Por: Juan Fregoso
Ahora, mira las tuyas. ¿Verdad que no están iguales? Claro, como van a estar iguales, las tuyas están bien cuidadas, suavecitas, suavecitas—tanto que parecen de mujer—dijo Rodrigo sarcásticamente. Siempre fuiste el hijo preferido, el consentido de papi, en cambio yoYo fui el hijo no deseado, por eso siempre me trataron mal tus padres—digo, nuestros padres—soltó con una risilla de amargura, de desprecio al recordar el pasado. Te parece poco, Juliancito. De verás te parece poco que por tu culpa ahora yo viva inmerso en un mundo infernal, del cual salen voces que me ordenan acabar contigo. ¿Contéstame cabrón?, ya que tanto has insistido en que te diga la verdad.
-Julián sentía un cúmulo de sentimientos encontrados, incomprensibles. Pero, en ese momento comprendió que Rodrigo no solamente lo odiaba a él, sino también a sus padres. Entendió que su hermano estaba al borde de la locura. Rodrigo no pudo superar—y era normal—ese trauma del cual él era pieza clave. ¿Pero, cómo resarcir ese daño? ¿Cómo hacer entender a su hermano que lo sucedido no había sido más que cosas de niños?
-Hermano, sólo déjame decirte que en muchas cosas tienes razón, expresó Julián más que tratando de convencerlo, de conmoverlo. Sí, en efecto, nuestros padres tal vez se excedieron contigo, y quizá yo sin quererlo contribuí a ello, pero no lo hice con plena conciencia; era solamente un niño. No, no espero que me concedas la razón, porque sé de antemano que no lo vas hacer, sólo quisiera que reflexionaras un poco, Rodrigoy después emite tu veredicto final.
-Recuerda, también, que mis padres—nuestros padres—también te dieron la oportunidad de estudiar, te mandaron a la escuela, la cual abandonastetus razones tendrías y no te las discuto. Sólo quiero que recuerdes esoy en eso, yo no tuve culpa alguna, como tampoco nuestros padres, porque ellos deseaban vernos a los dos convertidos en profesionistas, en hombres de bien, al mismo tiempo que desearon vernos unidos como cuando niños, pese a los sinsabores que inconscientemente te causé. Hermano, perdóname, si puedes hacerlo, yo sería incapaz de hacerte daño de verdad, perdóname y si puedes, también perdona a nuestros viejos, porque quiero que sepas—aunque lo dudes—que me duele mucho que nos veamos como rivales, cuando la sangre que corre por nuestras venas es la misma.
Es todo, hermano. Pronto me iré de aquí en busca de otros horizontes y sólo el destino sabe si nos volvamos a ver. Pero quiero decirte, lo que desde hace mucho anhelaba: Te quiero mucho Rodrigo, nunca lo olvides. Julián, como lo había prometido, al poco tiempo partió de San Rafael, aquel pueblecito donde había nacido, como equipaje, llevaba sobre sus espaldas el peso de la derrota, una profunda tristeza y un mar de lágrimas que lo ahogaban por dentro y un inmenso dolor que le mordía el alma por no haber podido hacer las paces con su hermano, con aquel chiquillo vivaracho, alegre, que derrochaba bondad en todos sus actos, pero que pasado el tiempo, se había convertido en una un ser insensible, más duro que el acero, pues no logró conmoverlo ni siquiera con los argumentos más convincentes.
Rodrigo seguiría siendo su mayor rival, como muchas veces se lo había dicho, pero nunca sería su hermano, porque estaba enfermo de odio hacia él. Sea por Dios—se dijo Julián—quien sacudió bruscamente la cabeza para no pensar más en su hermano. Abordó un viejo camión de pasajeros que lo llevaría, seguramente a un mundo desconocido, donde no sabía que le depararía el destino, un destino incierto como incierto era también el destino de Rodrigo, que fue incapaz de perdonarlo.