Juan Fregoso

*El síndrome de hybris afecta a los políticos

*La política como el arte no tiene defectos

*Pero el hombre, mísero mortal está lleno de traumas que descarga en contra de los gobernados

*Para el ejercicio del poder se requiere una sólida estructura psíquica

*Lamentablemente, somos gobernados por enanos mentales que son devorados por la vorágine del poder

La ciencia política implica la procuración del bien común, y este bien común está a cargo de los hombres y mujeres que son elegidos por lo menos teóricamente mediante el voto, el cual debe ser emitido libremente, sin coacción de ninguna especie puesto que el elector no tiene porque ser forzado para que se incline a favor de un determinado candidato, de ahí que su sufragio tiene que ser producto de su razonamiento, de lo contrario, el votante se convertiría en un mero instrumento, en un ser manipulable por aquellos que buscan el poder que cuando acceden a éste se olvidan de todo como lo demuestra la experiencia.

La política—que no el político—es concebida como una tarea humana, social, creadora y libre, inclusive, no sujeta a normas predeterminadas. Como contenido, la política se encamina a construir, desenvolver, modificar, defender o destruir un orden fundamental de la sociedad, y como actividad la política busca el bien público temporal mediante el ejercicio de un poder, aquí estamos frente a la organización del bien común, como lo señalo líneas arriba.

Por lo tanto, la política en sí no tiene defectos, no tiene errores porque es una ciencia que busca el bienestar, el progreso, desarrollo y crecimiento de los pueblos. Pero el político, mísero mortal, sí tiene defectos, si comete errores y abusos, a veces consciente y otras inconscientemente. El hombre político cuando anda tras la búsqueda de una posición o de un cargo popular ofrece una cara, regularmente amable, interesado en los problemas de la gente, pero cuando consigue su propósito sufre una metamorfosis que en no pocos casos raya en la tiranía; el poder lo transforma en una especie de diosecillo que cree tener siempre la razón y no permite la sugerencia de nadie; como jefe, él lo sabe todo y no se puede equivocar, su voluntad es la ley y punto.

Pero ese político, que en estricto sentido no lo es, está errado completamente al creerse un sabelotodo. En realidad, es un sujeto con algún padecimiento psicológico que le impide darse cuenta que no puede gobernar solo por muy sagaz que se crea, porque para gobernar se requiere indudablemente de la participación de otros, pero en su afán de hacerse notar cae en una especie de narcisismo el cual finalmente lo conduce al filo de la locura, aunque aparentemente éste no se de cuenta.

Sobre este tema, recientemente el británico David Owen escribió un libro intitulado la enfermedad del poder, el poder y la enfermedad, en el cual disecciona con el bisturí de la objetividad implacable a ese tipo de hombres encumbrados en la cresta del poder. Owen escribe: El poder transforma a quienes lo ejercen, los torna solitarios y los aleja de la realidad.

Emiliano Zapata, también lo dijo con esta contundente frase: El lujo y el poder transforma a los hombres y los aleja del pueblo, el morelense no se equivocó, pues cuántos funcionarios públicos de hoy arriban al poder y jamás regresan a visitar sus terruños, a su gente, no lo hacen porque simplemente se encierran en una torre de marfil en donde para ellos todo es felicidad, mientras que el pueblo sufre los embates de la miseria, se muere de hambre, mientras que ellos se hartan comiendo los mejores platillos, se visten con finos trajes importados, en tanto que el pueblo anda en harapos, más por si fuera poco, sus hijos—de los gobernantes—se educan en las mejores escuelas privadas, en contraste con el populacho que con trabajo mandan a sus hijos, si bien les va, a escuelas públicas, en las cuales reciben una formación pésima como mediocre.

Para David Owen, este fenómeno podría denominarse hybris en el cual un hombre poderoso se hincha de un desmesurado orgullo y confianza en sí mismo, que trata a los demás con insolencia y desprecio. Para el gobernante el poder es como una diversión que usa para maltratar a sus semejantes. Owen dice que el síndrome de hybris tiene la singularidad que no debe ser considerado como un síntoma de personalidad sino como algo que se manifiesta en cualquier líder pero solamente cuando está en el poder, porque después es muy posible que se debilite una vez perdido el poder.

En efecto, cuando el hombre está investido de poder es uno, es el amo y señor que no admite que se le contradiga por nadie, ni siquiera por sus colaboradores. El poder lo hace sentir omnipotente, es el sabelotodo, el dios que todo lo puede en el lodazal de la política, pero este pobre hombre cuando deja el ropaje del poder se vuelve un manso cordero, en un mortal más, porque la aureola del poder ya no ciñe su cabeza hueca con la cual dominó arbitrariamente a su gente.

Esta clase de hombres que no tienen una estructura psíquica sólida para ejercer su mandato, acaban siendo despreciados por todo el mundo; no supieron ejercer el mando con verdadera sabiduría, terminaron—como escribe Owen—enfermos por el virus del poder, y el pueblo lo menos que puede hacer es enterrarlos en el panteón del olvido. ¿Cuántos gobernantes de hoy encajarán en este esquema?, dejamos un paréntesis abierto para un análisis más minucioso sobre este tema, tan interesante como polémico.