Por: Juan Fregoso
Durante tres meses cuatro candidatos trabajaron intensamente por convencer al electorado de las bondades de sus respetivos proyectos políticos. Enrique Peña Nieto del PRI, Josefina Vázquez Mota de Acción Nacional y Andrés Manuel López Obrador por el Movimiento Progresista, entre aciertos, deslices, tropezones y golpes bajos, tres de los cuatro aspirantes a la presidencia llegaron al final de sus respectivas campañas con un común denominador: bien posicionados según las encuestas, esa especie de oráculo divino que predice todo.
Enrique Peña Nieto, aparentemente no pudo ser alcanzado por su más cercano adversario, quien destronó del segundo lugar a la candidata del PAN, la cual llega al momento estelar en un segundo sitio, mientras que Gabriel Quadri de la Torre, nunca pudo despegar, por lo que llega a la recta final en cuarto lugar, aun cuando para algunos, Quadri de la Torre fue el que mejor se desarrolló en los debates que se celebraron, pero el estigma del candidato del PANAL fue la cacique magisterial, Elba Esther Gordillo, detestada hasta por los propios priísta y ese menosprecio rebotó contra el académico.
El ciclo se ha cerrado, no más discursos, no más propuestas falsas e inviables que sólo tuvieron como objetivo envolver la voluntad ciudadana. ¡Se acabo todo eso!, ahora—este domingo 1 de julio—los candidatos estarán en espera de recoger lo que sembraron, de comprobar que todo aquello que propusieron logró permear en el ánimo del electorado, tendrán la oportunidad de comprobar si el manipuleo de los medios de comunicación, principalmente electrónicos, surtió el efecto buscado, mientras que la gente tendrá la oportunidad de elegir, esperemos que libremente, a sus próximos gobernantes.
Este domingo, veremos si realmente se dará el voto razonado e informado, como lo han venido exigiendo los estudiantes de la Ibero, del Politécnico y de la UNAM, entre otras instituciones de educación superior. Este domingo seremos testigos si de verdad las elecciones serán democráticas, transparentes y equitativas, pero sobre todo, si el candidato que resulte ganador no será objetado por los otros contendientes bajo el argumento de un posible fraude como ha ocurrido en otros comicios.
Aceptar la derrota, este un reto que implica madurez e inteligencia políticas, por supuesto si el triunfo fue consecuencia de una jornada electoral pulcra, sin chanchullos de ninguna índole; persuadir a los electores que su voto fue plenamente respetado, creo que esta es una tarea mucho más difícil que pronunciar discursos surrealistas, alejados de la realidad política económica, social y cultural que vive México.
Los candidatos con todo y sus traspiés ya cumplieron con su trabajo proselitista, ahora le corresponde al pueblo emitir su veredicto, el cual deberá ser inapelable, porque con la voluntad general no se puede jugar más, so pena de vernos envueltos en un grave conflicto postelectoral al estilo de antes, o quizá peor, porque la gente ya no está dispuesta a tolerar un fraude electoral más, como el que se dio en 2006, en que logró imponerse a un candidato de oposición—ya casi ex presidente—que lo único que hizo fue ensangrentar al país en aras de combatir el narcotráfico.
Justamente esto es lo que ya no quiere el pueblo de México, por eso exige unas elecciones limpias de toda sombra de fraude, que el candidato que gane, gane por mayoría, que no deje ni siquiera un resquicio por donde se pueda colar la duda, es decir, que su victoria sea inobjetable, que al ganador—sea del partido que sea—se le respete su triunfo, creo que eso es lo queremos todos los mexicanos, al menos, aquellos que anhelamos retornar a la paz que nos fue arrebatada por un gobierno que no supo estar a la altura de las circunstancias, que sólo se dedicó a masacrar miles de inocentes y a crear una hornada de ricos nuevos, mientras que el resto de la población vive en la llamada extrema pobreza, aun con programas asistencialistas, los cuales, a decir verdad, son programas electoreros, esto lo sabe perfectamente el gobierno, menos el pueblo.
Pero la liza electoral no será tan fácil como se cree, porque es muy difícil deshacerse de mañas fraudulentas para conquistar el voto de los ciudadanos. Y no es fácil erradicar estas viejas prácticas porque tienen su origen desde hace mucho tiempo, por lo tanto, cambiar de la noche a la mañana es imposible, en consecuencia no debe sorprendernos que los candidatos recurran a los mismos vicios de siempre con tal de salir airosos en la elección de este domingo 1 de julio. Todos harán su trabajo sucio para derrocar a sus adversarios, pues no olvidemos que la política la hacen los hombres, y al fin seres humanos, todos están llenos de ambición, aunque todos dicen que se apegarán a la ley o que no tienen cola que les pisen, esto no deja de ser una falacia para ganar la guerra; la legendaria consigna de Tsun Tsu, que reza que todo el arte de la guerra se basa en el engaño, sigue teniendo vigencia hoy más que nunca, y quienes se dedican a la política—que también es una guerra—lo saben perfectamente y la aplican, mas por si fuera poco hay que subrayar que el poder es amoral, lo que significa que con tal de conquistar la gloria poco importan los medios, lo significativo es el fin como acertadamente lo dijo Maquiavelo.
En este contexto, habría que encuadrar las elecciones de este año, es decir, si alguien está creyendo que los comicios se llevarán a cabo en un marco de civilidad o democrático, están equivocados definitivamente. Es la lucha por el poder político y económico lo que está en juego, son muchos los intereses que hay de por medio, porque el sistema político no sólo esta conformado por los políticos-políticos, sino por los grandes empresarios que no están dispuestos a ceder el control a alguien que no les garantice seguridad en sus capitales, sean estos bien habidos o mal habidos, por ello, no se puede subestimar la injerencia del hombre-empresario en la vida política del país, como tampoco el clero político, porque son un factor determinante para la nominación del próximo presidente de la República, sin olvidar, desde luego, la gran influencia de Los Estados Unidos, que también tienen fuertes intereses en la espectro nacional. En esta lógica, los mexicanos, aunque duela decirlo, no somos más que comparsas de esos actores que actúan encubiertamente, para decirlo más claro, todos ellos son los que deciden el destino de los mexicanos. En fin, será este domingo—quizá a media noche—cuando sabremos quién fue el agraciado para acceder a la silla presidencial.