Por: Emeria Navarro Narváez.
Tiempo después, me entrevistó la enfermera Margarita González Parra, Jefe Estatal de Enfermería en los Servicios Coordinados de Salubridad y Asistencia, con el propósito de conocer si tenía aptitudes para trabajar de enfermera en el campo de la medicina preventiva, y el caso es que se me concedió que cubriera un interinato en una plaza de Enfermero, asignándome al servicio Antivenéreo y a la vez, Dermatológico, a cargo del primer médico especializado en piel en Nayarit, el Dr. Jorge Paredes Martínez.
En los últimos años de la década de los cincuenta, las enfermedades venéreas eran vistas como padecimientos ultra-secretos por su relación con las prácticas sexuales –que en ese tiempo, eran tema TABU- por lo que me interesó mucho esta labor y la realicé con entusiasmo juvenil. Palpé de cerca el pavor que le tenía el mundo a la Sífilis, aún cuando se empezaba a usar la penicilina y obraba ésta como una droga milagrosa, especialmente si se aplicaba en la etapa de oro para curarla que es en la primera semana del contagio, cuando aparece el chancro; en cambio en la sífilis crónica, todavía con el tratamiento se cortaba su evolución, las lesiones en el organismo –la bacteria ataca todos los sistemas- ya no volvían atrás. La neurosífilis llenaba de enfermos mentales los pocos centros psiquiátricos que existían en las ciudades de México y de Guadalajara.
En el Certificado Médico aparecía la Sífilis como impedimento para dar licencia para el matrimonio porque si esta enfermedad se transmitía del esposo infectado a la embarazada, el hijo de ésta nacía con Sífilis Congénita. Antes del uso de la penicilina se trataba esta patología con medicamentos a base de metales y estos ocasionaban lesiones profundas en todo el cuerpo, entre éstas la caída de los dientes. Aprendí que no hay enfermedades sino enfermos, que cada organismo reacciona muy particularmente según su susceptibilidad, resistencia, factores genéticos, socioeconómicos y hasta ecológicos. La atención de enfermería en este padecimiento fue objeto de mi primera tesis que elaboré para titularme, pero no me satisfizo e hice otras más antes de titularme. Aprendí a entrevistar a los pacientes y sus contactos siguiendo las indicaciones de un supervisor especializado que vino de la ciudad de México. Me enteré de que si ya había transcurrido cierto tiempo de adquirida la enfermedad y no se trata oportunamente, el organismo se daña y la persona presenta positividad permanente al VDRL – reacción serológica en la sangre-.
Entrevistaba previamente a las personas que acudían a consulta, para que cuando pasaran con el Doctor Paredes, ya tenía lleno el expediente con sus datos personales, signos y síntomas para que el galeno determinara el diagnóstico y prescribiera el tratamiento. Antes de irse el paciente, lo volvía a entrevistar para yo explicarle en términos según su cultura, lo que le interesaba conocer sobre su enfermedad, tratamiento y medidas preventivas. La aplicación de la penicilina procaínica es muy peligrosa por su contenido en aceite, que puede provocar una embolia si se va una gota al torrente sanguíneo. El médico Paredes me demostró cómo se practica la técnica Z al inyectar por vía intramuscular profunda.
Nunca aprendí a efectuar la inyección intrarraquídea que el enfermero Felipe Luna ejecutaba con éxito para tomar muestras de líquido de la médula, que se requería para estudiar los casos de Neurosífilis. Para atender a las personas contagiadas de padecimientos venéreos lo más oportunamente posible realizaba pesquisa en cada uno de los contactos con mucha discreción, y otros principios éticos por tratarse de casos relacionados muchas veces con el adulterio y hasta de jóvenes que en sus casas pasaban por castas señoritas. Además Tepic era tan chico, que la mayoría de sus habitantes nos conocíamos y muchos de los mozalbetes se ruborizaban cuando nos encontrábamos en el cine o en la calle. Hacía mucha labor preventiva en los municipios de Tepic, Xalisco y Santa María del Oro. Efectuaba encuestas serológicas entre los estudiantes de Secundaria, Preparatoria y Normales, presos, policías, judiciales y meseras. Ciertos días de la semana llegaba yo con mi gradilla llena de muestras de sangre y Catita Kelly, la jefa del laboratorio exclamaba: ¡Ay Emeria, no te cansas de traerme mucho trabajo!
Igualmente conocí a través de las personas enfermas, la Blenorragia o Purgación, casi no había muchacho que se escapara de este mal, que algunas veces los dejaba estériles o con problemas como el Priapismo, desde luego, también me enteré de otras patologías más raras u otras de cierta frecuencia como los condilomas o crestas –virus del papiloma– que en ese entonces no lo relacionaban con el cáncer de la matriz. Para curar los condilomas, yo les aplicaba in situ, toques de un ácido llamado podofilina, que hacía que se les cayeran las crestas. Aplicaba personalmente el tratamiento contra la TIÑEA CAPTITIS –tiña en el cuero cabelludo- consistente en dar al paciente por vía oral el Talio, un metal muy tóxico, que se tenía que pesar en una báscula de precisión en miligramos. Inmediatamente después de que se lo tomara el niño, le ponía una capelina o sea un vendaje con tela adhesiva que le cubría el pelo de la cabeza, días después se lo retiraba y salía ésta con todos los cabellos del niño, dejándolo completamente calvo y curado de la tiña. Aprendí a distinguir el Mal del Pinto del Vitiligo y algunas enfermedades exóticas como el Mal de Chagas que no era extraña en El Malinal, municipio de Xalisco Nayarit.
En brigada con otras enfermeras acudíamos a las escuelas primarias a combatir las escabiosis -roña- y pediculosis –piojos- y fácilmente nos contagiábamos de estas parasitosis.
A las prostitutas las visitábamos cada 8 días en la zona roja para hacerles exámenes ginecológicos y tomarles muestras de laboratorio. Además les inyectábamos penicilina como medida profiláctica. ¡Cuánta barbaridad! Yo administraba las cuotas de recuperación que cada una de ellas pagaba, así conocí a la paloma negra, a la famosa violeta imperial a la Saratonga entre otras, desde luego al lenón Chabelo, y otras por el apodo de su oficio. Ahí encontré a una jovencita a quién reconocí y sorprendida le dije: ¡Migueli! Ella con su dedo me hizo la señal de que me callara y me comunicó que era la gitana. Sabía muy bien de quien se trataba por ser ella hermana de una compañera de escuela que tuve en Santiago. Yo trataba a estas señoras respetuosamente como a los demás pacientes y a menudo cuando tenían cualquier problema de salud, me buscaban en el hospital, pues ahí mismo se encontraba ubicada la Unidad Preventiva de Salud. Las enfermeras las atendíamos no nada más de sus padecimientos venéreos, escuchábamos sus problemas y las canalizábamos según su caso, desde un dolor de muelas hasta padecimientos psiquiátricos –no había en todo Nayarit ni psicólogos ni psiquiatras. En sus viviendas les enseñábamos como atender a sus bebés- estaban muy descuidados- cómo evitar las rozaduras de pañal, cómo alimentarlos y también les aplicábamos las vacunas. Aún no se inventaba la píldora, así es que las señoras se embarazaban con frecuencia, sin saber quién era el padre de sus hijos y casi todos los días amanecían desveladas y crudas. Algunos homosexuales se acomedían a cuidar a los niños y realmente eran más maternales. Era patente la alta mortalidad en ellas por tuberculosis pulmonar, sífilis y por abortos. Una que otra fallecía a manos de un maniático o de un alcohólico con delirium tremens.
(Continuará)