero que tienen una elevada probabilidad de revertirse contra su instrumentador. Es el caso de la llamada Guerra contra el Crimen Organizado, con dedicatoria especial al Narco, que nunca apareció como un compromiso de campaña, y que ha ensangrentado inútilmente a la nación, con una vertiginosa contabilidad de muertes y un ascenso de la crueldad y la negra capacidad imaginativa para perpetrar asesinatos.

Además de lo que ello conlleva para la estabilidad del país, está fermentando en las fuerzas armadas, quizás no en la superioridad, pero si entre los mandos medios y la tropa, sentimientos encontrados en relación a la necesidad de su intervención, a la eficacia de los civiles, así como a la posibilidad de alcanzar una victoria. Es una especie de síndrome de Vietnam a la mexicana. Y si esto no fuera suficiente, está propiciando la militarización del país y el riesgo de un desplazamiento, que no se desea por nadie, de la clase política.

A este rubro podríamos agregar la realidad en que se han tornado las promesas formuladas durante los meses de campaña, que ahora son objeto de burla y de amargo desencanto, como la más señalada de todas, la de llegar a ser el “Presidente del Empleo”.

Por último, para entrar en lo que es el quinto elemento restrictivo, Felipe Calderón, en el imaginario político nacional, parece haber desplazado a Miguel de la Madrid como el “Presidente de la Mala Suerte”. Alguien caracterizó así al colimense que nos gobernó de 1982 a 1988, pues se le cayó el precio del petróleo en 1984, la Ciudad de México en 1985, el PRI con la fragmentación cardenista de 1987 y el sistema de cómputo electoral en 1988, además del remate que vino a ser el Huracán Gilberto en los meses finales de su administración.

Las tragedias de ese malhadado sexenio empiezan a palidecer, cuando se comparan a las que ha confrontado el segundo ejercicio gubernamental panista. Poco se puede abundar en la materia que sea desconocido para los mexicanos, el famoso “catarrito” que se transformó en una pulmonía fulminante. Lastima el recuerdo de esas primeras caracterizaciones de lo que vino a ser la crisis de mayor virulencia en más de setenta años, pues es un reflejo de la ausencia de un buen sentido de análisis, que no permitió anticipar el desastre en curso y por lo mismo impidió tomar las previsiones necesarias.

No sólo eso, se dejó pasar tiempo precioso para elaborar y poner en marcha medidas anticíclicas efectivas, y cuando la vorágine empezó a golpear con severidad la economía nacional siguió el inmovilismo. El resultado era lógico, 2009 será el año de la peor caída que haya registrado el país desde la cuarta década del siglo pasado, habría que remontarse hasta de 1932 para encontrar una cifra de crecimiento económico negativo superior al estimado para el actual. Y todo lo que ello implica en términos de la vida cotidiana de los mexicanos.


El despliegue de las esperanzas
El Ing. Rubén Figueroa Figueroa, Gobernador de Guerrero entre 1975 y 1981, acuñó una frase que ha quedado para el folklor político nacional cuando, al proferir comentarios acerca de los prospectos que se movían para la sucesión presidencial de López Portillo, afirmó que “la caballada está flaca”.

Si retomamos esta expresión de quien es un prototipo del político mexicano de aquellos ayeres, podríamos señalar que ahora no sólo está mermada de carnes, sino que está muy reducida en posibilidades. El as de la baraja calderonista, Juan Camilo Mouriño, el de mayores perspectivas y con todo un futuro de engrandecimiento y perfeccionamiento como persona y hombre de poder, fue descartado por la mano de la muerte, que, como la suerte, tiene un papel que jugar en la política. Nadie como él estaba llamado a cumplir un papel similar al del “tapado” de los regímenes emanados del priísmo, su desaparición desdibujó el proyecto de su jefe y no se observa en el panismo alguien que pueda ser objeto de un tratamiento semejante.

El estilo personal de gobernar del Presidente Calderón da pocas oportunidades de lucimiento a su elenco, aunque varios de sus Secretarios de Estado se sienten con posibilidades, que no se discuten abiertamente, pero que no dejan de cultivar en sus círculos íntimos. En cuanto a cercanía personal, pueden apuntarse los casos de Alonso Lujambio, Juan Molinar Horcasitas, Gerardo Ruiz Mateos, Javier Lozano Alarcón y Ernesto Cordero Arroyo, como sabemos, Secretarios de Educación Pública, Comunicaciones y Transportes, Economía, Trabajo y Previsión Social y Desarrollo Social.

