Por Miguel Ángel Casillas Barajas

Oriundo de Ahuacatlán tuve la suerte de caerle bien a mi abuelo Ramón Larios. Pecaré un poco en adularme al decir que quizás fui uno de sus nietos más consentidos. (O Por lo menos, para no ser exagerar la nota, creo que si me tenía mucha estimación). Yo lo conocí por primera vez de manera ocasional cuando él ya estaba mayor de edad. Y a causa de sus enfermedades se había mudado a Tepic para tener un acceso más rápido y expedito a los centros hospitalarios, debido a sus constantes crisis de salud. Mis padres un día me llevaron a conocerlo y así empezó nuestra gran amistad imperecedera.

Recuerdo que él vivía en una casona céntrica por la calle de zacatecas, justo frente de la casa de Amado Nervo. Y cada vez que iba a visitarlo me llenaba de regocijo, luego después, de saludarlo y ofrecerle mi cariño y respeto nos poníamos a platicar sobre anécdotas de su vida. Así cada tarde después de salir de la escuela me daba una escapada rápida para ir a verlo. Obviamente que en esos tiempos no había tanto carro y yo viajaba cómodamente trasladándome desde mi casa a la escuela en un patín del diablo diariamente, vehículo de tracción que era prácticamente como mi amigo inseparable.

Una vez después de la campanada de salida, partía de la escuela Francisco I. Madero a casa de mi abuelo. El trayecto diario que seguía, comprendía irse por la calle León hasta llegar a su confluencia con la calle de lerdo, luego bajaba por ahí como hasta el centro y pasaba como rayo por la Avenida México. Al llegar a la calle de zacatecas daba vuelta a la izquierda y a dos cuadras mas ya estaba en casa de mi abuelo Ramón.

Al llegar a su casa mis dos Tías: Engracia y Concha Larios me recibían con los brazos abiertos, les daba un gusto enorme verme y me profesaban su cariño con una sonrisota que parecieran tenerla siempre tatuada a flor de sus labios. Luego después de darme la bienvenida llenarme de besos y prodigarme algunas caricias, me invitaban a sentarme a un lado de la cama de mi abuelo. Después me ofrecían un vaso de agua de frutas de la temporada, algo que nunca faltaba en esa casa.

¡Ah! como recuerdo también al viejo y rechoncho perico que tenían en una enorme jaula que estaba ubicada al centro de la sala de aquella casona antigua. Que como dato simplemente anecdótico recuerdo que tenia el piso de adoquín rojo y siempre impecablemente limpio.

El mentado perico se llamaba Rolito y siempre que yo llegaba lo encontraba tragando maza al condenado, era un glotón de primera y además un deslenguado y parlanchín incorregible. Pero lo curioso de ese obeso perico es que cuando yo hacia acto de presencia, el carajo cotorro hacía una alharaca como gallina clueca agitaba sus alas y gritaba a los cuatro vientos: ¡Ya llegó el petaco! ¡Ya llegó el petaco!

No se si me confundía con alguien muy parecido a mi, de Ahuacatlán, nunca lo supe, pero el caso es que fue el mentado Rolito, quien de manera circunstancial me bautizó con el apodo de El Petaco. Un apodo que se me quedó durante algún tiempo siendo niño; por lo menos, entre mi familia muy cercana tuvo mucha aceptación y en la casa de mi abuelo, no se diga.

Pero indudablemente que el verdadero motivo que entusiasmaba mis frecuentes visitas era platicar con mi abuelo, él era como una enciclopedia Larousse viviente, o Mr. Google, y a mí por supuesto me encantaba escuchar sus anécdotas, con ese lujo de detalles como solo él solía platicar sus historias.

Pienso que debió ser en su vida activa un hombre culto, intelectual, gran lector y quizás un excelente escritor, no lo se realmente, pero de lo que si estoy seguro es que era un gran maestro de la narrativa, tenía grandes cualidades para saber explicarme las cosas de una manera casi magistral con todo lujo de detalles. Admiraba su manera ágil, sencilla y entendible de narrar sus anécdotas. Para mí, era todo un deleite escucharlo; pese a que estaba mermado de sus facultades por la enfermedad que lo acosaba, él recordaba todo muy bien con cierta lucidez. Mientras por mi parte, yo hacía lo propio, cada dato importante lo atesoraba y lo anotaba celosamente en un cuadernillo medio deshojado y viejo que siempre cargaba conmigo.

De esas ricas pláticas que recibía de mi abuelo pude enterarme que el había participado en muchas batallas revolucionarias y poco después me contaba emocionado que estuvo con los cristeros. Luego también, me enteré de su llegada a Ahuacatlán, vi como se le iluminaban sus ojitos al hablarme de esa hermosa tierra prodiga que lo acogió, de aquellos sus amigos entrañables; de las mujeres hermosas que conoció, hasta llegar a tocar el tema de sus grandes amores. Ahí hizo un alto momentáneo y suspiró profundamente para luego continuar con sus recuerdos bellos.

