Decía llamarse Rafael Juan de Meraulyock, un personaje suizo que llegó a México en 1880 como un ciclón de palabrería, artista del disfraz, espesa barba, larga melena y ojos mefistofélicos, que atrapaba a cuanto transeúnte se acercara por curiosidad o casualidad, ofreciendo las perladas aguas de un cura todo, así como trabajos dentales sin dolor.

El Doctor Merolico, llamado así por sus clientes vernáculos dada la dificultad para pronunciar su apellido, con raído saco de terciopelo rojo, dejaba al público con la boca abierta para luego arrancarles dientes y muelas a razón de 300 por día durante un año, vendiendo luego, bajo un torbellino de palabras, el milagroso elixir llamado Tónico San Jacobo.

En 2012, algunos candidatos son merolicos, pregoneros capaces de separar con deleite las palabras de los hechos y confundir la emoción con la propuesta, autómatas de martilleante voz, que desfilan ante una sociedad indignada, hambrienta de cambios. ¿Seguirán desfilando los que hablan mucho sin poner en sus palabras sustancia de verdad?