Por: José Ma. Narváez Ramírez.

El joven león de melena negra, monarca de la vasta selva –bien provista en lo que a sustento y recursos naturales se refiere-, sufría una gran pena porque sus súbditos carecían de educación, sus modales avergonzaban al rey al grado de encolerizarlo en alto nivel, cada vez que se celebraba alguna de las grandes fiestas.


La mayoría de la animalada hablaba un dialecto especial que era combinado con el idioma oficial, apenas enseñado en sus primeras letras

Caprioni, había designado a Ojotes –un grueso hipopótamo- como Secretario de Educación y Cultura, y le pidió su opinión al respecto.


Ojotes empezó a contarle de un pueblo que conoció en uno de sus largos viajes al exterior del reino, su nombre era Civilización, y en él moraban unos extraños seres llamados humanos, que inexplicablemente caminaban erguidos en sus extremidades inferiores, y vivían en unas grandes cuevas construidas frente a los cerros y a los lados de los ríos.

Esas cuevas, continuó el secretario, estaban decoradas con imágenes de animales en extraños dibujos y pinturas de colores. También presentaban figuras talladas en piedra, de formas armoniosas, que al contemplarlas hacían sentir una emoción muy especial.


El Rey Caprioni, atajó al instante la conversación del hipopótamo, para inquirirle sumamente interesado: ¿Por qué una emoción muy especial?.

Inteligente pregunta, Su Majestad –le contestó el funcionario- solamente en el tiempo en que viví en Civilización pude encontrar la respuesta Las cuevas que utilizaban para vivir las construían de madera, piedras, ladrillos o de metal, y las llamaban edificios. Había unas más grandes, enormes, y les decían templos o iglesias, y también grupos extraños de seres humanos dirigidos por arquitectos, que se dedicaban a dirigir las edificaciones, a embellecerlas, haciendo aparte otras llamadas fuentes en las que combinaban el agua en su levantamiento, agregándoles pedazos de selva o jardines y figuras de piedra representando algo así como reyes o grandes guerreros y hermosas diosas. También abundaban otros seres que al parecer les decían escultores, pintores, ingenieros, artistas, poetas, músicos y muchos más, que producían cosas y sonidos especiales que hacían sentir esa emoción Las hembras andaban con hojas de trapo encima, tapadas las patas y ataviadas en el cuello, brazos, orejas y pelo, con muchos aros y objetos brillantes como el vidrio y el oro Habitaban en grupos donde destacaban los historiadores, los cuales contaban mil y una aventuras de unos tales griegos, persas, egipcios, mayas, hititas y varios más que dejaron y dijeron cosas muy importantes para los que siguieran en Civilización

¿Pero cómo lo lograron? –Volvió a inquirir el monarca-.

Por medio del estudio, de la preparación, de la cultura, de la inspiración y de las enseñanzas de los grandes pensadores e intelectuales –señaló el caballo de río.


El rey se quedó muy pensativo, en su mente bullían incesantemente las palabras del fiel colaborador, y de pronto vino a su cerebro una idea que iluminó con su resplandor muy especial sus enormes ojos verdes ¿Por qué no traer a su selva a los seres de Civilización, para lograr trasmitirles esas hermosas emociones y cambiar sus malos modales por mejores maneras, filosóficas inspiraciones, afrontando y venciendo el implacable y feroz monstruo de la incultura en sus gobernados?

De pronto se dirigió al hipopótamo y le dijo: ¡Prepárate, Ojotes, irás a ese lejano pueblo a traernos una partida de jefes y maestros de esos grupos, para que nos trasmitan sus doctas enseñanzas. Cueste lo que cueste! –ordenó el sabio rey.


Inmediatamente se procedió a hacer los preparativos para el largo viaje de Ojotes, y al cabo de dos meses, este animalazo emprendió la aventura, escoltado por un centenar de gorilas bien armados, como guaruras de acompañamiento, y una veintena de camellos cargados con oro para pagar por tan preciada comisión.

Mientras tanto Caprioni procedió a ampliar su ya de por sí enorme caverna, y ordenó que cada quien adornara la propia como mejor entendiera; que no se escatimara dinero para tal efecto.


Transcurrieron tres meses posteriores a la partida de Ojotes, cuando de pronto regresó el capitán de la guardia del secretario, portando un escrito sellado y firmado por aquél, en el que le pedía al monarca grandes cantidades de metal amarillo para sufragar los gastos imprevistos y contratación de las destacadas personalidades de Civilización.

El rey ordenó al tesorero que enviara de inmediato lo requerido por su representante, y acto seguido el Capitán partió con cien elefantes cargados de oro rumbo a Civilización.


La animalada del reino de Caprioni, trabajaba afanosamente ya que el soberano usando su estrategia había logrado interesarlos, y al mismo tiempo los educaba manteniéndolos distraídos de sus antiguos vicios, para sacudirse del marasmo en que se encontraban aprisionados por los tentáculos de la vagancia, la prostitución, la indolencia, la idolatría, el alcoholismo y el consumo de drogas.

Había que utilizar el cerebro, las garras y la fuerza en sí, para lograr sentir las emociones especiales que la belleza, el arte y la cultura, proyectaban.


Pocos días antes de las fechas de una de las grandes celebraciones del reino, que coincidiría con el arribo de los prohombres de Civilización, el guardia del tesoro real, solicitó una audiencia urgente con el jefe Caprioni.

Este, algo turbado, le concedió al instante la entrevista, preguntándole directamente el motivo.


Sucede, OH magnánimo y extravagante rey, que en las arcas reales a mi cuidado quedan solamente las huellas del metal precioso y adeudamos a los prestamistas de la jungla vecina, unas ocho mil millones de monedas, sumando una cantidad que se irá doblando semana a semana.

¡No es posible! –Rugió el rey- ¿entonces a eso debemos la crisis que empezamos a vivir?


Excelentísimo monarca, -balbució el tesorero- hemos excedido en gastos los preparativos para éstas celebraciones y la traída de los extraordinarios seres de Civilización Solamente cobrando las entradas y permitiendo los juegos fuera de la ley, podríamos recuperarnos

No se diga más –exclamo el rey- hágase lo pertinente.


Llegaron los artistas, y el reino de Caprioni se abrió de par en par para brindarles la más suntuosa acogida

Aquellos contaban con verdaderos diseñadores de escenarios, vestidos, conjuntos musicales, artistas, adornos por todas partes en fin toda esa gama de actos y actores que llevaban el mensaje del arte y la cultura a la animalada del Rey Caprioni.


Pero ¡OH desencanto! Solamente asistieron a los espectáculos unos cuantos, especialmente los miembros destacados de la corte –quienes obviamente no pagaron su entrada- revueltos entre comerciantes, navegantes y usureros que se colaron a los festejos.

El Monarca al ver este desbarajuste, huyó a refugiarse a un reino vecino, porque sus súbditos decidieron asesinarlo a él, a Ojitos y a los guardias del reino.


El león, cuando se alejaba de su ex feudo, iba sumido en la reflexión sobre lo que provocan los humos del boato y la falsa alabanza. Llevaba consigo varios galones de un líquido extraño que hacia ver todo con emoción muy especial máxime si se acompañaba con una yerba olorosa de color verde que le habían regalado los artistas a cambio de llevarse los adornos de la Caverna Real


Control Señores Control Los animales se dispersaron por las selvas vecinas donde encontraron trabajo de esclavos o participaron en guerrillas Pronto olvidaron su dialecto y hasta se olvidaron de su rey, que un día quiso que aprendieran las bondades y excelencias de Civilización


(Líneas. Tel. 311 158-66-55).