Por: JUAN FREGOSO
Parte 2 de 2.- Carlos estaba estupefacto ante la osadía de la joven, y se preguntaba: ¿No sería, acaso, que aquella jovencita sólo quería divertirse un rato con un viejo como él? Y como adivinando sus pensamientos, Jacqui soltó una juvenil carcajada, que a Carlos le pareció verdadera música celestial que se enrolló en el caracol de sus oídos.
¡Ay!, Carlos, creo que te menosprecias, no eres viejo—maduro sí, pero viejo no, le dijo—mientras rozaba sus delgados labios contra los de él.
Me gustas, Carlos, y no para un rato como estás pensando; creo que por fin he encontrado al hombre de mi vida, lo supe desde el momento en que pusiste tus pies en los umbrales de la puerta de este restaurante.
¿Crees en el amor a primera vista?, inquirió JacquiCarlos no sabía que contestar, porque a él también le había gustado desde que la vio y más cuando reparó que Jacqui no le quitaba la vista de encima desde su llegada.
¡Diablos!—pensó Carlos—que para esos momentos se encontraba más confuso que al principio. Sí, era cierto que Jacqui era casi una niña comparada con él, pero no dejaba de ser una mujer que cualquier otro hombre no habría pensado dos veces para enganchársela y llevársela a la cama.
Pero él no era de ese tipo de hombres. Y entonces decidió cortar por la sano.
No, Jacqui, lo nuestro no debe ser, es una locura. Tú tienes todo un mundo por delante, y estoy seguro que te sobran pretendientes; jóvenes de tu misma edad. En alguno de ellos vas a encontrar al hombre de tus sueños, yo sólo soy un espejismo en estos momentos para ti; creo que estás confundida, yo no soy el hombre que te conviene y el principal obstáculo entre tú y yo, ya te lo dije: Es la edad. Entonces, como impulsado por un resorte, Carlos se levantó de su silla, le dio un beso a Jacqui en la mejilla, con la ternura de un padre. Luego, le dijo: Adiós, chiquilla, te recordaré siempre como la mujer más linda que he conocido y que en corto tiempo me has hecho sentir el hombre más feliz de la tierra. Parado ya en el umbral de la puerta del Mocedades, Carlos levantó su mano e hizo un ademán de despedida y se alejó con paso apresurado—como si fuera perseguido por el mismo diablo—sin volver la vista atrás, por eso ya no pudo ver la tristeza reflejada en aquel rostro angelical, mucho menos cuando, Jacqui extendió la mano como queriendo retenerlo.
Tampoco se percató que por las juveniles mejillas de Jacqui resbalaron unas gotas de agua salada de sus ojos, que inundaron su hermoso rostro, de haberla visto en ese estado, quizá Carlos se hubiese regresado para consolarla y secar con su pañuelo aquellas lágrimas que no merecía que ella derramara por él. Jacqui era una mujer que se merecía lo mejor del mundo y él no estaba dispuesto a truncar su destino. Con este pensamiento, abordó su coche y se alejó de aquel lugar, ya no quería pensar en la joven, aunque contra su voluntad, la imagen seductora de Jacqui lo perseguiría, quizá por el resto de su vida.