Sobre la muerte de un indio procedente de una estirpe que ocultaba el sufrimiento

Por Agustín Almanza


¡Me está usted quemando!, aulló de dolor aquél anciano de 64 años ante el cruel remedio empleado por el galeno, mismo que consistía en echar agua hirviendo sobre el pecho del lado del corazón. Y es que el talentoso doctor habiale diagnosticado angina de pecho al indio. Corría el año de 1872.

Las fuerzas del enfermo languidecían alarmantemente, pero se trataba de alguien que procedía de una estirpe que ocultaba el sufrimiento.

El hombre aún no se reponía del duro golpe de la pérdida de su esposa, hacía un año atrás, y vivía emocionalmente afectado, lo que acentuaba su padecimiento. El doctor que lo atendía, empero, le había recetado una muy curiosa dieta consistente en: vinos, media copa; jerez, burdeos; pulque; sopa, tallarines, huevos fritos, arroz, salsa picante de chile piquín, bistec, frijoles, fruta y café, para ingerirse entre una y dos de la tarde. En la noche, a las nueve, una copa de rompope, copa chica.


Indio fuerte, curtido por natura, continuaba con sus actividades relativas a su cargo, sin descanso relativo. Pero hubo rumores, infundados –como siempre-, de que falleció envenenado. Para desmentir tales versiones se elaboró y dió a conocer el acta de defunción, documento que fue firmado por los doctores Ignacio Alvarado (el talentoso del agua hirviendo), Gabino Barreda y Rafael Lucio Diez, quienes indicaban que la causa de muerte neurosis del gran simpático. Tal texto se concretizó en la casa que habitaba el indio: calle de Moneda, número uno, al lado de Palacio Nacional. Fue el acta 1218, dando fecha del 19 de Julio de 1872, a las diez de la mañana, ante el juez tercero del estado civil, Francisco J. Ruiz.

El personaje de nuestro tema escribió: Libre, y para mí muy sagrado, el derecho de pensar El primer gobernante de una sociedad no debe tener más bandera que la ley; la felicidad común debe ser su norte, e iguales los hombres ante su presencia, como lo son ante la ley; sólo debe distinguir al mérito y a la virtud para recompensarlos; al vicio y al crímen para procurar su castigo Los empleados, republicanos de corazón, se conforman con vivir en una honrosa medianía, que aleja de ellos la tentación de meter mano en las arcas públicas, para improvisar una de esas vergonzosas fortunas que la sociedad reprueba y que la sociedad siempre maldice.

El lector (a) ya habrá adivinado de que estamos hablando de BENITO PABLO JUÁREZ GARCÍA. Los datos los tomamos del trabajo de Guillermo Fajardo Ortiz y Alberto Salazar, integrantes del departamento de historia y filosofía de la medicina (UNAM) Más algunas gotas de tinta que se me cayeron del caletre.

FINIS TERRAE: Los indios necesitan una religión que les obligue a leer y no les obligue a gastar sus ahorros en cirios para los santos Dixit.