En mi memoria quedó grabada para siempre aquella imagen de él postrado en su cama, debilitado por la enfermedad que lo aquejaba, y tal vez, por los años que ya traía cargando a cuestas que serían algo así como entre 85 y 90 bien vividos. El caso es que cuando yo llegaba a su casa, se inquietaba. Luego pedía a mis tías que lo sentaran en la orilla de la cama, al poco rato solicitaba un vaso de avena, que lentamente llevaba a sus labios con sus manos temblorosas y la consumía toda a pequeños sorbos. Esto era como un protocolo obligado antes de platicarme sus bellas anécdotas, como para agarrar fuerzas antes de ponerse a platicar conmigo y deleitarme con sus interesantes relatos y sus no menos ricas experiencias de la vida.

En algunas ocasiones, suspendía la plática y me solicitaba que metiera la mano bajo su colchón de donde sacaba una cajita cerrada que contenía chocolates envinados, que luego me invitaba a probar. Y pese a que los tenía prohibidísimos, ambos nos deleitábamos saboreando esas ricuras entre plática y plática a escondidas de todos.

Pasaron los días, sus relatos cada día eran más interesantes y yo estaba cada vez más entusiasmado que por nada del mundo dejaría de visitarlo; tarde se me hacía que dieran el toque de campana en la escuela Madero para correr a escuchar sus interesantes vivencias.

Hasta que una mañana de esas que llegué a su casa miré a mucha gente reunida. Dejé mi patín del diablo estacionado afuera recargado en la entrada y me abrí paso entre la gente, temeroso de saber que algo le hubiera pasado a mi abuelito. Mi corazón latía apresuradamente temiendo lo peor, había gente por aquí y por allá y trabajosamente pude pasar para ubicarme al pie de su cama. En el momento preciso en que un doctor auscultaba a mi Abuelo mirando a todos con una cara de pesimismo que me daba mala espina. El Dr. seguía revisándolo y movía la cabeza negativamente. Mi abuelo se veía desmejorado y respiraba con mucha dificultad. No era para nada el abuelito tierno y cariñoso que yo había dejado el día anterior estable de salud, alegre y sonriente.

Ante la sorpresa de todos los presentes, al mirarme el abuelo me hizo una tenue seña con su mano derecha temblorosa indicándome que me acercara. Luego, ya estando junto de con él, con dificultad me abrazó. Noté que su rostro estaba demasiado demacrado y casi amoratado, no tenía ánimos de nada, para entonces yo lloraba en silencio y por mi rostro corrían vertiginosamente dos hilitos de lágrimas. Al notarlo, mi abuelo Ramón me abrazó tiernamente, secó mis lagrimas y me hizo una caricia, luego me dio un beso en la frente, y quedamente se despidió de mi diciéndome: Me voy hijoPero antes de irme quiero que nos tomen una fotografía para recordar estos últimos días, los mas felices de mi vida. Al escuchar esta su última voluntad todos gritaban ¡Una cámara! ¡Un fotógrafo! ¡Corran!, Yo no comprendía toda la magnitud de sus palabras. En ese momento estaba más confundido que nunca, mi mente no estaba ahí viajaba a los días anteriores en que estaba lúcido y contento, no lograba entender lo que pasaba. Pero presentía que ya no lo volvería a ver jamás, mi corazón me lo decía, y continuaba llorando en silencio al ver como empeoraba su estado de salud. No supe cuanto tiempo pasó me recosté recargando mi cabeza en su estómago, Mis tías dicen que yo lloraba a grito abierto y gritaba: ¡Abuelo, quiero irme contigo! ¡Quiero irme contigo! Todos los presentes fueron testigos de eso y muy sutilmente después, mis tías me retiraron de con él. Yo, la verdad nunca recordé nada de ese momento.

La cámara fotográfica nunca apareció por más esfuerzos que habían hecho los familiares para conseguirla. Era muy comprensible, ya que en esos tiempos era muy difícil tener una cámara preparada con rollo y toda la cosa y en un instante. Por ende no fue posible tomarnos esa fotografía que el pedía juntos, estando aún con vida.

Pero afortunadamente mi tío Julio casillas Larios que es un afamado pintor y que estaba presente en ese instante, se comprometió hacer un cuadro al óleo en donde estuviéramos los dos abrazados, para cumplir al pie de la letra con su última voluntad.

Y así lo hizo, al poco tiempo mi tío Julio presentó ese famoso cuadro al óleo elaborado por sus manos de artista en una cena, en donde estuvieron todos los familiares de mi abuelo Ramón, menos yo.

**Ese cuadro aún existe en casa de algunos familiares de mi abuelo, y aunque nunca, he tenido el gusto de ver el cuadro físicamente, lo recuerdo gratamente**.