Por: Juan Fregoso
El escenario político-electoral en que tendrán lugar las elecciones para renovar la presidencia de la República, así como el Congreso de la Unión, se torna incierto como nebuloso, por lo menos por tres factores fundamentales: 1.-A pesar de que estamos inmersos en pleno siglo XXI existe un alto índice de mexicanos que aún no saben votar: 2.-Por un vasto universo de gente que se ahoga en la llamada pobreza extrema, y 3.-Los tres candidatos presidenciales no reúnen las características necesarias para rescatar al país del naufragio en que se encuentra sumergido, no obstante a que en sus discursos aseguren que lo harán, difícilmente podría creérseles cuando desconocen los verdaderos problemas que privan al interior de México.
Por lo tanto, no se puede solucionar un problema si no se conocen sus raíces, y esto es justamente lo sucede con los candidatos del PRI, del PAN y del PRD, los cuales han caído en los viejos esquemas del pasado, cuyos resultados son conocidos de sobra. En este contexto, habría que recordar el viejo régimen político que dejó una estela sangrienta, igual o peor que el régimen que encabeza el ultraderechista de Felipe Calderón, con una guerra fratricida que inició en 2006 y que sigue galopando a lo largo y ancho de la geografía mexicana, por ello los más avezados analistas políticos le han endosado al PRI y al PAN, la etiqueta del PRIAN para significar una perversa simbiosis entre estos dos partidos que simulan defender los intereses del pueblo, cuando en realidad lo que están haciendo es pugnar por sus propios intereses para seguir conservando sus parcelas de poder.
Un poder que pueden lograr gracias a ese inmenso número de mexicanos que no saben votar, y en este sentido, nos encontramos ante unas elecciones no libres, en donde el ciudadano no solamente no sabe sufragar sino, lo que es peor, desconoce su contexto social y dicho desconociendo lo convierte en una especie de máquina que es manejada a voluntad por los lidercillos que promueven la candidatura de un determinado candidato, que necesita realizar una radiografía para conocer las entrañas del cuerpo social, pues sólo así podrían hallar el antídoto con el cual combatir el virus de la violencia que se ha incubado hasta el tuétano del tejido de la sociedad mexicana.
El analfabetismo, como la miseria, en que subsisten miles de millones de mexicanos es otro factor que puede incidir a favor de cierto candidato. La pobreza es un elemento que los políticos saben aprovechar muy bien para lograr sus objetivos, ya que la voluntad de esa gente es doblegada con dádivas, simples despensas, con láminas de cartón, con diversos materiales de construcción, y por supuesto, con dinero. Es así como se logra acceder al poder, es decir, explotando la necesidad de infinidad de personas que se retuercen en el anillo de la más degradante indigencia, ese estado los convierte en presa fácil para caer en las garras de la más depurada demagogia, en una palabra son engañados y usados vilmente por aquellos que aspiran a regir los destinos de un pueblo que exige unas elecciones verdaderamente libres y de suyo democráticas.
En este contexto, lo que se vislumbra en nuestra sociedad es un enfrentamiento de grupos sociales, las elecciones políticas rebasan la función seleccionadora de líderes que antes cumplían, y aún cuando siguen teniendo esta importante función, pasan a convertirse fundamentalmente en una lucha incruenta, racionalizada ante las urnas entre esos grupos sociales. Y en esta lucha, las armas ya no son las bombas, cañones o la metralleta, sino los votos. Así, teóricamente, el grupo social que más componentes tenga, podrá pasar a ocupar el poder político, sin que les importe en lo más mínimo el sentir del pueblo.
Para poder hablar de unas elecciones auténticamente libres se deben satisfacer, por lo menos, dos condiciones esenciales, esto es, que el elector llegue a votar con perfecto conocimiento de la realidad que le rodea, es decir, cuando ha llegado a comprender y valorar el sistema social, económico y político que rige la vida del país en que vive. Sólo entonces podrá decidir libremente el sentido de su voto.
Una condición más consiste en que el resultado de las elecciones debe ser un reflejo lo más exacto posible del espectro de opiniones que hay en el país. Estas dos condiciones son un imperativo y una exigencia ineludible en toda elección libre y sólo se lograrán, si la sociedad en la que se lleven a cabo las elecciones es una sociedad completamente libre, en la cual, por tanto, el individuo está en condiciones de saber qué ideología política conviene a sus intereses y deseos. Asimismo, que el proceso electoral reúna los requisitos de libertad y honestidad necesarios para garantizar la veracidad del resultado electoral.
Empero, lamentablemente a lo largo de nuestra historia se ha demostrado que México jamás ha tenido un proceso electoral pulcro que dignifique a la democracia, el fraude ha sido siempre el sello característico de toda contienda electoral, y esto ha ocurrido en el pasado como en el presente, los ejemplos abundan para ilustrar esta aseveración. Como corolario de este análisis, es pertinente señalar que los llamados partidos de oposición no han sabido—o no han querido—defender con hombría y con la ley en la mano los votos que le son arrebatados, es por ello que un segmento de la población ya no cree en los partidos políticos, ya sean de derecha o de centro izquierda o de la izquierda misma, se ha perdido la confianza ciudadana y tal parece que los políticos no se han dado cuenta de esta situación.
Así pues, ni Enrique Peña Nieto, ni la optimista Josefina Vázquez Mota—que presume que ya alcanzó al mexiquense—, ni Andrés Manuel López Obrador, representan una opción real para lograr el cambio estructural que reclama el pueblo de México.