Pero, cada uno de ellos, además de ajustar su comportamiento a lo delineado por el mencionado estilo personal de su Jefe, tiene que superar retos en su ámbito tanto personal como administrativo. Lujambio tiene en su ventaja su propio obstáculo, ya que si bien puede contar con el invaluable apoyo de la Profesora Gordillo, los analistas lo ven demasiado constreñido a las directrices de la Maestra de los Maestros. Juan Molinar Horcasitas, para algunos el caballo negro del juego sucesorio, resultó afectado por la tragedia de la guardería de Hermosillo, situación parecida a la que confronta Javier Lozano Alarcón por el conflicto con el Sindicato Mexicano de Electricistas.

Los otros dos, Gerardo Ruiz Mateos, en sus contadas apariciones públicas ha mostrado incongruencias y poca actividad, por no decir nula, se le ha visto en lo que debería ser su campo de acción, dado que estamos inmersos en una crisis económica, en tanto Ernesto Cordero Arroyo se ha visto inédito en lo que toca a paliar algunos de los efectos más brutales de la emergencia que estamos viviendo.

Por fuera de esta privilegiada comunidad, Francisco Ramírez Acuña se llevó sus expectativas a la Cámara de Diputados, a cuya llegada no tuvo reparos para calificar a este colegiado como un espacio donde se dirimiría la sucesión presidencial. En ese mismo recinto, la Licenciada Josefina Vázquez Mota considera que México está preparado para que lo gobierne una mujer, aunque su desempeño en la SEP y en la reciente campaña electoral haya dejado mucho que desear de su habilidad política.

Sinceramente, ninguno de ellos está a la altura de lo que se mueve en la oposición centrista y de izquierda. En el PRI el prospecto del momento, arropado por las dos grandes cadenas televisoras, y cuidado con especial esmero por el imperio de Azcárraga Jean, el encopetado Enrique Peña Nieto, figura sin aparentes problemas a la delantera. El destape tan tempranero es uno de los grandes problemas que tiene su eventual candidatura y su aún muy incierto triunfo. Haciendo uso de un lenguaje adecuado, el deportivo, puede decirse que la carrera a la Presidencia es correr un maratón con vallas, es una prueba de resistencia, de aguante, en la que hay que ir superando incontables barreras. Entre las trabas que tendrá que saltar, o de plano ver la posibilidad de dejarlas de lado, está su relación con Arturo Montiel y el descargo que hizo de sus cuentas, su indefinición ideológica, la vinculación con Televisa y el asunto de la muerte de su esposa.

A un ritmo más pausado, a buena distancia del joven gobernador mexiquense, se encuentra el taimado senador sonorense Manlio Fabio Beltrones Rivera, formado en la escuela de Don Fernando Gutiérrez Barrios, por lo que en su proceder encuentra uno el sello de la casa. Operador político de gran relevancia en el sexenio actual, algunos han equiparado su capacidad de maniobra a la de un Secretario de Gobernación alterno, o incluso de una especie de Vicepresidente, y una parte sustancial de la precaria estabilidad que ha tenido Felipe Calderón se debe a él. Está a la espera de que el encopetado tenga un fuerte tropezón, en el mejor de los casos, porque conociendo un poco su trayectoria, bien puede uno pensar que moverá la mano o la pierna que lo haga caer. Como todo aspirante, tiene su lado flaco, que en este caso son acusaciones de vinculación con el narco que se ventilaron en algunos medios de la prensa norteamericana, el supuesto interrogatorio que llevó a cabo del asesino de Colosio y su complicada relación con Salinas.

Aún mas a la zaga, ubicamos a la Presidenta del PRI, Doña Beatriz Paredes Rangel, de larga trayectoria en las esferas del poder, pues ha sabido tener continuidad desde que fue favorecida por Luis Echeverría y moldear una imagen de acuerdo a las variaciones sexenales, sobre la permanencia de un vestuario autóctono, pero que no se sabe que tan auténtico sea en su sinceridad. Otras naciones han dado ya ese paso, pero, como ocurre en España, existe la duda de si estamos preparados para que nos gobierne una mujer.

