Por: Olegario Zamudio Quezada
Definitivamente, que el secuestro del político derechista Diego Fernández de Ceballos, es un hecho que conmovió al País entero, Diego aun sigue siendo ave de tempestades, un hombre bien visto por propios y desdeñado por otros, pero aun así, el hombre en su condición de ser humano, tiene el derecho inalienable a la vida.
Mi corazón me lo dijo, tengo el presentimiento de que Diego ya está libre desde hace días, creo que estará agazapado en el seno de su atención familiar, en la síntesis de saber que fue lo que paso, aun más, creo que estará en la primera fase de su recuperación psicológica.
A la familia, a la sociedad y en general al pueblo de México le secuestraron enteramente al político, pero al Diego mismo, le secuestraron el orgullo, la libertad de ser y de hacer en su quehacer cotidiano, le secuestraron el tiempo, unos meses valiosos de su devenir en esta su existencia.
Cuanto pago la familia, eso es intrascendente para la vida misma, la otra cara de la moneda es, cuanto pago Diego por lograr su libertad, en ese afán de resistir, sobrevivir y permanecer, hasta estar del otro lado de la muralla del atrancón.
Que Diego nos regresaron los Misteriosos Desaparecedores, en que lo transformaron, como fue cada día y cada noche en su dialogo con sus captores, acaso pudo llegar al síndrome de Estocolmo, acaso pudo el político deambular en la circunstancia humana de sus secuestradores, ¿qué aprendió de ellos?, lo que es más, que aprendió de la vida misma en su plenitud a fuerza de estar solo consigo mismo en la meditación.
Diego, quien declaró alguna ocasión, que cuando sucedía algo bueno acudía con su familia a la Iglesia a dar gracias a Dios, cuando ocurría algo malo también lo hacía, mi interrogante ahora es, que es eso de lo que tienen que agradecerle el y su familia a Dios en su ahora libertad por lo que vivió en esos meses de su cautiverio.
Los Misteriosos Desaparecedores le robaron el valor y le pusieron un precio a su persona, desde el instante en que con unas tijeras Barrilito le sacaron el chip de localización satelital que traía en la epidermis de su cuerpo.
Donde queda el valor de un hombre que ha sido avasalladlo en los más elementales escrúpulos de su personalidad, Diego sin camisa me recordó el niño aquel que conocí hace años en la sierra, allá por la madrugada en época de invierno, encontré al infante llenando unos bules con agua para su familia.
Me acerqué a él y le hice platica, mientras observaba como recogía el agua, me explicaba que a esas horas el liquido para beber no estaba enturbiado por el trajinar de los carros, cuando termino de recogerla e intento retirarse, le dije, Tuarra, está muy helada la madrugada, acaso no tienes frio, me contesto que no tenia saco, yo acababa de comprar una chamarra color crema, me la quite y se la regale, le dije ahora ya tienes agua y chamarra, espero que ya puedas tener frio.
Diego sin camisa, se veía pisoteado y despojado de sus formas más elementales de orgullo y de dignidad, espero que ahora en su libertad, espero que cuando se ponga una camisa y podría ser color crema de manga larga, entonces sea un hombre digno para sus propios y también para sus extraños.
Pues la vida nos deja enseñanza en cada pasaje, y en cada pasaje de debe de evolucionar en sí mismo, en la familia y en el entorno social con todos y con el todo, espero pues que la nueva camisa le haga el milagro, nos haga el milagro, aun así, solo resta decirle al viejo de la barba, que bienvenido a cubierta, de esta nave que es la vida.