Por: Miguel Ángel Casillas Barajas
Hablar de Margot, mi madre es hablar del espíritu de una guerrera casi indomable, en contraste con el corazón amoroso y tierno de una madre. Aunque mujer nayarita hasta el tuétano, ella realmente vio su primera luz en Phoenix, Arizona, y no en nuestro bello estado, aunque toda su niñez la paso en la costa de Oro, y muy específicamente en el poblado de Pozo de Ibarra, Nay.
Siendo muy niña, quedó huérfana de madre y don Santiago Barajas se hizo cargo de la familia que estaba compuesta por tres mujeres, Catalina, Margarita y Carmela que era la menor de todas.
Pese a la situación precaria de la familia, Margot logró la carrera de enfermera titulada. Y al paso del tiempo conoció a un apuesto motociclista de transito del estado, Alberto Casillas Larios, con quien se casó y procrearon once hijos, de los cuales ocho fueron hombres y tres mujeres.
Debido a que mi padre Alberto, tuvo necesidad de trabajar turnos hasta de 24 horas para alimentar a 11 bocas hambrientas de lobo estepario, Margot cumplía con la doble actividad de hacerse cargo de la educación y disciplina de los 11 inquietos y juguetones chicos.
Hace algunos días, recibí un llamado telefónico de mi madre, recordándome que este próximo 3 de septiembre es su onomástico y que esperaba que nos reuniéramos.
Recordé que desde el año 2007, los festejo en la familia habían quedado suspendidos debido al lamentable deceso de mi hermana Gilda Elena Casillas Barajas, y todavía, hace algunos días falleció mi tía Carmen Barajas Torres, hermana de mi mamá, de tal manera que nadie de la familia incluyéndome yo, queríamos moverle al asunto de la celebración de esta fecha tan importante e inolvidable para todos nosotros.
Por esa razón su llamado telefónico cimbró en mí, hasta mis entrañas y es que en verdad, los hijos, nunca dejan de estar pegados al regazo de la madre, para buscar calor o refugiarse en sus brazos cuando se tienen problemas, no hay edad para eso.
La madre es la consejera, que asesora al hijo en los momentos difíciles y lo apoya sin reservas de ninguna índole por eso los hijos debemos de estar prestos a corresponder en algo a sus peticiones. Recuerdo que una vez en mi niñez, mi madre, me pidió encarecidamente que algún día la llevara a conocer el lugar donde nació (Phoenix Arizona), Y yo a mi corta edad (12 años) acepté tomar el compromiso con ella como si fuera mío, para llevarla. Así pasó el tiempo y hace aproximadamente 10 años en una fecha similar a esta, de su cumpleaños, adquirí una vagoneta para 10 pasajeros nueva, y llegué por mi esposa y mis hijos a mi casa y luego fui por mi madre, y sin que ella supiera adonde realmente nos dirigíamos, la invité a subir a mi flamante vagoneta. Mi madre en esos momentos estaba lavando la ropa de la familia y me dijo preocupada: ¿No nos vamos a tardar hijo? ¡Porque tengo mucho que lavar! No mamá ahorita regresamos, de cualquier modo encárgale la casa a mis hermanos y hermanas, por si nos tardamos- le contesté-. Así sin mas preámbulos enfile mi camioneta a la carretera rumbo a Arizona, para eso mi esposa Mary ya tenía todo preparado, maletas, los pasaportes etc. Y en el caso de mi madre no ocuparía más que su propia acta de nacimiento como ciudadana americana, que ya teníamos en nuestro poder.
Así también como poco a poco en el mismo trayecto la fui preparando para que supiera que íbamos a visitar a Arizona la tierra que la vio nacer y que a la edad de 9 años, y que al quedar huérfana de madre, mi abuelo Santiago no tuvo otra alternativa que regresarse a México junto con sus tres hijas, debido a que en los Estados Unidos escaseó el trabajo.
Cuando llegamos a Arizona, nos emocionamos cuando mi madre pisó esa tierra sagrada, pensé que a lo mejor le ganaría la emoción y le afectaría su salud, pero no; llegamos, nos bajamos estuvimos recorriendo el poblado de sur a norte, de oriente a poniente, nos quedamos un día a pernoctar en ella y mi madre seguía callada, sin expresar ningún comentario, solo se paraba de vez en cuando a media calle como la legendaria DALE EVANS ( la sheriff del viejo oeste) con la mirada fija en el horizonte recorría todos los espacios de la bella y árida ciudad como escudriñando cada uno de sus rincones por donde ella estuvo alguna vez jugueteando con sus hermanas en su niñez, y por fin, al último tomó un puñado de tierra con la mano y la dejó volar por los aires para que se esparcieran junto con ella, los recuerdos y su esencia misma.
Así es mi madre, incomprensible en ocasiones en su manera de actuar, todos esos grandes momentos de felicidad con mi padre, con sus hijos, sus momentos de angustia, de dolor, vaya, hasta en su propia edad que consideramos como un terreno intangible e inexpugnable. Todos esos valores de su vida que guarda celosamente en un cofre cerrado a cuatro llaves, como si fuera el mismo bunker de Saddam Husein, ni nosotros, sus propios hijos podemos tocarlos, siendo tan sagrados y únicos. Mucho menos podemos saber a ciencia cierta que es lo que guarda muy adentro de su corazón, así que nadie, pero nadie, sabe, que es lo que nos va ha solicitar en un día tan glorioso como este de su cumpleaños, siempre estamos como los centinelas con el ojo a visor y el oído alerta prestos a su llamado, así pues en esta ocasión me honró en solicitarme un modesto regalo que espero llevarle gustoso y cuidadito de no cumplirle, eso sería, ahora si, casi como cortar de tajo el cordón umbilical.