Por Óscar Verdín Camacho
Una mujer que en el 2010 participó en el censo de población y vivienda realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), fue presionada por tres desconocidos, entre ellos una mujer, para que accediera a revelar información que requerían de un domicilio, situación a la que se negó aunque tuvo que echar mano de herramientas en su defensa.
En el libro Historias de quienes nos contaron, editado por el INEGI, se encuentra el relato de una encuestadora, la que describe que los dos hombres y la mujer viajaban en un vehículo que supuestamente pertenecía a la Policía Judicial, aunque luego se dio cuenta que no traían uniformes ni identificación oficial. Incluso le pidieron prestado el uniforme del INEGI para que uno de ellos pudiera acercarse a la casa.
Ellos siguieron tratando de convencerme de una y otra forma, diciéndome cosas distintas, como que me acompañara la muchacha que iba con ellos a tomar la entrevista o que yo fuera sola y después les diera todos los datos; en ese momento me empecé a poner nerviosa, lo cual seguramente se reflejó en una expresión de duda y desconfianza.
La joven se percató de mi preocupación y me explicó que antes contaban con una bata de la Secretaría de Salud como disfraz para poder sacar la información que necesitaban, pero las personas ya no les creían y les urgía la de esa vivienda, pues tenían informes de que era una casa de seguridad y lo único que querían saber era cuántas personas estaban en ese momento y cuántas de ellas eran mujeres y niños.
La publicación añade que, aunque nerviosa, la entrevistadora del INEGI propuso que hablaran con su superior, a lo que ellos se negaron, pero luego, para alejarse, les indicó que ella iría directamente a la casa referida, que estaba a la vuelta de donde se encontraban. Agrega que inmediatamente se puso en contacto con su jefe inmediato, mediante celular. Luego vio que varias personas limpiaban un vehículo en la casa señalada pero no se detuvo a realizar la encuesta. En todo momento fue observada por los tres que la interceptaron anteriormente; al volver a tener contacto con estos, les dijo que había recibido otra orden de trabajo y debía cumplir con ella.
La verdad no los sentí sinceros, pero me retiré en ese momento a esperar a mi responsable de área, el cual llegó minutos más tarde.
Debido a ese incidente, la encuestadora fue cambiada a otra zona, como medida de seguridad.
Y EL PERRO PELUDO
Otra encuestadora cuenta en el libro que en la colonia 15 de Mayo en Tepic, al ingresar a una casa una media hora antes de las ocho de la noche, miré para abajo y vi un perro feo y peludo prendido al pantalón y la pierna; como pude me lo quité, pero corrió con parte de mi pantalón.
¡Mi pantalón estaba roto y mi pierna sangraba mucho!. ‘¿Qué haré?’, pensé rápido y decidí llamarle a mi superior, quien me dijo: ‘Vete de inmediato al ISSSTE’, y así lo hice. El médico me revisó, me dijo que lo más adecuado era ponerme la vacuna contra la rabia, me inyectó y también me recetó un antibiótico. Por último, me comentó que debía guardar reposo y que mantuviera en observación al perro por 10 días, por aquello de la rabia. Aparte de mordida tenía que ir a darle vueltas al perro, para ver si comía y tomaba agua
Aun cuando parezca extraño, me daba gusto verlo bien porque eso garantizaba que a mí tampoco me pasaría nada.