* Socorrista de la Cruz Roja en otros años, Max Eduardo Hernández es el vendedor de jugos y tortas que estaba en el auto lavado, cumpliendo con un pedido, cuando se produjo la matanza.


Por Óscar Verdín Camacho


Con un dolor profundo, el señor Máximo Hernández describe que su hijo era un hombre responsable, amoroso, honesto, recto, con una forma de vivir decente.

Mi hijo, todo lo hacía con amor, con pasión, con ganas.

Max Eduardo Hernández Dostler es el comerciante, vendedor de jugos, chocomiles, aguas, fruta picada, tortas, que anteayer estuvo en el auto lavado Gamboa, por la avenida Rey Nayar, cumpliendo con un pedido que se le hizo, cuando se presentaron un grupo de delincuentes y mataron a balazos a todos los ahí presentes, él incluido.

El cuerpo de Hernández Dostler fue sepultado la tarde de ayer.

Más tarde, su papá señala a este reportero que la impresionante ola de violencia que se vive en el estado está dañando a muchas familias de bien y les está dejando odio, rencor, pero sobre todo mucho dolor.

¿Qué se puede reclamar?, ¿a quién se le puede reclamar?. A nadie, indica con una voz pausada.

Max acababa de casarse el 21 de marzo pasado; su esposa tiene un embarazo de cinco meses.

Cuando Max tenía unos 20 años, recuerda su papá, fue voluntario de la Cruz Roja. Le gustaba ayudar a la gente. Y en su barrio de la colonia Moctezuma, los vecinos señalan a este reportero que era un muchacho de lo más tranquilo, amable, atento con todos.

Lo conocí desde niño, no es posible que maten a gente buena, indica un comerciante de la calle Brasil.

Con papá mexicano y de madre norteamericana, Max contaba con la doble nacionalidad. Tenía 38 años.

El señor Máximo Hernández explica que anteayer se encontraba en la ciudad de México cuando supo lo ocurrido. Participaba en una exposición de productos nayaritas en la Cámara de Diputados, impulsada por el gobierno estatal, cuando otro de sus hijos le comentó la matanza, que ya era informada en numerosos medios.

Nunca se imaginaban que Max estuviera entre las víctimas. Unos minutos después, un familiar les avisó por teléfono.

Regresaron ya noche. El cuerpo lo recibieron hasta las 4:30 horas de ayer. En la funeraria del DIF justificaron que la tardanza se debía a que eran muchos los cuerpos que debían preparar.

Mi hijo llevaba pedidos de tortas, de jugos; coincidió que estaba ahí cuando ocurrió la balacera.

Otro familiar apunta que el gobierno, cuando presenta sus cifras sobre los caídos por esta guerra del narcotráfico, también incluye en el mismo grupo a las víctimas inocentes, como el caso de Max Eduardo.

Pide que al menos se aclare, por respeto, que no tenía nada que ver con los hechos.

La motocicleta de Max, con el pedido de jugos y tortas, quedó dentro del auto lavado. Igual su casco protector.