POR: MIGUEL ANGEL CASILLAS BARAJAS
Mi madre Margot, tiene una afición especial de adoptar a cuanto animal casero caiga en su poder; en mi casa familiar, desde mis años de niñez, pude observar un desfile interminable de animales de todo calibre y tamaño tales como: Perros, gatos, chivos, palomas, gallos, gallinas, pollos puercos, gansos etc... etc... Pero muy especialmente me acuerdo de un tremendo “Guajolote” que adoptó mi madre casi del tamaño de un avestruz, (por lo menos a mis escasos 13 años de edad así lo veía) esa fiera, me dejó grandes recuerdos, y ésta es su historia:
Cabe hacer el comentario que entre otros usos que le da mi madre al corral, era también el de tender la ropa lavada por lo que tenía para ello, sendos mecates tendidos a lo largo y ancho del corral en donde colgaba la ropa de la familia que ella misma iba lavando en el transcurso del día.
Una mañana, mi madre designó a dos de mis hermanos menores (Gilberto y Juan Santiago) para ir a recoger la ropa seca de los tendederos. Conociendo ya mis hermanos los antecedentes de ferocidad del guajolote, planearon todo una estrategia de ataque que consistía en llevar un palo uno de ellos para someter al feroz animal alado, mientras que otro de mis “Brothers”, descolgaría la ropa con la mayor rapidez posible, y así lo hicieron, se metieron al corral y de inmediato, el guajolote al ver trasgredido su espacio territorial se infló, empezó a graznar y a tallar sus uñas contra el suelo dispuesto a envestir a los desafiantes e imberbes chiquillos.
Gilberto, se desgañitaba golpeando con el palo el suelo dando de gritos para llamar la atención del Guajolote, mientras que Juan trataba desesperadamente de abrir los trincados ganchos de madera que tenía mi madre para fijar la ropa en el tendedero, que para abrirlos, ¡uf! se requería de mucha presión ejercida en los dedos y casi, casi apoyarse con ambas manos, y aún así, al tercer gancho ya los dedos no respondían con la misma fuerza que al principio, de tal manera que Juan, solo alcanzó a descolgar de los tendederos una camisa y una sábana, el guajolote ya no quiso esperar mas y emprendió veloz carrera en contra de ellos, Gil tiró el palo, y puso patitas en polvorosa hacia la puerta de salida, abrió la aldaba y se puso a buen resguardo. Mientras que Juan toreaba con todo y ropa al Guajolote, que le tiraba patadas voladoras emulando a JHON CENA ese luchador americano ídolo de los niños de hoy; hasta que por fin, como último recurso, Juan, se tiró un clavado al suelo y se tapó con la ropa, gritándole a Gilberto para que pidiera ayuda, ¡ve por mi mamá Gil!; este último, corrió hacia la casa gritando asustado; mi madre y yo escuchamos los gritos y acudimos de inmediato en su ayuda. Lo extraordinario del caso fue que el guajolote al ver a mi madre, como por arte de magia, se tranquilizó y de inmediato guardó nuevamente la compostura de un ave de corral pasiva y tranquila. Asombrando a todos, esa transformación que tuvo el animal en tan solo segundos; sentenciando mi madre: “Solo a mi me tiene respeto ese animal, sino ya sabe lo que le espera”
Un día que hubo un desfile del 16 de Septiembre todos se prepararon para ir a verlo solo yo me quede en casa descansando, pero antes de salir, mi madre me hizo el “ honroso” encargo: “Recoges la ropa del tendedero porque va a llover” ¡Que, Que!- le contesté- y sin mediar palabra alguna partió junto con mis hermanos al desfile, dejándome esa orden precisa de recoger la ropa, tal vez, lo hizo de buena fe, para probar de alguna manera mi valentía o mi sagacidad al enfrentarme a esa fiera, que a mi en lo personal ya me había colmado la paciencia por haber sembrado el terror entre mis hermanos.
No habían pasado ni tan siquiera diez minutos de que mi madre había partido, cuando una llovizna menuda me sacó de mis pensamientos, me levanté como de rayo y exclamé: “¡La ropa!”
Empecé rápidamente a idear concienzudamente un plan de acción, me dije: “Estoy solo y mi alma contra esa cruel pesadilla llamada: Guajolote, si me llego a caer, ni quien me auxilie”
¿Que hago? ¿Que hago? ¡Ya lo tengo! ¡Tonto de mí! –Exclamé- “Mi madre me había dado la clave cuando dijo: “Solo a mi me tiene respeto ese animal, sino ya sabe lo que le espera” ¡eso es! Me disfrazaré como mi madre y así no me va a reconocer ni me va a embestir!
