Por: Miguel Ángel Casillas Barajas

(Leyenda).- Muchas historias han sido escritas sobre el suceso de la mujer que se aparece ataviada con vestido de novia en el muelle de san Blas, leyenda que marcó para siempre al bello puerto neogallego, y muy recientemente, el grupo de rock Maná consagró prácticamente este hecho con su canción En el muelle de San Blas que cimbró todas nuestras vibras. Así que motivados por todo este ambiente musical y tenebroso y más que nada, porque amamos al bello puerto de San Blas como nuestra segunda casa, nos dimos a la tarea de investigar en algunos libros de Cuentos y Leyendas de México y otros mas del dominio popular y preguntando aquí y allá a los pobladores más antiguos del lugar nos dimos a la tarea de realizar esta historia que ojala cumpla con las expectativas. Aunque aclaro, amigo lector, no todo es verdad, esto sigue siendo una simple leyenda llena de fantasía y cada quien tiene una versión personal y la acomoda a su manera. Dejémosla así, como un simple cuento, en si, nadie puede dar Fe si realmente existió esa mujer, ni tampoco de lo que pasó, ¿será verdad o será mentira? o fue un simple invento del gobierno para darle más valor histórico al puerto de San Blas y jalar gente. ¡Que se yo!, pero el caso es que gracias a la información recabada pudimos acomodar una versión, que tal vez, se asemeje un poco más a la realidad de lo que pudo haber pasado allá por el siglo XVII, a unos 30 años después de la fundación del pueblo de San Blas, y esta leyenda inicia así:

Don Rodrigo de alburdeque era un acaudalado español que vivía en Cataluña España aunque siendo todavía un joven ya maduro de 43 años había quedado viudo con tres hijos, el mas chico era hombrecito de 9 años, las demás eran dos mujercitas la menor tenía 12 años y la mayor 19. España en esos días había sido azotada por una epidemia de fiebre tifo que desafortunadamente atacó a su querida esposa y compañera y la llevó a la tumba, razón por la cual Don Rodrigo deseaba salir cuanto antes del país por algún tiempo, para resarcir la herida y salvar a su familia de esa fiebre mortal.

En esos días, se hablaba mucho de las californias que estaban ubicadas en América del norte, y San Blas, en esos tiempos era un puerto importante considerado como paso obligado para toda navegación que viajara principalmente a las californias, nuestro puerto pues, estaba de moda en esos años.

San Blas, ya era un puerto prestigiado debido a que se le daba asilo y asistencia médica a todo el navegante que surcara esos mares, para tal efecto los frailes españoles habían construido albergues y hospitales que eran atendidos por cirujanos españoles muy competentes y se contaba con farmacias con medicina alópata y naturista para aliviar los males de las tripulaciones tanto mercantiles como piratas que tuvieran a bien surcar nuestros litorales.

Por su parte, Don Rodrigo al conocer que de esas tierras se estaba sacando oro a raudales y otras riquezas, su ambición lo cegó y no quiso saber mas, de inmediato tomó la decisión de embarcarse en el primer barco mercante, dispuesto a surcar los mares en busca de fortuna y de mejores condiciones de vida para él y su familia, así fue como enfilaron con rumbo a América del norte, con la idea de establecerse en las californias. Sin embargo, desde su partida, la mala suerte lo seguía acompañando. Su hijo menor, contrajo la terrible tifo y en el trayecto se agravó su estado de salud; tomando la tripulación la decisión de arrojarlo al mar como se acostumbraba en esos tiempos, para evitar una epidemia entre la demás tripulación. Esa decisión fue tardía, a los días, el barco era ya un hospital ambulante, un numeroso grupo de marinos presentaban los síntomas de la fiebre tifo, de tal manera que el capitán del barco tomó la decisión de anclar su bergantín en el puerto de San Blas, para que fuera atendida toda su tripulación.

Como es de suponerse, la fiebre había calado profundo, y Don Rodrigo no se pudo escapar e irremediablemente contrajo el mal. Ya estando en tierra en el hospital, pidió a un amigo de él que de favor lo apoyara con sus dos bellas hijas a llevarlas a un lugar que no estuviera contaminado, aportando para eso parte de su fortuna en oro, con la finalidad de que les proporcionaran las mejores atenciones y de ser posible, se les instalara en una casa de asistencia honorable alejada del hospital en donde estuvieran a salvo. Así lo hizo su amigo, puso todo su empeño y consiguió una casona alejada del hospital en donde puso a buen recaudo a las jóvenes, mientras don Rodrigo libraba la batalla de su vida contra ese mal debatiéndose entre la vida y la muerte por un largo período de tiempo.

