Por: Juan Fregoso
Ningún candidato a la presidencia de la República tiene autoridad moral para mentir, asegurando que transformará la vida de millones de mexicanos. Todo lo que vienen pregonando a través de sus bien estudiados discursos, maquillados finamente con el pincel de una retórica barata, no son más que palabras huecas, sosas, encaminadas a la alienación de la psicología del electorado con el fin de obtener su voto
Tanto el priísta Enrique Peña Nieto, Ernesto Cordero Arroyo, Josefina Vázquez Mota, Santiago Creel Miranda, los tres del PAN, como el propio Andrés Manuel López Obrador del PRD, engañan perversamente al pueblo, y lo que es peor, se engañan a sí mismos al pensar y llegar hasta a creer ingenuamente que el país se transforma mediante el empleo de palabras bonitas; se equivocan olímpicamente, porque para lograr la transformación del pueblo se necesita ponerse en sus zapatos, y a decir verdad, ninguno de ellos está dispuesto a hacerlo, porque esto significaría colocarse en el filo de la sobrevivencia, vivir como dijo Cordero, con seis mil pesos mensuales, es decir, tragando pura agua y aire, seguramente.
Una verdadera transformación solamente se consigue mediante la práctica, a través de un proceso dialéctico. En palabras llanas, con hechos reales, no con discursos adornados con piezas o fragmentos de ladrillos embadurnados de expresiones farisaicas, mas no es así como se conseguirá cambiar las enmohecidas estructuras del poder político en México, sino con un sólido programa o proyecto político bien estructurado llevado a la praxis.
Entre otras de sus ya acostumbradas perlas, Enrique Peña Nieto dijo en una entrevista concedida a BBC Mundo, que México requiere cambios de fondo que le permitan generar empleos, abatir la pobreza y reducir la violencia, y debemos lograrlo en un ambiente de tolerancia, respeto y libertad de expresión.
El candidato priísta parece estar copiando fielmente lo mismo que prometió Felipe Calderón, es decir, la creación de empleos, frase que le valió al actual mandatario el mote del presidente del empleo, justamente para indicar lo contrario, pues a punto de finalizar su sexenio el índice de desempleo alcanza una tasa alarmante. Por otro lado, Peña Nieto sostiene la hipótesis de abatir la pobreza, pero no específica la estrategia para disminuir el número de pobres que ha alcanzado niveles desastrosos, pues la pobreza se ha incrementado precisamente por la falta de trabajo y el aspirante presidencial desconoce cuánto gana un obrero, o sea, el salario mínimo, lo que significa un desconocimiento brutal de la realidad que vive el país que pretende gobernar.
Reducir la violencia, y debemos lograrlo en un ambiente de tolerancia, respeto y libertad de expresión, sostiene Enrique Peña Nieto. La contradicción es evidente, ¿cómo se puede reducir—porque no habla de exterminarla—la violencia en un ambiente de tolerancia, respeto y libertad de expresión? Cuando los delincuentes no conocen la tolerancia ni el respeto, como tampoco la libertad de expresión ¿O es que acaso han dado muestras de tolerancia en los muchos enfrentamientos que han tenido con las fuerzas armadas?, ¿han respetado la vida de miles—se habla de 60 mil—de personas inocentes?, ¿cuántos periodistas han sucumbido en esta estúpida guerra?
Cómo, entonces, Peña Nieto se atreve a prometer que a abatirá la pobreza, si uno de los factores que la generan es el desempleo; reducir la violencia con suavidad, dice entre líneas el candidato, cuando el crimen organizado no se tienta el corazón para privar de la vida lo mismo a sus rivales que a gente ajena al fenómeno delictivo. Peña Nieto parece moverse en el escenario de la complicidad más descarada y así no podrá solucionar ninguno de estos problemas, cuando México necesita hoy más que nunca un presidente fuerte, decidido, capaz de encarar la problemática que se vive con valentía y no con la delicadeza de una tierna quinceañera. Con esto se demuestra que el candidato del tricolor tiene una visión distorsionada para resolver la situación que predomina en el país, lo que sin duda es grave, pero esa es su concepción.
Todo esto constituye una utopía debido a que ningún aspirante a la presidencia de la República ha dado pruebas—ni las dará—de resolver de fondo el estado de cosas que nos aquejan, esa es la amarga y cruda realidad. Todos, sin excepción, se han perdido en los vericuetos de la demagogia más pura, esto es, no ofrecen nada nuevo, todo lo que dice uno es lo mismo que repite el otro imitando al gracioso loro, aun cuando las ideologías deberían representar intereses opuestos, pero todos inciden en lo mismo, porque son incapaces de saltar ese círculo vicioso en que se hallan atrapados.
No tienen ideales definidos, por eso se refugian en ideas arcaicas que han demostrado a través de la historia que no sirven de nada, excepto para encumbrarse en la cresta del poder para beneficiar a unos cuantos, esto es, para enriquecer más a los ricos y hacer más pobres a los pobres, o a la prole como ha sido catalogado el pueblo mexicano.
Y esto solamente evidencia el desprecio que se le tiene a la clase trabajadora, el verdadero ente revolucionario, el verdadero motor del desarrollo económico, social y cultural de los pueblos. Es la clase obrera la única que puede cambiar la forma de gobierno, de un gobierno elitista, de políticos parásitos que no se hartan de explotarlo, a un gobierno auténticamente democrático, que se ocupe de velar realmente por los intereses del pueblo, y no por un puñado de potentados.
Ni siquiera el candidato de la izquierda Andrés Manuel López Obrador, lograría una transformación radical; su manoseada frase de primero los pobres, no es más que un vil embuste cuyo objetivo es alienar la mentalidad desnutrida de los mexicanos para acceder al trono tan ambicionado, para desde allí continuar con el modelo político neoliberal, verdadero laboratorio de millones de pobres.
En política es muy común ocultar las verdaderas intenciones, ya que sólo así se logra persuadir a la gente para que voten por un proyecto cuya esencia dista mucho de lo que en campaña dicen los políticos marrulleros, quienes una vez que consiguen sus propósitos se quitan la careta para exhibir su verdadero rostro. Y es entonces, cuando el pueblo cae en la cuenta de que únicamente fue utilizado para llevar al poder a un señor que ya convertido en gobernante empieza a aplicar una política diferente, contraria a los intereses de los ciudadanos, que gobierna para todos, menos para los pobres, que son la mayoría y por los que hoy se rasgan las vestiduras.
Si alguien duda de esta tesis, basta conque que observe el entorno en que vive para se de cuenta que esta es una verdad irrefutable, por lo tanto, el pueblo de México, duele decirlo, pero no tiene opciones reales, en ninguno de sus candidatos, de ver un cambio sustancial que se refleje en su bienestar económico, político, social y cultural. Todo indica, aunque parezca una broma, que de todos los aspirantes a la silla presidencial se conforma uno solo, de lo que se infiere que gane quien gane, todo seguirá igual, ni más ni menos que el gatopardismo en su máxima expresión.