Primera Parte
**********************
No había tiempo que perder el agua amenazaba, así que de inmediato procedí a disfrazarme como la autora de mis días poniéndome una funda de almohada como pañoleta y una falda de ella, que por cierto, me quedaba muy floja a tal grado que la tenía que sostener con la mano izquierda. Sin mas premura me dirigí al corral directo a enfrentar a esa fiera guajolotera, seguro de que mi disfraz, daría el resultado deseado; yo había leído alguna vez en un libro que esta aves están medio miopes así que, le tomaría un buen rato descubrir mi engaño, abrí la puerta y dí un paso al frente con cierta precaución para medir el terreno; de inmediato el guajolote se alteró al detectar mi presencia, se infló de inmediato y empezó a graznar ¡ goro, goro, goro! pero al fijarse bien en mi “disfraz de mamá”, volvió a su postura habitual de ave tranquila, sin dejar de observarme detenidamente…daba vueltas para un lado, luego para el otro pero no perdía detalle con la mirada, siempre observándome fijamente.
Yo por mi parte, aproveche ese desconcierto del guajolote para descolgar la ropa con rapidez, doblándome casi de la risa y gozando de que mi engaño había dado resultado esperado y le decía en tono de burla: “¿Ño que ño hinche guajolote?, ja, ja, ja! ¡Que miedo le tienes a mi madre canijo, que bien sabes que si la agredes, te hacen pozole, ja, ja, ja!” En eso estaba, muerto de la risa, cuando empezó a llover más denso y me faltaba todavía una sábana, ya había llevado varios viajes de ropa a un cuarto contiguo, para colmo, los ganchos de esta última sábana estaban muy separados, y como yo solo tenía una mano disponible debido a que con la izquierda me agarraba la falda de mi madre, no era posible decolgar la sábana con una sola mano, por lo que obligadamente tuve que soltar la mano izquierda para usar las dos manos; me dije: “ Ni hablar voy a hacer el paso de la muerte” que consistía en eso precisamente, soltar la mano izquierda de la falda y rápidamente bajar esa sábana que se estaba ya empapando de agua, voltee hacía el guajolote para ver su ubicación, el seguía dando vueltas para un lado y luego para el otro, algo, algo notaba de raro en mi figura, que no concordaba con la imagen que su “disco duro” tenía grabada de mi madre, por eso tal vez, se paseaba de aquí para allá muy pensativo, y no dejaba de mirarme fijamente como “birolo”, sin perder ningún detalle, pero guardando siempre cierta distancia de mí.
Era muy lógico, que al soltar la falda quedaría totalmente al descubierto todo el engaño, sin pensarlo más pues, solté la mano, traté de apurarme, pero casi automáticamente, el guajolote descubrió todo el ardid y se dejó venir como toro de lidia babeante para embestirme con todo rigor y con el coraje que tenía guardado y reprimido por tanto rato. Mandé la sábana a volar y puse pies en polvorosa con la bestia detrás de mí, dando vueltas y vueltas por el corral a todo lo que daban mis piernas, me pregunté: ¿y ahora que? No podía correr hacia la puerta debido a que la teníamos que dejar cerrada para evitar que se saliera algún otro animal del corral, seguía dando vueltas, pensando que hacer, bueno me dije: a ver quien se cansa primero, yo era un aficionado al ejercicio y en la escuela a donde asistía, ahí contábamos con un maestro de educación física muy competente, de tal manera que me sentía sobrado para correr hasta diez vueltas o mas, pero… lamentablemente no fue así, en la tercera vuelta sentí que mis piernas ya no aguantaban mas y el guajolote seguía muy campante, me dije para mis adentros:” Eh, Si salgo de ésta, llegando a la escuela le voy a decir a ese mamarracho y maricón maestro de educación física, que es un charlatán y mentiroso”; entonces se me prendió el foco: ¡Tonto de mi! ¡La falda de mi madre! Y sin mas, ni mas en una vuelta agarre la falda de pasada y me la envolví en la cintura rápidamente y al instante el guajolote frenó con todo, dejando enterradas uñas, pellejos, plumas y hasta hizo un gran surco en el piso, quedando su bello plumaje muy cerquita de mi a tan solo a una nadita de distancia; nos quedamos quietos un largo rato, luego me senté en el suelo desfallecido y sudoroso, mientras que el ave me miraba fijamente, incluso, hasta me pareció ver por un instante que me sonreía, se dio la vuelta y se retiro tomando su habitual postura de ave “transformer” en estado pasivo.
Pienso que tal vez, al ver que me senté en el suelo, lo interpretó como una sumisión de mi parte, nadamás faltó que me pisara, se golpeara el pecho con las alas y diera el graznido de la victoria encima de mí, para demostrarles a todas las demás aves, quien era el amo de ese corral.
Yo por mi parte, cumplí con la misión encomendada por mi madre, salí con la sábana tranquilamente y luego llevé toda la ropa a una cama de la casa.
Cuando llegó mi madre me preguntó: “¿Recogiste la ropa, Miguel? ¡Si mamá ¡
--le contesté- ¿tuviste algún problema hijo? ¡No Margot, sin novedad , tu guajolote,
¡Es un amor!