El tiempo Pasó, Don Rodrigo milagrosamente había salido librado de la enfermedad pero pagando un precio muy alto, quedando mermado de sus facultades físicas, lisiado, casi ciego y para colmo de sus males, casi en la ruina.

Eldora, la joven mayor de la pequeña familia, solo tenía en mente regresar a España, donde estaba su vida, extrañaba a sus amistades y la vida de sociedad que tenía antes de embarcarse en aquella nave, llena de ilusiones por conocer a las californias. Para ella, haber caído a vivir en el puerto de San Blas, no era nada parecido a lo que le había prometido su padre. En San Blas, predominaba un calor infernal y además, una plaga de jejenes que se hacía presente a todas horas del día que eran muy tenaces e insoportables. Eso para una dama de la alcurnia española era peor que una ofensa o padecer la misma fiebre de la Tifo, por eso había tomado la determinación de huir cuanto antes de ese lugar.

Con esa idea en ciernes, buscó una casa más modesta pero que estuviera cerca del muelle, desde donde se dominara ampliamente la mar y a toda embarcación que llegara a buen puerto, ella sabía que los barcos anclaban a cincuenta metros de la playa, por el oleaje tan fuerte y la poca profundidad del agua.

Una tarde que amenazaba una tempestad, la joven Eldora miraba hacía el mar sentada en el muelle en espera de la posible llegada de algún carguero. De improviso fijo sus ojos a lo lejos, y vio una pequeña embarcación que luchaba afanosamente por mantener el rumbo y llegar al puerto, sus tres tripulante capoteaban con los remos las enormes marejadas y el viento que soplaba incesante jugueteando con la pequeña y frágil embarcación como si fuera de papel de un lado hacía otro, hasta que finalmente con muchos trabajos, llegó a tierra firme.

En esa lancha de remos venían tres tripulantes que habían desertado de un barco pirata en alta mar, entre ellos, destacaba un apuesto joven portugués de 28 años. Eldora, desde el mismo momento quedó fascinada con la presencia física de aquel joven alto y corpulento muchacho. Y Sebastiano a su vez, no despegaba la vista de la bella joven. Desde su llegada al muelle sin querer, esa pequeña embarcación había traído al puerto de San Blas el amor de su vida, aunque a sus 33 años ya se consideraba un poco tardío, el amor a cualquier edad es bien recibido.

Desde ese momento las cosas empezaron a cambiar para Eldora, empezó a vivir un tórrido romance con aquel apuesto joven navegante, y sin siquiera conocerlo a fondo le brindo hospitalidad en su casa y le contó de sus intenciones y sus planes futuros. Incluso ya tenía el vestido de novia que luciría y los planes para la boda que tendría lugar al llegar a España. Don Rodrigo, el otro hombre recio deambulaba por la casona como ánima en pena, acabado físicamente y con la mirada perdida en el horizonte, no opuso objeción a esa relación un tanto descabellada e informal.

Pasaron algunos días y una mañana, aprovechando la corta estancia de un barco mercante, el joven decidió partir a las californias en la búsqueda de nuevas oportunidades, prometiendo regresar en cuanto juntara el dinero suficiente para desposar a Eldora y cumplirle su sueño anhelado de llevarla a vivir a España, así pasaron los años y de aquel apuesto galán no se supo nada, cada día que pasaba ella lo esperaba impaciente sentada en el muelle, con su vestido de novia en la mano y cuando había alguna tempestad y el mar estaba muy picado solo su figura se veía con el vislumbre de los relámpagos, firme y fiel en el muelle esperando a que alguna embarcación le trajera de regreso nuevamente a su amado.

Su sueño nunca se pudo cumplir, pasaron los años, murió Don Rodrigo y su hermana menor tuvo mejor suerte, se casó y se fue a vivir a Guadalajara. Con el tiempo falleció también Eldora, pero su espíritu sigue todavía Vagando por el muelle, sobretodo en los momentos de tempestad cuando el mar está embravecido, hay pescadores que aseguran haberla visto en el muelle divagando y gritando el nombre de su amado ¡¡ Sebastiano vuelveeee!! Siempre fiel y en espera de que una ola gigantesca le devuelva a su amado, y este, a su vez, la lleve de regreso a España.