Por Brígido Ramírez Guillén
Decano del periodismo en Nayarit

Estaba por iniciar esta columna con los temas políticos como de costumbre, en que se hace alusión muchas de las veces de las acciones de los que participan en la dirección o simplemente como militantes de un partido, mas desistimos de ese propósito para dedicar nuestra atención a lo que la mayoría de los mexicanos revive cada año, el dos de noviembre, como la tradición más profunda, más sentida en el alma y corazón, el recuerdo y veneración de los Fieles Difuntos. En los centros educativos, en lugares públicos, en espacios de oficinas, se acostumbra ese día instalar altares de los muertos, adornados con flores de zempasúchilt, de mardoño morado, que se dan en el campo en esta época y al centro a determinada altura se coloca una fotografía de algún personaje que sobresalió en vida en alguna importante actividad, reconocida por la misma sociedad, y su alrededor van objetos, bebidas y algunos alimentos, que dan la impresión de haber sido de la preferencia del ser desaparecido. Allá, en los panteones, se ve el desfilar de hombres y mujeres llevando coronas de flores naturales y artificiales, mientras que otros cargan sus ramos en floreros o en manojos bien amarrados con hilillos, para finalmente colocarlos sobre las tumbas del ser querido. No escapa en los también llamados Campos Santos los robos de esas ofrendas florales por vivales que hacen su agosto vendiendo el fruto de sus huertos a otras gentes sin escrúpulos que bien saben que adquieren algo mal habido. Centrémonos al Panteón Hidalgo, la ciudad de los muertos principal que dio cabida a muchas generaciones, clausurado por muchos años, una extensa superficie al oriente, cubierta por cañaverales ya que ahí habían sido enterrados víctimas de la fiebre amarilla, peste que azotó esta zona de la entidad. Fue por los años setentas que se abrió nuevamente esa área del panteón para ser utilizada con más fosas, al ser autorizado de antemano por salubridad, ya que no había peligro de contagio alguno de la fiebre amarilla. Mucho se cuenta que por las callecillas, entre tumba y tumba, deambulan por la noche algunas almas en pena, para regresar más tarde, antes del amanecer, a sus fosas, sin hacer daño a nadie, ni pronunciar palabra ni sonido alguno. Hace muchos ayeres se publicó en un diario local que vecinos del Panteón Hidalgo escuchaban en determinados días el repicar de las campanas de la iglesia, y eso ocurría al marcar los relojes de las doce de la noche. Se acercaba la fecha precisa del acontecer y eso originó que un buen número de curiosos de los distintos puntos de la ciudad acudiera al panteón para esperar las doce de la noche, como lo publicitara el diario periodístico, y escuchar el repique de las campanas de la iglesia, que por supuesto eran echadas a vuelo por las almas en pena del mismo camposanto. Para eso fue avisada la policía para que guardaran el orden fuera y dentro de aquel lugar, ya que se esperaban muchos curiosos de aquél lugar, ya que se esperaban muchos curiosos de aquél acontecimiento sobrenatural. En punto de las doce de la noche se echaron a vuelo las campanas del recinto sagrado, y como luego despertó la curiosidad de los espectadores se fueron acercando al templo, pero ya se habían adelantado los agentes policiacos, quienes ya habían bajado del campanario a tres borrachines que reían de los hecho para hacer creer que eran los muertos en pena los que replicaban las campanas. Y esa puntada les salió al enterarse que había gente que corrió la voz de hechos sobrenaturales que ocurrían en el panteón. Por ahí, en la callecilla principal, metros antes de llegar al templo se observa una gran piedra, que cada quien le da por inventar su origen, pues hay hasta quien diga que se trata de una joven que se portó muy mal con sus padres y que por eso, como castigo del cielo, se convirtió en esa gran piedra. Hay otras muchas versiones, pero la verdad es que el senador Alfonso Guerra, pensó que en vez de levantar un ostentoso mausoleo donde fue sepultada su señora madre o una cripta costosa con adornos atractivos, honraba mejor su presencia en el sagrado lugar, colocando una gran piedra sobre su tumba, estampando una sola palabra madre, esencia de vida y amor de todo ser humano.. Hasta la próxima. *Decano del periodismo en Nayarit.