Por: Juan Fregoso

*Estados Unidos y el Vaticano, hasta el cuello en el proceso electoral de 2012


*Junto con Felipe Calderón, tratan de imponer a un presidente a su medida


* Y aplastar la voluntad del pueblo de México


*Quieren un presidente dócil, que siga aplicando las recetas neoliberales


*Las cuales sólo acrecentarían la violencia y el número de pobres


*El reto de los mexicanos es luchar por unas elecciones libres y democráticas

El gobierno de Estados Unidos, a través de su vicepresendente Joe Biden, aseguró que no intervendrá en el proceso electoral federal para elegir al próximo presidente de México. Biden está interesado en conocer la visión que tienen de México los aspirantes presidenciales, lo mismo del PRI, PRD y PAN, pero lo que realmente le interesa a Estados Unidos es conocer la percepción de cada uno de los precandidatos hacia el país más poderoso del mundo, el proceso es un mero pretexto para inmiscuirse en la vida política del pueblo mexicano.

El funcionario estadunidense nos quiere vender la idea de que su gobierno respetará el desarrollo del proceso electoral, porque asegura que su gobierno está sumamente preocupado porque las elecciones se lleven a cabo en un marco de civilidad, democrático y, sobre todo, que se respete el sufragio, pero Joe Biden sabe que miente, porque la historia demuestra implacablemente que los gringos siempre han metido su cuchara en todos los comicios electorales valiéndose del inmenso poder que tienen


En estos momentos, México transita hacia un estado más represor de los que ha tenido históricamente. La violencia que hoy vivimos se debe indiscutiblemente a la aplicación de las recetas neoliberales, conduce a los opresores a pensar en fórmulas jurídicas y mecanismos policiacos que les permitan controlar a la población mexicana. Por tanto, Estados Unidos no tiene la solvencia moral para decirnos lo que debemos hacer en este proceso que se avecina, y no la tiene por la simple razón de que Estados Unidos es el principal promotor de las guerras en el mundo, como la que ha desatado el actual mandatario mexicano, de ahí que el coloso del norte lo que realmente quiere es imponer un presidente a la medida de sus bastardos intereses políticos y económicos, porque si se acaba la guerra, México dejará de ser negocio para los norteamericanos.


No está demás, subrayar en esta columna el concepto de la globalización, la cual postula el modelo económico estadunidense como el ideal para todo el planeta, que incide también en el sistema político y jurídico de nuestro país. Es evidente que los paquetes de ayuda o de rescate de los organismos financieros internacionales para los países, o en palabras más llanas, de los gobiernos dependientes, incluyen acciones de orden estructural. No solamente se tienen que seguir las indicaciones de orden económico, sino también las de política.


Aquí, es importante mencionar que el gobierno calderonista pretextando combatir la delincuencia organizada endureció el estado mexicano, cuando la Suprema Corte de Justicia de la Nación, comparsa del gobierno federal, determinó que la participación del Ejército y la Marina en trabajos policiales no viola el artículo 129 de la Constitución.


Nuestro más alto tribunal sucumbió a la consigna del fascista de Felipe Calderón, al sustentar que la actuación del Ejército, Fuerza Área y Armada, no están relacionadas al estallido de una guerra o una suspensión de garantías, sino que, como fuerza pública, está constitucionalmente facultada para defender la seguridad interior. Con esto se ha juridizado el uso de los medios militares contra la población civil, cuando el estamento castrense considera que hay riesgo para la seguridad interior, y todos sabemos que los grupos guerrilleros se han mantenido al margen, por consiguiente, no hay ningún riesgo de lesionar la seguridad interior.

Así pues, lo que pretende el gobierno estadunidense en voz del señor Joe Biden, no es procurar que el pueblo de México elija al mejor candidato, sino al candidato de ellos, que les garantice que nuestro país continúe haciéndose pedazos mediante una guerra fratricida que les reditúa ganancias millonarias en dólares, porque nadie ignora a estas alturas que las poderosas armas que emplea el crimen organizado provienen de Estados Unidos.


El trabajo de Joe Bin, consiste realmente en influir soterradamente en la vida democrática del país, sus palabras están engalanadas con la más fina retórica para engañar al electorado, el cual no alcanza a ver la verdadera dimensión de la injerencia de los gringos, que siempre, mediante perversas estrategias, han logrado imponer al presidente de México, y para comprobar esta hipótesis basta con que analicemos someramente nuestra historia, no se ocupa ser experto en temas de política internacional.


Por tanto, hoy más que nunca, los ciudadanos tienen el deber y la obligación de aquilatar detenidamente a cada uno de los tres candidatos presidenciales. Comparar sus propuestas, sus proyectos, analizar la ideología de cada uno de ellos para poder votar por aquel con quien más se identifiquen ideológicamente, si bien Línea Crítica ya lo señaló con anterioridad, son pocos los mexicanos que conocen su realidad económica, social y política, por lo que están desprovistos de conocimientos para emitir un voto razonado, el cual finalmente se traduzca en la selección acertada del futuro presidente.


El reto es, pues, que sean los mexicanos los que decidan el rumbo o su destino en unas elecciones en donde no solamente está metido Estados Unidos, sino el propio Felipe Calderón, el cual por lo que se puede apreciar pretende establecer unas elecciones de estado, no solamente con la ayuda del Tío Sam, sino también con la del Vaticano, con los cuales mantiene fuertes vínculos de complicidad o de conveniencia. Así, no puede haber unas elecciones auténticamente libres, por consecuencia, no se puede hablar tampoco de un proceso electoral democrático, cuando hay actores externos que buscan aplastar la voluntad de los mexicanos, con el propósito de seguir implementando políticas neoliberales generadoras de más violencia, de incrementar el número de pobres, que ya raya en la insolencia más despiadada por los últimos gobiernos que hemos tenido.