Por: Olegario Zamudio Quezada
Un buen día, como los tenemos todos los seres humanos, me llegó la burbuja, me refiero al momento ese, en que no sabes que giro darle a tu existencia y cuando se lo encuentras, no sabes para que darle ese giro.
Esos días anduve vagando, lo único que recuerdo era el aire que me golpeaba la cara, el sol intenso y las piedras redondas de nuestras calles de Tepic, las polvaredas por el viento levantaban nubes de tierra a mí alrededor y aun así no me inmutaba.
Así seguí caminando, hasta llegar a la casa de un amigo de cómo cuarenta años mayor que yo, le pregunte de la vida, le dije: ¿me conseguiré una buena chamba y para qué?, estudiaré y para qué..?, comeré y para qué..?, es más me muero y para que me muero, cual es el caso de una cosa u otra, cualquiera que esta sea..?.
Me contestó mi amigo, que todos los hombres y mujeres un día en la vida nos hacemos esa pregunta, otros los hay que se mueren sin preguntarse nada, absorto lo observaba y lo escuchaba, me dijo que el hombre en la vida, tiene tan solo dos vertientes, ser cadáver o ser gusano ser cadáver y morirte con tus ideas en lo que crees y por lo que te afanas o ser gusano y arrastrarte para que cualesquiera te pise, luego guardó silencio, no dijo más, la plática había terminado, regresé a la calle confundido.
Me miraba a mi mismo en retro introspectiva cachorro, caminando descalzo, de padres clase media, de familia numerosa en la mesa de la merienda, de sueños al firme, de corazón palpitante, me miraba siendo adoctrinado por el pensamiento Cardenista, que es con el que me identifico, ideología con la que recorrí parte del continente.
Me observaba con personas y yo confiando en ellos, me veía sobrestimando a la vida, sus acontecimientos y los individuos, me escuchaba clamar la igualdad de circunstancias de hombres y mujeres, también me veía en gran parte de mi vida, feliz.
Ahora ya soy una persona madura por los años, sin tanta evolución pero madura, me veo y veo a mis conocidos y amigos, unos se mimetizaron como camaleones, otros más se confundieron y los menos, sus hijos los llevaron a desbarrancar su identidad.
Recuerdo a mi Maestro Liberato Montenegro, un hombre a quien he admirado, afirmó que fue mi maestro ideológicamente, no me retracto de ello, al contrario lo testificó, Liberato un hombre que ahora senil y de mirada deslucida, perdió una de sus más recientes y creo que ultimas batallas.
Nunca el sistema pudo doblegarlo, ni los militares, ni mujeres, ni el hambre, ni el exilio, ni la soledad, ni el temor por Dios, ni el conocimiento de la muerte, a mi maestro solamente le gano la batalla Del Amor, le gano la batalla del amor por sus hijos, por los que dio y doblego, hasta su dignidad como hombre de convicciones y luchador social, nacionalista, antiimperialista, por sus hijos fue capaz de entregar a la reacción mexicana aquello por lo que siempre lucho y fue su nicho.
Ahora mi Maestro espera silente, en alguna remota hora su muerte, quizás por amor también Dios lo perdone y Caronte lo cruce en silencio el lago Estigia, en silencio sin preguntas pero también sin respuestas, él escogió por amor a sus hijos y mutuo propio, yo también escogí, escogí de entre ser cadáver y ser gusano, escogí la primera opción.
Ahora recordando quien fuera mi proveedor ideológico, rememoro un párrafo de una carta de Ricardo Flores Magón, cuando escribe; No sobreviviré a mi cautiverio, pues ya estoy viejo; pero cuando muera, mis amigos quizás inscriban en mi tumba: Aquí yace un sonador, y mis enemigos: Aquí yace un loco. Pero no habrá nadie que se atreva a estampar esta inscripción: Aquí yace un cobarde y traidor a sus ideas.