En el campo de la izquierda, la figura indiscutible es el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard Casaubón, quien ha desplegado al máximo las recetas de su predecesor, en lo que toca a obra pública y al desarrollo de programas sociales, además de haber mantenido una distancia con el Presidente Felipe Calderón para no entrar en choque con las facciones articuladas alrededor de López Obrador. Su perfil viene a ser menos irritante para los hombres de dinero que el de su antecesor, y desde las épocas de su primer padrino, Manuel Camacho Solís, ha procurado ofrecer una imagen de conciliador y hombre de diálogo. Sus obstáculos parecen estar en sitios tan disímbolos como la misma izquierda y, sobre todo, en el de la derecha tradicional y los ultras.

Como un personaje al que no debe dejarse en el olvido, en las sombras y giras interminables al México Profundo, que para algunos no dejan los frutos esperados, ubicamos al autodenominado Presidente Legítimo, con una base social innegable, que no debemos de confundir con el número de votantes que lo apoyó en la gesta de 2006, pues ahí hubo muchos que tenían el carácter de simpatizantes y se volatizaron apenas instalado el megaplantón en el corazón de la urbe capitalina. Sin mencionar aspectos negativos que lo llevaron a cometer errores de trascendencia en la campaña presidencial, hay que señalar que una de las pocas reglas que subsisten del proceso de sucesión presidencial es que en México sólo hay una oportunidad de alcanzar la Presidencia.

Sin embargo, más hacia atrás, de acuerdo con la historia, y aceptando lo casi imposible que resultaría actualizarlo, tenemos el caso de dos personajes que persistieron en su empeño al verse frustrados en el primer intento. Uno es el de Porfirio Díaz, quien tuvo éxito hasta el cuarto turno, pues para sentarse en la silla presidencial participó en dos elecciones presidenciales, mismas que perdió ante su antiguo maestro y jefe, Don Benito Juárez, perpetró un infructuoso golpe de estado y, finalmente, propició otro levantamiento armado que se vio favorecido por la victoria.

El otro es Francisco I. Madero, derrotado oficialmente por Don Porfirio en las urnas, en 1910, se convirtió en el único mexicano del Siglo 20 que pudo transformar la inconformidad en rebeldía, algo que parece difícil de replantear en estos tiempos y que estuvo quizás al alcance de Cárdenas en 1988 y de López Obrador en 2006. Empero, una decisión de esta naturaleza exige arrojo, conocimiento de la coyuntura, la infaltable buena suerte, una base social relativamente organizada y el contar con liderazgos emergentes.


Corte final
El proceso de sucesión actual se enmarca en un ejercicio gubernamental agotado de manera anticipada, bajo un liderazgo presidencial limitado de origen y restringido por la presencia de fuerzas y actores que escapan a su control.

Carente de un proyecto de nación de mediano alcance, participativo e incluyente, ninguna de las estrategias ensayadas ha contribuido a incrementar el poder del Presidente Calderón, quien da la impresión en ocasiones de no tener siquiera la capacidad de imponer orden en su propio equipo.

En los primeros meses, desechó la oportunidad de llevar a cabo una convocatoria para un pacto de concordia, que, con un espíritu abierto a las distintas voces, lo hubiera afirmado como un líder indiscutible, reservándose la facultad de coordinar los esfuerzos para alcanzar metas compartidas. Ese acuerdo nacional estaría en marcha, vigente y estaríamos en mejores condiciones para afrontar el embate que vino del exterior. Lo quiso hacer prácticamente sólo, aislado, con un equipo mediocre e inexperto, y al que además no le concede la ocasión de mostrar, si lo tiene, un poco de iniciativa e imaginación.

El tiempo se le ha venido encima y no tiene ya muchas posibilidades de rehacer el camino, ni siquiera con golpes de timón y si a ello le sumamos el tsunami económico, es lógico que el proceso de sucesión se le haya escapado de las manos, por la vía de las esperanzas ajenas.

Lamentablemente, ese horizonte se ve aún distante y quizás no haya ya la suficiente paciencia.