José Guadalupe Rocha Esparza
Con la música de Glen Miller, Tommy Dorsey, Duke Ellington, Benny Goodman, Artie Shaw, Eddy Duchin, Pérez Prado, Ray Conniff, Percy Faith, Mantovani y los arreglos de Beto Díaz, Enrique Reyes, Arturo Javier González o los Solistas de Lara, hasta las piedras de un templo calvinista de Noruega pueden bailar sabrosamente a sus finos acordes.
Qué maravilloso es poner en nuestras coreografías mucho sabor y mucho sentimiento con las piezas llamadas pegaditas, en que la pareja se abraza para bailar y se olvida de todo, menos de aquellas bandas de música melódica y audible de otra época, ajena al chip, al transistor que amplificó el sonido infinitamente a favor del latoso ruido y el estruendo.
Con esta música todas las mujeres son Ginger Rogers, que mientras dan pátina a la madera, admiramos la belleza de su juventud, y las vemos con su piel tersa, esbelta la figura, atractivas las formas y luminosa la mirada. ¡A bailar como si nadie nos viera! Después de todo, bailar es lo mejor que pueden hacer las parejas con los zapatos puestos.