Por: Miguel Ángel Casillas Barajas

En aquellos tiempos de nuestra niñez en el barrio de la león, existía una enorme huerta de árboles de naranja que fue derruida para dar paso a lo que ahora es el Fraccionamiento Amado Nervo. Este huerto, nos decían algunas personas mayores, databa desde el tiempo de la colonia.

Al tirar las bardas perimetrales quedaron al descubierto su enormes terrenos y de paso abrió la comunicación entre las calles Querétaro y león norte que como sabemos corren ambas de manera paralela de norte a sur. Fue así también, como los entonces inquietos jóvenes de ambos barrios tuvimos la oportunidad de explorar ese terreno por tanto tiempo guardado y que al quedar al descubierto era como un flan jugoso que nos ofrecía un sinnúmero de emociones insospechadas.

De nuestro barrio de la león, había una palomilla de amigos con la que convivíamos diariamente, de entre ellos puedo recordar al Mingo, El Andresillo, los hermanos Toño y José vidrios, Los hermanos Villegas, Mis hermanos Alberto y Julio, Vicente y Sergio Valadez y por último Antonieta y sus dos hermanos Absalón y Oscar, Con quien convivía diariamente disfrutando las bellas tardes de tertulia literaria.

Y precisamente esa tarde disfrutábamos de una buena lectura en casa de Antonieta, cuando escuchamos el estruendoso ruido de los trascabos que derruían implacables las bardas perimetrales de esa famosa y antiquísima huerta de arboles de naranja. Al instante suspendimos nuestra tarea literaria para salir corriendo con una gran algarabía por el suceso inesperado y novedoso de ver la afamada huerta sin bardeado y Sin pensarlo más corrimos jubilosos a explorar los terrenos de la recién destapada huerta. Antes de dirigirme a la huerta yo corrí a mi casa por una resortera, para aprovechar esta ocasión idónea para usarla.

Por el lado de la calle oriente de la huerta, que da a la calle Querétaro, un grupo de jóvenes también hacían lo mismo que nosotros y ya dentro de la huerta nos vinimos a encontrar en la mitad del terreno; ahí estaban pues, nuestros acérrimos enemigos y contrincantes de toda la vida los de la Querétaro. Pero mas específicamente el pique era en el futbol, ya que en los enfrentamientos futboleros que teníamos, siempre los derrotábamos, de tal manera que la relación con ellos no era muy buena, más bien era bastante tensa y fría.

Yo conocía de vista a varios de ellos que me saludaban de la boca hacia adelante, sin que llegáramos a tener una verdadera amistad , cuando por casualidad nos encontrábamos por ahí, nos saludábamos pero de manera cortante, ya que siempre había un algo que mantenía tirante nuestra relación de amistad.

Bueno pues, en ese encuentro en la huerta reconocí a varios de ellos aunque solo por sus motes porque de nombre no los conocía: El venado, el tuercas, el conejo, el tirantes, el Loera, la trucha y por último el terrible cabecas. Este último si que era todo un pájaro de cuenta, según sabíamos que había pisado varias veces la correccional para menores. A sus escasos 15 años de edad, ya estaba fichado y se distinguía de entre todos porque estaba rapado de a coco y aparte lucía una cicatriz como gusano en el lado izquierdo del rostro, ocasionada por una riña callejera a navajazos.

Y fue precisamente el Cabecas quien me sacó de mis pensamientos, hablando a nombre de todos los queretanos de manera clara y precisa: ¡Quien es el jefe de Ustedes!- todos nos miramos unos a otros, sin saber que contestar porque nos había tomado por sorpresa la pregunta más que nada, pero como siempre, mis estupideces que no descansan me aventaron al ruedo y me atreví a contestar: ¡Yo! ¡Yo soy el jefe de la palomilla de la calle León!- y prosiguió el cabecas:- ¡Bueno de aquí de esta raya para allá es de Ustedes y de este lado para acá es de nosotros, y cuidadito conque alguno de Ustedes invada nuestro territorio, se la verá conmigo! ¿Está claro?, -está bien –le contesté, no hay problema-.

Pasado el incidente cada quien empezó siguió en lo suyo, nosotros a cortar naranjas y a desenterrar una que otra jícama que habían sido sembradas entre los inmensos terrenos, yo por mi parte me senté al pie de un árbol, saqué mi resortera que traía en la bolsa trasera de mi pantalón para hacer algunos tiritos de calentamiento hacia arriba aprovechando la inmensidad de los terrenos. Pero el mentado diablo que no descansa ni un solo segundo, desvió uno de mis tiros que rebotó en un árbol y salió retachado precisamente para donde estaba la banda de la Querétaro, impactándose directamente en una de las pompas del tristemente afamado Cabecas uff ¡tonto de mi! ¡Que gran estupidez! En ese momento supe que iba a arder Troya.

