POR: MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS
Uno como narrador de historias de amor puede escribir quizás miles de de ellas cada día, pero cuando se trata de la suya propia, te abruma el recuerdo y cierta emoción intensa te invade al reverdecer esos momentos tan bellos e inolvidables.
Aquella tarde de rock habían invitado a mi grupo Los Fugitivos para actuar en la explanada del templo del Señor San José en una kermesse, con la finalidad de recaudar fondos para pintar el templo. El evento estaba programado para las 6 de la tarde por lo que llegamos puntualmente a nuestra cita, al arribar, una multitud de jovencitas de aproximadamente entre 15 a 16 años nos esperaba entusiasmada, trabajosamente nos pudimos desplazar entre la multitud para llegar hasta el entarimado donde tendríamos nuestra actuación, tocamos solamente 10 canciones con la voz de Ismael Montes por delante y al final las jovencitas nos pedían a grito abierto ¡Otra, Otra! Así por último cantamos el tema clásico de The Beatles: ¡Oh Darling!. Esa canción que hacía lucir todo el potencial de la voz de Paul McCartney pero ahora con mi propia voz, a sabiendas que esa rola tendría un impacto especial entre la chamacada, y así dejaríamos una buena impresión.
Entre esa multitud sin que yo lo supiera se encontraba mi bella Marisela que tenía escasos 15 años de edad, que junto con mi hermana Gloria casi de la misma edad habían acudido al igual que las otras chicas a presenciar nuestra actuación. Así de esa manera sencilla sin tantos preámbulos llegó Marisela a mi vida.
Después de la actuación del grupo en la explanada del templo, en cuanto llegué a mi casa me dispuse a sacar algunos temas musicales nuevos para el grupo, ya que teníamos una actuación pendiente para el siguiente día en Ruiz, Nayarit. Ahí me encontró Mary, Sentado en un equipal de bejuco en la puerta de mí casa, con mi guitarra en la mano, mi hermana nos presentó. Luego Yo la invite a sentarse y estuvimos conversando largamente, incluso le canté algunas canciones. Desde ese instante mi corazón quedó prendado de su belleza angelical y de sus bellos ojos verdes, luego sus visitas se repitieron cada noche hasta que nos hicimos novios.
Sin embargo, no le comenté que había dos pretensas más que estaban en mi lista, una de ellas: Lucy estaba siempre presente en cada actuación que teníamos, y no le importaba si ésta, fuera en Acaponeta o en ixtlán. En el lugar que se presentara nuestro conjunto ella ocupaba la primera mesa, la más cercana al grupo. Al terminar la actuación me invitaba en su carro Mustang deportivo a viajar juntos de regreso, esa situación se había hecho casi una costumbre, sin que hubiera ningún compromiso entre los dos; por otro lado, Yola, otra belleza mas, que de las dos quizá era la que mas me buscaba de manera insistente para quedarse con mis huesos.
En esos tiempos Tepic era tan pequeño que cuando tosías, lo sabía todo el vecindario y hasta el que vivía en la punta del cerro de la cruz, así por igual viajaban las noticias de las intimidades de la vida de uno, así de rápido también corrió la noticia de mi amorío con esas dos chicas, casi como reguero de pólvora por toda la pequeña ciudad, hasta topar en los oídos de mi amada Marisela, que al recibir la noticia de mi engaño, lógicamente se sintió, defraudada y me envió rapidito por un tubo.
