Por miguel ángel casillas barajas
*Me puedo jactar que viví una infancia rica, libre, placentera llena de sueños, ilusiones, fantasías, estupideces al por mayor y grandes proyectos. Algunos de estos se concretaron, muchos otros no, ¿pero a quien pudiera ya importarle esas pequeñas minutas a estas alturas del partido? *

Como entremés puedo comentarles refiriéndome a la literatura, que me consuela lo que expresa la escritora Silvia Quezada en su libro La palabra Insumisa en el que afirma lo siguiente: Para mí la literatura es la pluma fina que transforma la mirada en voluntades impacientes y desdeñosas. La literatura es ilusionista, infatigable, intangible, que convierte la palabra en trapecistas suicidas. Y cuando la desobediencia es fecunda, confina a un escritor a las letras cuando su espectáculo es nulo.

Y según mi manera personal de ver las cosas: Lo más importante y rescatable de todo ser humano es que se anime a practicar el ejercicio libre de escribir, y no mostrase egoísta al llevarse los bellos recuerdos de su infancia y las ricas e inolvidables anécdotas a la tumba. Aunque sea cierto, que al escribirlas conlleva a que nos enfrentemos a un régimen autoritario de reglas gramaticales impuestas por los españoles, que están ahí acechando silenciosas y te puedan ubicar en una mazmorra fétida y maloliente entre los cientos de cadáveres de aprendices a escritor que atropellan en su intento de expresar lo que sienten, la sintaxis, pisoteando la prosodia y luego dando de palazos como piñata en el trasero a la misma ortografía. Y como resultado de todo este embrollo y montón de yerbas rebuscadas que rigen y adornan nuestro rico idioma español, nos convertimos, de la noche a la mañana no en escritores, ¡ni soñarlo!, sino en simples grafiteros del lenguaje insaciables. En fin, todo ese es el riesgo suicida que corre el escritor al expresarse libremente. Redactando con su pluma lo que le place sin temor a nada, o por el simple deseo de decir lo que piensa y siente, y es peor aún, abrir el cofre del tesoro de los recuerdos guardado celosamente a siete llaves, lo que mantuvo oculto e intocable por lustros completos, esa, me parece que sí es una verdadera locura.

Pero dejemos en paz a la gramática y esas cosas y los invito a leer estas anécdotas:

Nací en el populoso barrio de Acayapan en los años 50s por la calle león hacia al norte en esta ciudad de Tepic, en aquellos años en que recorríamos a pie los cuatro puntos cardinales de nuestra ciudad en 20 minutos. El Tepic de los 60s, era realmente una ciudad pequeña. Con decirles que al sur teníamos al templo de la cruz, al norte el rio mololoa, al poniente el parque Juan Escutia, y al oriente La calle Prisciliano Sánchez. No había más. Ese era el Tepic en el que jugábamos al fut bol, al trompo, a las canicas en sus calles y rara vez, veíamos un vehículo circular por ellas, porque además solo éramos 2000 habitantes, y todos nos conocíamos perfectamente.

A la edad de nueve años tuve mi primera bicicleta, una Raleigh, ese mismo día la estrené le quite los guardafangos y me aventuré a irme hasta el faisán, (a las 6 de la tarde) que está adelante de la derruida fábrica textil de Jauja, dizque para calarla. ¡Tonto de mí!, me agarró un aguacero de dios padre , me rocé de las iingles por estirar los pies para alcanzar los pedales, así que me tuve que regresarme a pie y cargando la bici, la cual brincaba como caballo percherón en las piedras, aparte de que se me oscureció, y en la hondonada que se forma frente a la fábrica, contaba la gente del pueblo que se aparecía por las noches el dueño de la fabrica llorando de tristeza porque se quemó ésta, en el año de 1948. Menudo susto me llevé, cuando al querer pasar corriendo por Jauja, la bici chocó con una piedra y rebotamos juntos hasta caer de bruces exactamente en el mismo lugar en donde estaba la piedra aquella donde decían que se sentaba el empresario que se aparecía. Afortunadamente para mi, Margot mi madre, ya iba a mi rescate debido a mi tardanza y me encontró llorando en el suelo, tiritando de frío y de miedo, rezando y bañado como una sopa.

