Por: José Ma. Narváez Ramírez.
Seguido me mandan –y se los agradezco mucho- cuentos muy simpáticos vía Internet. Yo trato de guardarlos o hacerlos del conocimiento de mis lectores, esperando no ofenderlos por aquellos de sus preferencias por determinado candidato a la Presidencia de la República; ya ven lo que pasó con Peña Nieto en la Feria del Libro en Guadalajara; qué bueno que nuestro amigo don Rigoberto Ochoa Zaragoza, nunca presumió de bueno para la literatura y la lectura de textos especiales, por el contrario dijo que no se ocupaba haber ido a la escuela para dirigir los destinos de la ciudadanía.
Pues bien, dejemos las críticas a los que se las dan de eruditos y cultos, y vayamos a lo nuestro, el cuento de marras.
Sucedió que un tipo al pasar por una tienda de antigüedades, vio en el aparador principal una estatua de tamaño natural, que representaba una rata de cuatro patas; le llamó la atención y de inmediato se dirigió al anticuario y le preguntó sobre el valor de aquella –para él- bella reproducción.
El dueño de la tienda, muy serio le dijo que le costaba 500 pesos, pero con todo y la historia de la rata le costaría mil pesos más.
Nuestro amigo le dijo que no le interesaba la historia que él quería la pura rata y sacando un billete de 500 pesos, lo puso en el mostrador y urgió al anticuario que le envolviera aquella preciosidad (Qué así le parecía).
No tardó en salir de la tienda con el envoltorio bajo el brazo, muy contento por la compra que había realizado.
Al ir caminando rumbo a su casa –que quedaba junto a los muelles-, notó que a su paso iban saliendo numerosas ratas de sus agujeros, siguiendo a la estatua que llevaba bajo el brazo, el ahora atribulado individuo.
Conforme se iba acercando al mar, la aglomeración de las ratas era algo extraordinario, y al mismo tiempo iba recibiendo aplausos y vítores de la gente que se arremolinaba a su paso. Gente agradecida que ya no aguantaba aquella plaga. Para esto, el número de aquellos bichos era calculado en más de un millón de roedores.
Desesperado nuestro héroe, se dirigió a la orilla del mar y lanzó la estatua a la mar bravía, siguiendo las ratas esta acción y pereciendo ahogadas irremediablemente. Las personas liberadas de los animales –que habían proliferado a causa de que las basuras no eran recogidas con regularidad por los camiones encargados de esta labor-, seguían batiendo palmas y lanzando vivas al salvador de la ciudad.
De inmediato el asustado sujeto volvió sobre sus pasos y se dirigió hacia la tienda de antigüedades, presuroso y muy molesto, llegando hasta el anticuario y antes de que le dijera algo, éste le dijo: Ya sé a qué viene quiere usted la historia de la estatua de la rata
-No, señor, -le contestó el airado ciudadano- qué historia, ni qué ocho cuartos vengo a ver si no tiene usted una estatua de López Obrador
(Control Señores Control las reclamaciones deben hacerse a la persona que me envió -vía Internet- el chascarrillo (roquegr@hotmail.com) yo nomás cumplo con pasárselos al costoCualquier semejanza con el cuento de El Flautista de Hammelin, es mera coincidencia).
(revistalineas@hotmail.com 311 158-66-55).