Por Olegario Zamudio Quezada


Por: Olegario Zamudio Quezada.-En realidad que mi viaje por el norte de país y con esa capacidad de asombro que suelo tener, vi muchas cosas, sobre todo esa vida de aislamiento que tienen nuestros paisanos no solamente en sociedad, también lo tienen al interior de sus propios componentes familiares, me decía mi hermana Veneranda que el bendito temblor de 7.2 grados en la escala de Richter, trajo para ellos algo bueno para la gente que vive en Tijuana.

El temblor duró como cuarenta segundos, logró sacarlos de sus casas a media calle, estrecharse las manos temblorosas y temerosas de Dios, muchos de ellos por primera ocasión a pesar de que tenían meses o años viviendo en la misma acera o en la misma cuadra, logro el temblor también por fin que permitieran saber cómo es que se llamaban los integrantes del vecindario.

En Tijuana un hombre joven llegado de provincia, la ciudad se lo tragó, quizá por su debilidad de carácter, quizá por la falta de identidad en el seno de su familia o en el de su sociedad de procedencia, pero es el ejemplo más claro y extremo de cómo la ciudad te arranca tus tradiciones y te da una nueva identidad, a él lo llaman el señor basura.

Se le puede ver recogiendo basura por todas partes, de complexión delgada, no ha de tener más de treinta y cinco años de edad, se cubre el cuerpo con lo que encuentra, desde el rostro hasta los pies, podemos verlo ataviado con bolsas de plástico de desecho, franqueado en la cara creo que por una máscara antigás.

Trae una escoba color verde con la que barre banquetas y vive de la misericordia de la gente, no platica con nadie, no tiene registros de ser agresivo y gusta de contemplar por horas el pasar raudo de los vehículos en la avenida.

Uno de esos días fuimos a comer a un lugar de mariscos y para estar a tono con la realidad nacional, hubo una balacera donde murieron nueve personas que portaban armas largas y carros de dudosa procedencia, inmediato pregunte que cuantos habían muerto en el enfrentamiento y sus respuestas me dejaron medio congelado por las conjeturas, me dijeron que los muertos no eran alguien, que eran N.N.

Pregunte de donde eran, quiénes eran los muertos, dijeron que no eran de ninguna parte, que eran personas que entraban a la estadística social de los sin nombre y sin patria, que cuando habían decidido su ingreso al área delictiva perdieron su identidad y pasaron a tener por nombre una letra, un numero o un apodo, que igual el forense por rutina les podía llamar de alguna manera y darles una procedencia o nacionalidad.

Esa es la realidad de nuestros jóvenes, quienes en todo lo largo de continente y en nuestra patria andan en el narcotráfico, no tienen nombre, proceden de algún lugar indeterminado, así es que cuando ingresan a la estadística del forense, simplemente no se murió nadie, no tienen personalidad, no tienen como reclamar justicia, ni tampoco como reclamar derechos humanos, peregrinamente quizá algún familiar los reconozca, por alguna fotografía aislada o por su ausencia permanente en casa

Igual nuestro hombre en cuestión, dejó de tener una identidad y una procedencia, se lo tragó la gran ciudad, deambula como zombi por las calles, quizá cuando muera, le pongan un nombre por rutina y hasta una procedencia o no, qué más da.

En el norte la vida practica y apurada de aquellos lugares deshumaniza a la raza pues, los distancía de la calidez y tardan para recuperarla, por alguna razón decidieron o se vieron orillados a abandonar su tierra de procedencia buscando mejores estadios de vida y confort para ellos y sus familiares, cuando regresan de aquellos lugares es muy notorio su proceder de enfriados en calidez.