Por: Juan Fregoso

Como si el Oráculo de Delfos les hubiera anunciado ya el triunfo del candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional, Enrique Peña Nieto, algunos ciudadanos acaponetenses ya dan por hecho su éxito este 1 julio, descartando por completo a la candidata panista Josefina Vázquez Mota y a Andrés Manuel López Obrador, contendiente por el movimiento progresista, y sin tocar siquiera el nombre del aspirante de Nueva Alianza, Gabriel (Quadro) Quadri Torres, por considerarlo un monigote de la maestra Elba Esther Gordillo, o un factor estratégico para dividir el voto.

Desde mi punto de vista, aun cuando faltan menos de quince días para que se despeje la incógnita no se deben todavía a echar al vuelo las campanas. Aun cuando se afirma que Enrique Peña Nieto se ubica en las preferencias electorales, esto no es una garantía para emitir un juicio—ni siquiera apriorístico—de que ya ganó la elección. A lo largo de estos días en cada candidato ha expuesto sus propuestas de gobierno, el columnista ha estado insistiendo que en política no hay nada escrito, que todo puede suceder y esto los politólogos lo saben perfectamente, de ahí que lo que se rumora en las calles y oficinas públicas no dejan ser meras especulaciones, pero realmente no hay nada firme, no hay nada seguro, ni para uno ni para otro aspirante

Las expectativas de un segmento social descansa en las famosas encuestas, pero este método no siempre ha dado resultado acertados, en muchas otras elecciones han demostrado su ineficacia rompiendo el paradigma de que los números no se equivocan. Por supuesto que la ciencia matemática es exacta, el problema surge cuando echando mano de los números éstos son manejados de mala fe, con la intención de favorecer cierta situación, en este caso, a algún aspirante presidencial, por ello, en el juego sucesorio los números se acomodan—desde luego, por expertos en estos menesteres—al gusto de quien pague las antedichas encuestas, que no son más que instrumento desorientador, sobre todo, de las clases con un bajo perfil cultural.

Por otra parte, es necesario decir que las elecciones se dan, no precisamente entre partidos políticos, sino entre clases sociales, esto es, aquellos que representan el poder económico y aquellos que no tiene nada, por supuesto que en este caso me refiero a la prole como despectivamente fue calificada por la familia peñista al inicio de la carrera presidencial.

En este sentido, el sistema político, el aparato político, el Estado, como queramos llamarle, no es nunca neutral y autónomo. Esto significa que siempre está a favor de uno u otro grupo social, porque su razón de existir es cuidar del mantenimiento de un sistema social y económico, y todo sistema social y económico no estrictamente igualitario favorece a un grupo social y perjudica a otro.

Por consiguiente, cada grupo social intentará adueñarse del Estado, del sistema político, y de aquel que lo logre se dirá que posee el poder político. Si el poder político lo posee, como suele ser costumbre, el grupo que ya tiene el poder social y económico, éste grupo mantendrá en vigor el sistema económico y social que le favorece. Si, por el contrario, el poder político es obtenido por el grupo que no tiene el poder económico y social, es decir, por el grupo socialmente dominado, lo primero que hará este grupo será suprimir el sistema económico y social vigente de modo que su situación de subordinación desaparezca. Será, pues, una acción revolucionaria desde el poder; en toda sociedad humana, poder económico, poder social y poder político tienden siempre a concentrarse en un mismo grupo social, así los partidos políticos son meros vehículos para acceder al poder.

Es en este contexto, como se explica que a lo largo de la historia, los grupos socialmente dominantes hayan monopolizado el poder político. Y el medio más comúnmente empleado para ello ha sido la fuerza, la represión, justificadas por los más diversos motivos. Así, en la Atenas de la antigua Grecia—considerada cuna de la democracia—sólo un diez por ciento de sus habitantes podían participar en el gobierno de la ciudad; la inmensa mayoría de la población estaba formada por esclavos, situación personal sancionada por la ley y justificada con base en la creencia de que el carácter de libre o de esclavo era algo natural en el hombre, nacía con cada uno, como nacía con cada uno ser varón o hembra.
Pero, después de esta digresión, retomemos el punto fino del asunto. Las elecciones no son—como a primera vista pudiera parecer—un modo de designar a los gobernantes desde abajo, desde el pueblo. Esto, tras el logro del sufragio y de las libertades políticas para todos los grupos sociales, ya no es lo más importante. Unas elecciones son en el siglo XXI, fundamentalmente, la forma en que la lucha entre grupos sociales por el poder político, que podría degenerar en enfrentamientos sangrientos, que se canaliza—paradójicamente—en una lucha pacífica en las urnas y el ejemplo más vivo que tenemos actualmente son las protestas estudiantiles, que sin apoyar a ningún candidato, según lo han expresado, todo indica que el país se ha convertido en una caldera en ebullición.

El problema de fondo radica en el rechazo del candidato del PRI, partido—o clase de privilegiados—que le han hecho mucho daño al pueblo de México. La matanza de la Plaza de la Tres Culturas, ocurrida en 1968, es algo que no se olvida, como tampoco el famoso halconazo, en ambos acontecimientos murieron miles de jóvenes estudiantes, y ahora las nuevas generaciones de universitarios retoman esa bandera para impedir el retorno del viejo sistema, no importa que las circunstancias de ahora sean distintas, el problema son los actores políticos que no han cambiado, quizá de cara, pero no de esa mentalidad fascista que los llevó a perpetrar aquellos crímenes de lesa humanidad.

Pero si el autoritarismo del PRI fue causante de estos reprobables hechos, que causó a lo largo de 70 años de dictadura, el PAN no puede salir ileso, no puede autoproclamarse como el paladín de la democracia, porque a Acción Nacional tan sólo le bastaron 12 años de gobierno para desatar una guerra irracional que ha costado la vida de cerca de cien mil ciudadanos, bajo el pretexto de combatir el crimen organizado. El PAN no podrá, por más que lo intente, quitarse esa impronta, esa huella indeleble que perdurará en la memoria del México contemporáneo.

Así, sólo queda el PRD, que si bien ya ha ganado algunas gubernaturas, diputaciones, senadurías y alcaldías, actualmente busca la presidencia de la República, a través de Andrés Manuel López Obrador, quien compite por esta posición por segunda vez. Pero lo cuestionable del asunto es que AMLO, viene de las filas del priísmo, al que ahora ataca porque lo ve plagado de vicios, mas cuando militaba en éste, por alguna razón, no los vio hasta que rompió sus vínculos el tricolor y decidió divorciarse del partido que, de alguna manera, lo proyectó políticamente hasta hacer de él una figura combativa, acérrimo defensor de las clases más humildes y un reformador del sistema político, al estilo de Benito Juárez, a quien ha tomado como ejemplo de su lucha contra la oligarquía, esa que representa el PRI y el PAN, como lo ha dicho el tabasqueño a lo largo de su campaña.

Pero si hemos de ser congruentes, ninguno de los tres punteros presidenciables representan un verdadero cambio en la vida de los mexicanos, porque todos arrastran una pesada y larga cola que desmiente sus demagógicos discursos, porque uno es el aspirante, otro el pre, otro el candidato y otro el gobernante, y en esta metamorfosis, surge finalmente el hombre sin maquillaje, aparece su verdadero rostro, y sus verdaderas intenciones o ideas, que generalmente, distan mucho de las externadas durante sus campañas de proselitismo político. Tenemos, pues, dos ases y una sota que representan lo mismo.