Dicho y hecho, de inmediato se vino como energúmeno hecho todo una furia hacía nosotros, y al mirar que yo traía en la mano el cuerpo del delito, no perdió tiempo y empezó a perseguirme furioso por todo el huerto, ese momento lo tengo muy grabado en mi memoria, todavía recuerdo sus ojos rojizos y desorbitados casi echando lumbre y profiriéndome palabrotas altisonantes, de esas que tal vez solo un cargador de la merced pudiera haberme descifrado por su rico y florido lenguaje obsceno propio del mas bajo vulgo español , que por supuesto, ese léxico no había sido explorado aún por mis castos oídos.

Mis demás compañeros junto con Antonieta ya se habían puesto a buen recaudo, de tal manera que estaba yo solo y mi alma corriendo y toreando de aquí para allá en esa enorme huerta al terrible cabecas que buscaba vengar la afrenta recibida por esa estupidez mía cometida y que había dado en el blanco perfecto directamente en la parte mas blanda de la humanidad de ese hamponcete de siete suelas, que casi me pisaba los talones jadeante y furibundo. La oportuna y casi santa voz de Antonieta vino a darme un cierto alivio:- ¡Corre Miguel, corre a mi casa! –así que Haciendo caso a su amable invitación, toqué la diana de retirada y huí despavorido rumbo a su casa, aclaro, no por cobardía, sino que simplemente era replantear mi propia estrategia de defensa, (¡si tú!) bueno, pues llegue sudoroso y jadeante a la casa de Antonieta, y al entrar, de inmediato ella cerró la puerta rápidamente, todavía no entraban mis pompis cuando detrás de mi sonaron varios proyectiles de naranjas en la puerta, mismas que iban con una amable dedicatoria de parte del cabecas para este servidor.

Me senté en el piso desfallecido, blanco y sudoroso, luego de reponerme un poco, tratamos de olvidarnos un poco del incidente y decidimos continuar con nuestra lectura, así se nos paso casi una hora. Ya una vez terminada la tertulia literaria y después de haber saboreado varias tazas de chocolate calientito con galletas que me devolvieron mi color, me dispuse a partir a mi casa; pero antes me asomé por una rendijita de la cortina de la sala para observar si estaba ahí todavía ese inadaptado social. ¡Chin! , a lo lejos pude distinguir su pelona y chaparra figura que renqueaba dolido sobándose la nacha izquierda y esperándome pacientemente junto con otros dos de su calaña, furiosos a más no poder y dispuestos a darme una paliza de padre y señor mío. ¡Madre santísima! Se me fue la sangre hasta los pies, me dije: ¿y ahora que hago?

No me podía quedar un minuto mas con Antonieta porque ya eran casi las 7 de la noche y era hora en que llegaba su papá, pero mas que nada, los exponía también a ellos a una agresión de ese desalmado, así que no tenía otra alternativa que salir corriendo a toda velocidad para mi casa que estaba a cinco puertas de la donde estaba , así que me prepare mentalmente, tome aire , trague un buen buche de saliva y al grito de ¡Jerónimo! salí destapado gacela corriendo como alma que lleva el diablo y risa y risa de nervios para mi casa, el cabecas ni tardo ni perezoso reaccionó y se lanzó tras de mis huesos como lobo estepario hambriento y yo ¡métele! A todo lo que daban mis pobres piececitos y con mi pancita rebosante de chocolate, que se mecía como barco en altamar en mi estomago, llegue a mi casa barriéndome como si fuera la almohadilla de Jon, y con el cabecas pegado a unos centímetros de mi, le empecé a gritar a mi mamá ¡Mama! ¡Mama!, y mi madre ni tarda ni perezosa, salió como de rayo escoba en mano, tirando palazos a diestra y siniestra como si se tratara de una piñata decembrina, y no le herraba trancazo al lomo del mentado cabecas, que se dolía en cada escobazo, tanto que , no tuvo otra alternativa que correr para perderse entre la inmensidad de la huerta recién abierta, terminando con esa odisea por lo menos por esta ocasión. Aunque a los pocos días, nos enteramos que lo había vuelto aprender la policía y ya después no supe que fin tuvo el mentado cabecas, pero por lo pronto ese día buen susto nos sacó el condenado.