Por: Profr. José Luis Lara Orendáin
Cuando al campo vayas y tus ojos posen
sobre una corriente de agua cristalina,
siente la frescura que emana radiante
de sus hondas claras.
Es placer inmenso sentir su caricia;
sentir que el aliento vital que la anima
nos recorre el cuerpo.
Muy dentro de ti date las albricias
porque fue casual el dichoso encuentro,
pues tales corrientes de agua cristalina
ya no son comunes.
Son de un verde sucio, turbio, pestilente
por los mil desechos que inconsciente arrojas
a su limpio lecho.
Rey de la Creación: ¡Oh, ser más ingrato
que la Tierra pueblas!. Cesa tu agresión
a las vías de agua antes de que sea
demasiado tarde.
Muchos ríos y arroyos, lagos y lagunas
ya no albergan peces que sean tu alimento,
porque si los comes te queman la entraña,
rompen tus pulmones, ciegan a tus ojos,
o te paralizan por todos los días
que ha tu vida faltan.
Y la causa de ello … verter en su cuerpo
cloacas citadinas y aguas venenosas
de la sucia industria.
¡Insensatez pura, Rey de la creación!;
pues si no evitas su degradación
puede que mañana el agua no sirva,
ya, para tomarla.
Y si fuere así, y si fuera tal,
en ese momento concluirá la historia
de la Humanidad.