*La herencia nefasta de Felipe Calderón
*Y el supuesto atentado contra su persona
Por: Juan Fregoso
En el ocaso de su sexenio, el presidente Felipe Calderón Hinojosa, intenta pasar de victimario a mártir, pues recientemente anunció que estuvo a punto de ser asesinado por el crimen organizado al cual le declaró la guerra para legitimarse, para lavar su imagen de mandatario espurio por haber llegado al poder de manera fraudulenta y no tanto para destruir a esa hidra de mil cabezas.
Aquí cabe preguntarse por qué hasta ahora denuncia el supuesto atentado de que fue objeto, justamente cuando faltan escasos días para que rinda su último informe de gobierno. Pareciera que el presidente quiere desviar los reflectores que estarán enfocados en la ceremonia del 1 de septiembre, cuando emita su sexto informe de gobierno, el cual, seguramente estará lleno de mentiras muy bien refinadas para apaciguar el descontento social en contra del régimen más violento que ha vivido México.
En este contexto, la noticia del presunto atentado contra su persona se antoja una medida mediática, un golpe espectacular en un momento clave, como es el hecho de informar a la nación el estado que guarda ésta. Calderón sabe que es más lo negativo que lo positivo de su gobierno, como también sabe cómo entró a tomar posesión el 1 de diciembre de 2006, pues no hay que olvidar que accedió por la puerta trasera del recinto oficial y ante una ola de protestas en su contra, es decir, cuando llegó a la presidencia seriamente cuestionado por una ciudadanía enardecida debido a que su triunfo no fue transparente.
Por tanto, es predecible que su salida sea similar o peor que cuando asumió el poder ejecutivo, esto es así porque cuando arribó al poder su elección fue calificada por el pueblo como tramposa; la sombra del fraude lo persiguió durante todo su sexenio, la cruenta guerra desatada no pudo quitarle este estigma, y por lo mismo, su salida será desastrosa, porque si desde un principio su gobierno estuvo marcado por el fraude, ahora el pueblo le echará en cara las miles de vidas inocentes propiciadas por una absurda batalla que no pudo ganar, aunque sus panegiristas digan todo lo contrario, la realidad es que la violencia sigue galopando a lo largo y ancho del país.
Por consiguiente, la nefasta herencia que Felipe Calderón dejará a su sucesor constituye una enorme deuda con la sociedad mexicana, la cual queda más lastimada y humillada que nunca, pero con la esperanza de que el nuevo presidente pueda resarcir un poco el daño provocado por el calderonismo, que deja como huella indeleble alrededor de 95 mil muertos, sesenta millones de pobres, treinta millones de hambrientos, tres millones de desempleados, ocho millones de ninis, catorce millones de informales y miles de viudas y huérfanos. Esta es tan sólo una parte de la herencia de un presidente de corte fascista.
Pero la cuestión de fondo radica si Calderón se atreverá a dar estos datos al pueblo de México este 1 de septiembre, desde luego que no lo hará. El presidente se limitará a dar un informe adornado con el pincel de la demagogia. Su discurso estará completamente desfasado de la cruda realidad que vivimos, por supuesto que nos dirá que logró disminuir el índice delictivo y el número de pobres, como también nos dirá que deja una economía sana y fuerte, basado en las maquilladas estadísticas que le proporcione su gabinete de economistas, pero la realidad no se puede ocultar, porque México sigue inmerso en una crisis de credibilidad, y lo peor, de temor ante el clima de violencia, porque la espiral de este fenómeno continúa en ascenso en la mayoría de los estados.
Así pues, de nada le servirá el anuncio que hizo a los medios de comunicación nacionales y extranjeros en el sentido de que estuvo a punto de ser asesinado, cuando abordó el avión que lo transportaría, según dijo, a la Reynosa, Tamaulipas. Inclusive para hacer más dramático su relato apuntó que antes de partir a su destino grabó un mensaje dirigido a su familia, en el cual decía que en el caso de que le ocurriera algo, debían de tener la certeza de que estaba cumpliendo con las tareas que creía necesarias.
Conmovedora la narración del presidente, sin duda alguna, pero son muchos los que se preguntan por qué no hizo público este hecho en su momento, ya que por lo que se sabe el supuesto atentado se dio a principios de su mandato, pero el primer mandatario tuvo que esperar el final de su gobierno y ante la proximidad de su sexto informe, lo que da pie a suspicacias, puesto que para muchos mexicanos lo declarado por Calderón tiene tintes distractores, es decir, que el gobernante quiere vendernos la idea de que él mismo pudo haber sido víctima del torbellino violento que bañó de sangre al país.
Muchos mexicanos opinan que el intempestivo anuncio de Felipe Calderón, no es más que una magistral estrategia para calmar los ánimos de miles de personas que perdieron a sus seres queridos como consecuencia de una guerra infernal, incluso para algunos intelectuales el supuesto atentado es producto de la afición al alcohol del presidente, quien ya tiene serios problemas de salud mental que lo hacen ver y escuchar cosas inexistentes.
Cierto o falso, la idea del jefe del ejecutivo es evitar a toda costa la reacción de la gente este primero de septiembre, cuando ante el Congreso de la Unión, rinda su último informe. Seguramente, Calderón será increpado por diputados y senadores, especialmente de oposición, porque los de su partido acallarán con aplausos zalameros y ensordecedores los reclamos de sus pares, como ya se ha visto en otros informes.
Con todo, el presidente no podrá eludir el juicio de la historia que lo pondrá en el sitio que se merece, pues su herencia está constituida por un acervo de crímenes que enlutaron a miles de personas inocentes que nada tuvieron que ver con el crimen organizado, pero que sufrieron los embates de una guerra fratricida instrumentada por un presidente sólo comparable con Gustavo Díaz Ordaz, el autor intelectual de la matanza del 2 de octubre de 1968, hace 44 años, y que a estas alturas el pueblo de México, aún no olvida, como tampoco olvidará tan fácilmente la ola de asesinatos provocados por el presidente de la ultraderecha más recalcitrante.