Por: Profr. José Luis Lara Orendáin.-
La noche fresca se desgrana en lluvia y en el bosque las tímidas luciérnagas, al abrigo del espeso matorral, recelosas se asoman a mirar los espejos de agua que se forman. Son las primeras lluvias de la temporada; la algarabía de las ranas saluda jubilosa su llegada y la liebre se relame los bigotes porque ya pronto podrá regalar su paladar con el fresquísimo sabor del zacate tierno.
El aire húmedo con aroma a hierba esparce el vocerío de todas las criaturas que pueblan el bosque. Los monótonos arpegios de los grillos y cigarras rivalizan en sonoridad con el incesante croar de las ranas, y a intervalos se escucha a la distancia el lúgubre lamento del misterioso búho.
Un solitario mapache camina lentamente por la senda umbría rumbo al cercano maizal; las tiernas cañas del maíz y los jugosos elotes saciarán con deleite su voraz apetito. El taimado coyote, sigiloso ronda a la caza de un desprevenido conejo o de aves que imprudentes duermen en las ramas bajas de los árboles; serán bocado exquisito para el hambre implacable que muerde sus entrañas.
Por los brazos torcidos de un durazno trepa tambaleante la rata montaraz y en precario equilibrio se solaza con sus dorados frutos; y allá en las alturas, mientras tanto, las gélidas estrellas hacen guiños a la fauna del bosque, en tanto que la luna, con su plateada luz, indiferente mira su diario batallar.
Cesa por fin la lluvia; sus ecos apagados apenas se escuchan. Los enronquecidos cantores y los depredadores nocturnos, fatigados y ahítos, reposan plácidamente. Callan los murmullos de la noche y el monte entero parece sumergirse en armonioso silencio.