José Guadalupe Rocha Esparza

Una mole lujosa llamada Costa Concordia de 17 pisos y 114 mil 500 toneladas se abrió el casco en un escollo, arrecife, piedra o restinga de la isla toscana del Giglio dadas las lecciones no aprendidas, arrogancias culpables, incompetencias evidentes y exceso de confianza de un capitán que dejó de serlo por cobardía llamado Francesco Schettino.

Un Vicealmirante de San Blas, amigo mío, dice que todo capitán tiene dos deberes inexcusables: gobernar su nave con seguridad más destreza y, en caso de naufragio, procurar el salvamento de pasaje, tripulación, carga y el barco mismo. Francesco Schettino, de Meta Di Sorento, escapó a su deber y conciencia; demostró que no es marino.

Francesco, antes de salvar a pasajeros y tripulantes, estuvo 45 minutos con el celular pegado a la oreja pidiendo instrucciones a su empresa y mintiendo a la autoridad marítima de Livorno. Frente a un tribunal naval de los de antes, lo habría llevado a la soga de una horca. No encarar una desgracia con dignidad es vileza. ¿Sabe de algún Schettino leero?