A esa edad de la inocencia absoluta no piensas en cosas como el amor y mucho menos en la literatura, que francamente ni sabía que existía. Sin embargo en mi vida, tuve la suerte de conocer amigos y amigas de colegios particulares, los cuales me invitaban a leer y a escribir algunos temas libres de su tarea de literatura. Simples cosas de la vida que se nos viniera a la cabeza, era divertido, fue ahí ayudándoles con las tareas como me aficioné a las lecturas cortas y a escribir las historias urbanas. Recuerdo que en esas tertulias literarias leíamos pequeños fragmentos de la revista Selecciones o de una revista que circulaba antes y que se llamaba Confidencias. Y ya en algunas ocasiones muy especiales, tomábamos algún libro para desmenuzar la obra de algún autor. Sin embargo no creo haber aprendido gran cosa, por inquieto y juguetón, y más que nada por tratar de acabarme todas las ricas galletas y el exquisito chocolate que cocinaba la mamá de mi amiga Antonieta, la anfitriona de la casa. Esos ricos manjares de los que estábamos privados en casa.

En otra ocasión, mi madre Margot me pidió de favor que fuera a recolectar en mi bici y en un bote mantequero, los desperdicios para alimentar a 4 marranos enormes que ella criaba, para eso tuve que hacer un recorrido por los restaurantes ubicados en el centro de Tepic. Al venir ya de regreso con los desperdicios con el bote mantequero lleno hasta full y sin tapa, por casualidad, me encontré con mi amiga Antonieta quien venía caminando presurosa por la banqueta, vestida elegantemente con un ígneo vestido blanco, un chaleco azul marino, guantes blancos y botas negras, complementado su uniforme, un kepí de tipo militar que en su colegio privado la distinguía como capitana de la escolta, y además con la más alta distinción de ser la abanderada.

Por mi parte, una noche anterior había asistido al circo Atayde ahí observé un acto escalofriante que ejecutaba un equilibrista llamado Bototo, montado sobre una bicicleta y cargando a su hermano Castrín en hombros, ambos hacían varias peripecias en una bici. Alguna de esas suertes era la de soltar los manubrios, y otra (que para mi juicio, era el acto cumbre de su actuación)

Y como el chamuco no descansa y siempre mete su colita y agarra siempre al primer tonto que se encuentra en su camino. Me encontré en mi camino con Antonieta una guapa vecina y amiga, y sin pérdida de tiempo la invite a que observara el acto del gran bototo del que yo ejecutaría con mi bici y solo tardaría 5 minutos. Incluso, imprimiéndole mayor riesgo y realismo al acto en comparación al del triste Bototo, debido a que traía el bote mantequero cargado de desperdicios ceñido en la parrilla, y así le presumiría a la bella e ingenua Antonieta mi gran dominio absoluto sobre la bicicleta. Ella no se hizo del rogar, así que me estacioné con mi bici al principio de la banqueta de la calle Amado Nervo, casi esquina con Durango, tomé aire, me encomendé a todos los santos, y arranque mi velocípedo a todo lo que daban mis piernas, hasta llegar a unos cuantos metros donde estaba ella situada impecablemente bella, luego, cruce los brazos en los manubrios para hacer mi acto suicida. ¡Madre mía! ¡Qué estupidez del tamaño del estadio azteca! Perdí el equilibrio. La bicicleta se inclinó hacía donde estaba Antonieta, chocó de frente con su llanta delantera en la banqueta, y fui a dar de hocico aparatosamente con todo y bote de desperdicios, por encima de ella.

Como resultado de mi estupidez, de sus hermoso pelo lleno de bucles escurrían exquisitas especias y olores nauseabundos, los líquidos escurrían como caudal por los pliegues del otrora ígneo y reluciente vestido blanco. Y de sus lindas, delicadas y finas manitas de geisha, destilaban granos de maíz, rábanos, pepinillos, y todo un confeti de ricuras y manjares de la rica y extensa cocina mexicana, que minutos antes había recolectado de esos restaurantes ubicados en el centro de Tepic, en el dichoso bote mantequero.

De inmediato ella se incorporó furiosa y pese a que sus padres derogaban fuertes sumas de dinero en su educación en un colegio privado de los más prestigiados de Tepic, me soltó todo una perorata abriendo su amplísimo repertorio de palabrotas soeces que tenía muy guardadas como en una caja fuerte y reservadas para ocasiones muy especiales y extremosas como esta. Propias quizás, de los peores vulgos mexicanos, y que tal vez, solo un cargador del mercado de la merced, erudito en la materia de los insultos e incoherencias arrabaleras, me hubiera podido descifrar con toda exactitud la traducción completa de ese mundano e incomprensible lenguaje.

Como resultado de todo esto, perdí definitivamente su bella amistad, pero sin embargo, soy sincero cuando digo que lo que más extrañé sin duda, fue el rico chocolate calientito y las sabrosas galletas caseras horneadas que hacía su mamá, en esas tardes de tertulias literarias. ¡Ah, Como las extraño aún!