La cosa se puso fea y al final, me quedé como el perro de las tres tortas, sin nada que morder, pero la única que me importaba en todo caso era Mary, nadie más, seguí insistiendo en verla para darle una explicación por lo menos y las tres veces que la visité me daba con la puerta en las narices. Así pasaron los días y caí en una total depresión, me di cuenta de cuanto la amaba, me encerré en mi cuarto a tres llaves durante dos días sin salir, ni probar alimento alguno, me olvide del grupo y de mi taller. Prácticamente era un bulto amorfo diseminado a lo largo y ancho de la cama, tiritando de frío, lloroso y con barba. Mis amigos del grupo y mis hermanos casi me bailaban TAP para tratar de revivirme y sacarme de ese letargo profundo y peligroso en el que había caído. Yo no quería saber de nada ni de nadie, ni tampoco tenia deseos de vivir. Lo único que deseaba con todas mis fuerzas era hablar con ella y pedirle perdón; y si eso no era posible eso, prefería mejor que la misma calaca llegara con su fea Guadaña y me jalara de los pelos para acabar de una vez mi sufrimiento y terminar mi agonía con mis huesos, en el mas oscuro y tétrico rincón del frío camposanto. Por estúpido.
Margot, mi madre rompió el silencio que respetuosamente había guardado por todos esos días, tocó a mi puerta con fuerza desmedida ¡A ver Miguel, abre esa puerta de inmediato! Me levanté tembloroso y abrí la puerta, cuando Margot vio el estado deplorable en que me encontraba, me abrazó en su regazo con ternura y así, acariciándome amorosamente me dio su sabio consejo de mujer: ¿La amas verdad? –me Preguntó- Si.. -Conteste con voz trémula- entonces ¡ve y búscala! y si no te abre, ¡tumba la puerta de ser preciso! Pero haz que te escuche, y luego pídele perdón. Y si fuera preciso, arrodíllate ¡pero hazlo ya! y no estés como una margarita lloriqueando, ¡afronta tu realidad y corrige tus errores!, estoy segura que ella también te ama y sufre, ¡ve y búscala!
Acto seguido me planchó una camisa y un pantalón y como si fuera a ofrecer flores al templo, me peinó y luego me dio un aventón amoroso y una palmadita en las pompis y me hizo mil recomendaciones para animarme a enfrentarme a esa pollita brava de escasos 15 abriles que con su firmeza de carácter había derrotado a un arrogante pirata de siete mares, aventurero y presumido, y que se jactaba de tener mas agallas que un tiburón caresmeño hambriento a mas no poder. Pos pobre.
En el umbral de la noche de luna solo dos figuras se veían, una estaba de rodillas implorando perdón y la otra figurita seguía firme y altiva como mirando desinteresada al horizonte. No hubo éxito, esta vez mis inquietas estupideces habían llegado muy lejos, volví a casa más destemplado y desilusionado que nunca, en la puerta estaba mi madre angustiada y mis hermanitos que casi lloraban junto conmigo solidarios con mi pena, todo había sido en vano, en ese momento yo era ya casi un guiñapo de cadáver, sin alma ni vida, y hasta incluso, pensé en sentarme en la orilla del rio mololoa, que estaba mas contaminado que nunca el condenado, que tan solo con olerlo a un metro de distancia, cualquier mortal podía caer fulminado como asquerosa cucaracha.
Los siguientes días que pasaron traté de reactivar mi economía y mi vida poco a poco. Me reintegré en mi trabajo y por la noche volvía a sentarme en aquel equipal que tantos recuerdo bellos me traía, me ponía a cantar con mi guitarra llorando y mirando a lo lejos, cuando de pronto una noche, veo que se acerca ella, me quedé petrificado, mudo, estático, tembloroso y al llegar me dijo: ¿Qué ahora no me vas a invitar a sentarme? Grite de gusto: ¡Si mi amor! Y presuroso corrí trompicándome en la misma guitarra y saque el equipal, mi madre escuchó ruido y salió, ¡es Mary Margot le grité, es Mary! era un cuadro bello ver a todos contentos en mi casa que corrían de aquí para allá dando gracias al cielo como cuando cachas a la lluvia. Mi corazón empezó a latir nuevamente y mi aspecto de cadáver cambio súbitamente, ¡no lo podía creer!, ella había regresado para no irse jamás y por lo pronto, el oloroso rio mololoa tendría que esperar a otro huésped distinguido.
A los pocos días nos casamos y hasta ahora hemos sido inmensamente felices.