Por: Juan Fregoso

*La renuncia de Martí Batres

* Y la hora marcada del PRD

La reciente renuncia del diputado federal Martí Batres Guadarrama, es una clara señal del desmoronamiento del Partido de la Revolución Democrático, aunque su dirigente nacional Jesús Zambrano Grijalva niegue que la salida de Batres sea motivo de una desbandada, pero a como están las cosas, Jesús Zambrano debió calibrar más sus palabras antes de emitir un juicio a todas luces aventurado.


Es evidente que la renuncia de Martí Batres se localiza en el epicentro de las elecciones de julio pasado, aunque el ahora ex perredista no haya expresado las causas que lo orillaron a separarse del partido en el que militó durante 23 años, según manifestó en su cuenta de twitter en la que textualmente dice: El día de hoy hago pública mi renuncia al Partido de la Revolución Democrática, del que fui fundador, después de 23 años de militancia, con estas palabras Batres cierra un capítulo al romper con el partido al que contribuyó a darle vida.


Así, Batres Guadarrama constituye una figura emblemática de la corriente democrática encabezada en su momento por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Herberto Castillo, Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez, Rosario Ibarra de Piedra y Gilberto Rincón Gallardo, entre muchos otros. Esa corriente, que posteriormente, devino en lo que hoy se conoce como PRD, pretendía democratizar la política nacional y mejorar las condiciones de vida del pueblo de México, pero el sistema político no podía permitir ser desplazado por unos renegados del Partido Revolucionario Institucional, fue así como se fraguó el fraude de 1988, en contra de Cuauhtémoc Cárdenas, y fue erigido como triunfador el candidato del PRI Carlos Salinas de Gortari.


Salinas de Gortari supo cooptar la voluntad de muchos perredistas, que sucumbieron a las prebendas del gobierno salinista. El ex presidente los premió de muy diversas maneras, logrando con ello que muchas de sus reformas fueran aprobadas en el Congreso de la Unión; aquellos perredistas, algunos todavía dentro de la política nacional, terminaron siendo títeres de la dictadura perfecta, como calificó al sistema político mexicano, el escritor Mario Vargas Llosa.

Desde entonces, el PRD se fue corrompiendo a pasos agigantados. La esencia en que se apoyaba se fue desvaneciendo hasta derivar en una simple caricatura de partido de izquierda, especialmente con la corriente de los chuchos que más que luchar por el establecimiento de una verdadera democracia optaron por seguir las consignas del régimen priísta.


Los chuchos se entregaron cual doncella a la oligarquía, a la clase pudiente y se olvidaron por completo de los postulados del Frente Democrático Nacional—conformado por diversas fuerzas políticas,—que postularon como candidato presidencial al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, quien como finalmente lo demostró la historia le ganó la elección a Carlos Salinas, el mismo que hoy controla al grueso de perredistas, al mismo tiempo que ejerce una marcada influencia sobre el priísmo, como lo demostró al inclinar la balanza, vía Televisa, al presidente electo Enrique Peña Nieto.


Salinas es un artífice en estas lides y para ello basta con mirar en retrospectiva el 88; cuando se percató que las tendencias no le favorecían ideó la famosa caída del sistema, ejecutada por su entonces secretario de Gobernación, Manuel Bartlett Díaz, paradójicamente hoy convertido en flamante diputado federal por el partido al que contribuyó a arrebatarle el triunfo. Bartlett y Rosario Robles, entre otros, son ejemplo vivo del putrefacto perredismo, el que también traicionó dos veces la confianza del pueblo. Sus líderes prosalinistas vendieron como perro flaco a Andrés Manuel López Obrador, quien confió ingenuamente en sus correligionarios que le hicieron creer—o él mismo lo creyó—que no se repetiría la historia de 2006, con el arribo fraudulento del panista, Felipe Calderón, que resultó el presidente más sanguinario, incluso que Gustavo Díaz Ordaz, en este sentido, Calderón lo rebasó por la derecha tras dejar como herencia miles de muertos inocentes.


Hoy como ayer, el Peje fue visualizado como un peligro para México, de nada le sirvieron sus palabras o promesas amorosas para un México sediento de justicia y de democracia. Perdió por segunda vez gracias al ataque sistemático de los medios televisivos, los cuales enaltecieron la figura del ex gobernador mexiquense. Pero no se crea que solamente estos medios de comunicación coadyuvaron a la derrota del tabasqueño, mucho tuvieron que ver los dirigentes perredistas, los cuales en la clandestinidad negociaron su candidatura, quizá esto explique que AMLO haya decidido renunciar al PRD para intentar construir en partido político al Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), al que ahora se suma Martí Batres.

Con todo lo que diga Jesús Zambrano, en referencia a la salida de Batres que no generará una desbandada, es inevitable subrayar que en política no hay nada escrito ni nada seguro, porque de un momento a otro las circunstancias y condiciones políticas pueden dar un giro sorprendente que puede cambiar todo el escenario político, todo el esquema partidista del PRD, puesto que es notorio como se va desmembrando, como se va pulverizando merced a los pleitos y traiciones de las tribus que lo conforman.


Pero, independientemente de que AMLO y Martí Batres arrastren a algunos simpatizantes de Morena, lo cierto es que el PRD va rumbo al precipicio, en virtud de que al carecer de un verdadero liderazgo político, ya nada tiene que hacer, al menos en beneficio de la patria, por lo tanto, lo más probable es que desaparezca como han desaparecido muchos otros partidos, en consecuencia, todo indica que el PRD tiene su hora marcada, aunque no precisamente por la deserción de AMLO y Batres, sino por haberse apartado de los principios rectores que le dieron vida a este instituto político que durante un tiempo fue la esperanza de muchos mexicanos.