Por: Miguel Ángel Casillas Barajas.-
De mi hermana Gilda Elena Casillas Barajas, quien desapareciera recientemente en un accidente automovilístico, guardo gratos e inolvidables momentos en mi corazón, vienen a mi memoria, los recueros de su niñez, Mi padre y mi madre habían tenido contando hasta con Gilda 8 hijos, así que difícilmente podían atender de manera personal a cada uno de nosotros, de tal manera, que mi hermana de escasos 6 o 7 meses de nacida se la pasaba sentada en su sillita de brazos por largas horas, ya que todos teníamos ocupaciones, mi madre lavando la ropa de todos y haciendo las labores del hogar y mi padre, con la tarea difícil de buscar el sustento para todos manejando un taxi, mis hermanos habían partido fuera de aquí a estudiar, otros mas en la escuela, de tal manera, que era prácticamente imposible que alguien tuviera un momento disponible para atender a mi hermana con el amor y el cariño que se le debe profesar a una niñita tan encantadora y bella como era Gildita.
Recuerdo que cuando yo llegaba del trabajo como a eso de las 6 de la tarde, la encontraba adormilada en su sillita de brazos llorando y enfadada con su pelo lleno de sopa o dulce o lo que hubiera comido en el día, y su ropita igualmente llena de comida por todos lados.
Al notar mi presencia, de inmediato se le alegraba su carita y me pedía los brazos para que la rescatara de ese suplicio de estar sentada tantas horas en esa sillita martirizante, que le dejaba pintadas en sus piernitas la figura del asiento del material de que estaba hecha, por unos instantes, la tomaba en mis brazos y amorosamente la limpiaba, la cambiaba de ropa, y nos íbamos juntos a dar un paseo a la calle, ambos, disfrutábamos intensamente ese momento y mas aún, cuando compartíamos alguna golosina que adquiramos en la tienda de la esquina. Se acostumbró tanto a mis brazos, que no tardaba ni 10 minutos, cuando se quedaba profundamente dormida con su sonrisa fresca y angelical que aun guardo muy dentro de mi corazón.
Quizá por eso me dolió tanto su partida, porque yo era prácticamente el hermano mayor, que trataba de alguna manera de apoyar a mi madre por lo menos con ese exquisito placer de brindarle la atención personalizada a mi hermana.
Cuando ella sufrió el accidente, que me la arrancó brutalmente a los 31 años de su existencia estaba en su mejor momento y llena de vida. Yo en ese instante, me encontraba en mi casa, y por azahares del destino, mi casa que es la de Ustedes, está ubicada en la colonia Lindavista y está a tan solo dos cuadras de donde sucedió el lamentable accidente, sin que yo me percatara de ello para ir en su auxilio, o lo menos para darle un beso, o un abrazo amoroso de despedida en el momento de su adiós.
En fin, ante lo irremediable y en recuerdo de ella, amigos y amigas lectoras. Los invito a compartir las siguientes palabras que le escribí a Gilda, dos días después de su deceso agradeciéndoles infinitamente, su amable atención que siempre me han dispensado al leer mis modestas, “Crónicas Urbanas”: